La última ranchera de Chavela

La última ranchera de Chavela

La cantante murió este domingo. Lea entrevista que, en noviembre del 2011, concedió a BOCAS.

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05 de agosto 2012 , 03:46 p. m.

Su vida ha sido un escándalo. Fue amante de Frida Kahlo y de un centenar de mujeres, ha sido una eterna amiga de las cantinas y el tequila, terminó en la indigencia y tuvo que ser rescatada por Pedro Almodóvar. Su hobby han sido sus pistolas y nunca ha dudado en dispararlas. Ha sido amiga de todos los grandes, desde Diego Rivera y Federico García Lorca –de quien prepara un libro con CD cantando sus poemas– hasta Agustín Lara.

Esta es la vida de una mujer que tiene 93 años, canta rancheras y odia a los curas.

La casa de Chavela Vargas no parece la de una leyenda. Es sencilla, sin lujos, con un solo baño y un par de habitaciones, que comparte con dos ángeles –así llama a sus enfermeras– y dos perros aztecas.

Desde allí, en el pueblo de Tepoztlán, México, la gran Chavela, con 93 años a cuestas –que asegura ya le pesan como plomo– aguarda con calma a la muerte –esa festiva muerte de los mexicanos–, a la que le tiene preparada una bienvenida con tequilas y rancheras.

Viste de bluejeans, camisa de cuadros, lentes de sol y converse de color rojo. También lleva una pañoleta en el cuello al estilo cowboy: ese atuendo que ya ha convertido en su sello. Y desde su silla de ruedas dispara las palabras, una a una, con calma, con poesía, sabiendo que aquello que diga quedará para siempre, como inevitablemente pasará con ella.

La inmortal Chavela.

Ahora se siente y se ve tranquila. Dejó el trago, las cantinas, el cigarro, las mujeres y el revólver. Pero no es de fiar. La Vargas siempre será una Vargas indomable.

Fue la Chavela que huyó de su país –Chavela no es mexicana, es de Costa Rica– a los 17 años, la que de niña aprendió a defenderse de las bestias a balazos, la que en el año 2000 se declaró públicamente lesbiana aunque nunca antes tuvo pudor para enamorar mujeres, la que brindó por la vida con más de 40.000 litros de licor, la que curaron los chamanes huicholes de un cáncer al que ningún médico pudo enfrentarse, la que festejó con los más grandes (Frida Kahlo, Diego Rivera, Juan Rulfo, Agustín Lara, José Alfredo Jiménez y Pablo Neruda), la que
bajó al infierno tambaleando y regresó con la voz amarga, pero más sentida. 

Sus enfermeras dicen que hoy no se quería despertar, porque estaba soñando con algo muy lindo. ¿Cuál era ese sueño?

Soñaba que iba manejando un Ferrari negro, lindísimo, y mi pelo se movía con el viento. Yo podía ir a todos los lugares, era tan libre, pero nadie podía verme.

Pero siempre ha sido libre...

Sí, siempre, he vivido sin dinero, pero sin yugos. No me he vendido nunca. Yo no voy ni me quedo donde no me gusta.

¿Por eso fue que huyó de Costa Rica?

Sí, cuando tenía 17 años vendí una gallina y una vaca y, con la poca ropa que tenía, me subí a un avión de dos hélices. Así salí de esa tierra ingrata que es San Joaquín de Flores y llegué a México, México mágico.

Ha dicho que la juventud fue la época más triste de su vida...

Fue terrible. En Costa Rica no fui nadie y nadie me quería. Mucho menos los curas. Y cuando llegué a México también tuve que lidiar con chingaderas. Trabajé en una cocina económica, fui chofer de una familia judía, vendí tamales y overoles: hice de todo para salir adelante.

Cuando quise cantar, todos se burlaron de mí, de mi voz ronca. Por eso duré mucho tiempo cantando en las calles. Jorge Negrete y Manuel Espelón me decían: “Chavela, dedícate a otra cosa. Tú no sabes cantar”.  Eran otras épocas, épocas machistas. Pero yo me la jugué y salí victoriosa.

¿Qué le falta hacer?

No me falta nada, lo he visto todo. La vida me enseñó a disfrutar de ella y de la misma manera disfrutaré de la muerte. Ahora lo
único que quiero conocer es un ataúd, pero cerrado.

A sus 93 años, ¿se arrepiente de algo?

No me arrepiento, ¿para qué? He vivido en ensueños. Pero sentada en esta silla de ruedas,  porque no puedo caminar, siento que me cobró la vida tanto andar y tanto tomar, con su devastadora sabiduría.

Se declaró lesbiana en una sociedad de machos, se tomó todo el trago que había en las cantinas y fue nombrada ciudadana ilustre por el gobierno del Distrito Federal y reconocida como Excelentísima e Ilustrísima Señora, por la Universidad de Alcalá de Henares, en España.

Sí, así es. Yo quisiera poner una escuela que se llame “¿Quién dijo?”. ¿Quién dijo que no se podía, que yo no cantaba, que yo me moría? ¿Quién dijo? Yo he sido una soñadora. Así pasé por la vida, por esto que llaman vida... y ahí voy, todavía.

¿Le encanta llevar la contraria?

Me encanta que no me entiendan, porque, al final, son los otros los que sufren.

¿Quiénes han sido sus amigos?

Fueron muchos y muy buenos. Tengo amigos en México, en cada calle de España, en cada rincón del mundo. Pero ya se fueron casi todos, se me adelantaron.

