El fin del poder

El fin del poder

04 de agosto 2012 , 08:22 p. m.

¿Qué tienen en común el calentamiento global, la crisis de la eurozona y las masacres en Siria? Que nadie tiene el poder de detenerlas. Cada una de estas situaciones ha venido deteriorándose. Las tres implican graves peligros y el sufrimiento de millones de personas. Sobre las tres hay ideas acerca de lo que se debería hacer. Y no pasa nada. Hay reuniones de ministros, cumbres de jefes de Estado, exhortaciones de personajes eminentes, líderes sociales, políticos y académicos. Nada. Los medios nos dan angustiosas dosis de noticias que confirman que cada una de estas crisis sigue su rauda carrera al despeñadero. ¿Y...? No pasa nada.

Es como ver una película en cámara lenta, en la que un autobús lleno de pasajeros corre hacia el precipicio y su conductor no frena ni cambia de dirección. El problema es que somos los protagonistas de esa película; en ese autobús viajamos todos. En el mundo de hoy todos somos vecinos y lo que pasa en otra casa nos termina afectando.

Pero mi metáfora es defectuosa. Supone que hay un conductor, y que frenos y volante del autobús funcionan. Y, sobre todo, que hay un conductor con el poder de frenar o cambiar de rumbo. Basta que lo quiera hacer.

Pues no es así. Para estas tres crisis -y muchas otras que nos amenazan- no hay un solo conductor, sino muchos. Y cada vez hay más conductores, o aspirantes a conductores, que, si no tienen el poder de decidir en qué dirección y a qué velocidad debe ir el autobús, sí tienen el de impedir que se tomen decisiones con las que no están de acuerdo.

Rusia y China no pueden solucionar la crisis en Siria. Pero sí pueden vetar los intentos de otros países o de la ONU para detener las matanzas. Los líderes de naciones europeas sumidas en grave crisis económica no pueden enfrentarla con éxito sin ayuda de otros países y entidades, como el Banco Central Europeo o el FMI. Pero si ni Ángela Merkel ni los organismos financieros internacionales tienen el poder de solventar la crisis económica de Italia, España o Grecia, sí pueden bloquear el juego. El problema del autobús europeo es que hay demasiados conductores y ninguno tiene suficiente poder para imponer el rumbo.

Lo mismo con el calentamiento global. La abrumadora evidencia científica confirma que la actividad humana está calentando el planeta, lo cual produce variaciones extremas de frío y calor, de lluvias y sequías y otros cambios traumáticos en el clima. Si no disminuyen las emisiones de ciertos gases, las consecuencias para la humanidad serán desastrosas. Y si para algunos es fácil ignorar la tragedia siria por muy remota, o la europea por ajena, es imposible ignorar los efectos del cambio climático sobre todos nosotros y las nuevas generaciones.

Estas tres crisis son manifestación de una tendencia que va más allá de ellas y moldea muchos otros ámbitos: el fin del poder. Significa que el poder se ha hecho cada vez más difícil de ejercer y más fácil de perder. Y que quienes tienen poder hoy están más constreñidos en su uso que sus predecesores. El actual presidente de EE. UU. tiene menos poder que quienes le precedieron. Lo mismo vale para el Papa, el jefe del Pentágono o los responsables del Banco Mundial, Goldman Sachs, The New York Times o cualquier partido político. Vladimir Putin tiene hoy más restricciones como presidente de Rusia que las que tenía en su primer mandato o aun como primer ministro, durante el turno que le dio a Dimitri Medvédev para que le cuidara la silla. Lo mismo con Mahmud Ahmadinejad o Hugo Chávez: hoy su poder, aún enorme, es más precario que antes.

El fin del poder es, en mi opinión, una de las principales tendencias que definirán nuestro tiempo. Es una tesis controvertida y tema de un libro que he estado escribiendo y que debo terminar pronto. Por eso, esta será mi última columna por un tiempo. Gracias por leerme.

Moisés Naím

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