¿Cómo se adelantó Monina, su amiga entrañable, y por la que hoy, en su casa, celebran una misa?

El día en que Monina me contó que tenía cáncer, yo la miré a los ojos y le dije: “Yo no le debo nada a nadie, vamos a echar esta
carrera”. Pero entonces ella me contestó: “Sí, todavía estás en deuda conmigo. Prometiste que me cantarías La canción de las simples cosas”.

Yo pagué mi deuda, pero ella ganó la carrera. La tarde en que murió, yo no lloré. Ni llorar es bueno cuando no hay
esperanzas. Solo le dije: “Hasta luego”.

Tuvo muchos amores y amigos en cada esquina del mundo, ¿con qué se queda?

Con la amistad. El amor solo dura mientras tienes buena salud. Después te quedas sola y la soledad es lo único que no se puede compartir. 

¿Qué recuerda de sus amigos?

Recuerdo a Frida [Kahlo] y a Diego [Rivera]. Yo los quería mucho a ellos y ellos me querían a mí. Me divertí mucho en esa casa, donde se hablaban tantos idiomas. Era lindísimo

Recuerdo que un día tocó a la puerta un hombre peludo
y yo le dije a Frida “Te busca un chivo”. Ella me contestó: “Cállate, muchacha, que es Trotski”.

¿Y de Pedro Almodóvar?

Pedro me llamó la semana pasada para decirme que yo era el amor suyo en la Tierra. Él también es un soñador, como yo. Con él caminaba por las calles de Madrid, tomados de la mano,
íbamos hilvanando sueños.

Después de México, ¿España es su segundo hogar?

Siempre he sido feliz allí, de España recuerdo muchas cosas hermosas y varios amores. Recuerdo las tardes de corridas de toros y al presidente Aznar.

Él siempre se preocupaba por mí y cuando me veía triste, decía: “Que le abran el casino a Chavela, para que vaya a festejar
con sus amigos”.  Y allí nos reuníamos a tomar unos tragos y, de pronto, a eso de las seis de la tarde algún poeta decía algo, entonces caía la primera lágrima y todos nos poníamos a llorar. Cada historia era un tango.

¿Le tiene miedo a la muerte?

No, qué voy a tener miedo, yo me río con la muerte. Anoche pensé que era mucho tiempo de vivir en estas tierras. Ya es hora de partir. Yo estaré agradecida el día en que venga por mí
la Señora, para llevarme a ser feliz en el lugar donde se encuentran todos los sentimientos.

Pero si todavía hay Chavela para varios
años. De seguro tiene planes...


Sí, estoy planeando en cómo vivir los próximos 93 años –suelta una carcajada–. Y también –recobra la actitud sigilosa– estoy inventando una cosa, pero no la puedo decir porque me la roban
las disqueras.

¿Le han robado mucho?

Me lo han quitado todo, pero mejor no hablemos
de eso.

¿Cómo se imagina el cielo?

No lo sé, sólo sé que voy a partir a lejanas regiones para encontrarme conmigo, en una tarde lluviosa o en una noche estrellada. Iré a contar las estrellas y regalárselas a quienes
han caminado a mi lado. En ese lugar hermoso abriré una puerta y dejaré entrar a Pablo Neruda, a García Lorca y a lo más bello de este mundo.

¿Es una estrella?

Yo no soy estrella de nada, yo soy yo. Las estrellas están muy lejos y yo no las alcanzo.


Cuando se haya ido, ¿cómo quiere que la
recuerden?


Si yo pudiera escribiría en el jardín de mi casa: “Esta es la casa de las simples cosas, de las cosas simples que quedan doliendo en el corazón. Después de tanta batalla de amor y de desamor, todo se resume en la nada”.

¿Hay algún lugar al que quisiera volver?

A Granada, siempre allí. Algún día, en esta o en la otra vida, yo volveré a Granada para encontrarme con Federico [García Lorca].

¿Qué recuerdos se le quedaron grabados de
la cantina El Tenampa?


En El Tenampa me bebí todas las botellas con José Alfredo [Jiménez]. Fueron tantas las que nos tomamos que cuando yo llegaba, las botellas se escondían de mí.

Pero luego venía otra vez José Alfredo y me decía “Mira, Chavelita, qué botella más bonita”. Y ahí empezábamos
otra vez.

¿Cómo decidió dejar el trago?

Un día pensé que si no me componía, me moría. Y no me quería morir. Entonces ese día me tomé el último tequila.

Llegó al infierno, pero salió cantando.

Yo viví al revés: Viví las noches y dormí los días. Pero guardé mi equipaje de poesía, mi propio romancero gitano, y volví a nacer.

Es una mujer de 93 años, pero hay muchos jóvenes que la siguen...

Sí, poco a poco se acercan a mí, primero con miedo, de manera trémula, pero al final vienen a mí en busca de amor. Recuerdo una noche, después de un recital, en que vi a una muchachita
que lloraba.

El papá intentó llevarla consigo, pero ella le dijo: “Yo no me voy de aquí hasta que no vea a Chavela Vargas”. Me acerqué a ella
y me saludó como si nos conociéramos de días. Esa noche hablamos de Dios y hasta le pedimos permiso para hablar mal de Él.

¿Cree en Dios?

No creo en el que tienen crucificado.

¿Por qué la gente siempre llora cuando oye
sus canciones?


No lo sé, quizás porque les recuerdo que son
capaces de sentir.

ADRIANA RESTREPO
REVISTA BOCAS

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