Editorial: Corte de cuentas

Editorial: Corte de cuentas

04 de agosto 2012 , 08:22 p. m.

Faltan apenas un par de días para que se cumplan dos años de aquella tarde de clima variable, en la plaza de Bolívar, en que Juan Manuel Santos asumió la Presidencia de la República. A partir de entonces, el país ha atravesado por varias etapas, de la mano de un gobernante que ha sorprendido por la audacia de sus propuestas, pero que después de una larga luna de miel ha visto descender sus índices de popularidad a niveles inferiores al 50 por ciento.

El desafío que tenía ante sí el actual mandatario en agosto del 2010 no era fácil. Debía remplazar a Álvaro Uribe, quien mantuvo durante sus ocho años en la Casa de Nariño una elevada favorabilidad, gracias a los éxitos conseguidos durante su gestión. De manera que Santos se comprometió con un programa que combinaba la continuidad con iniciativas de trascendencia en lo económico y lo social.

Para sacarlas adelante, contaba con una fortaleza política sin antecedentes en la historia reciente. Así, en torno a la Unidad Nacional se congregaron cinco colectividades de todos los colores, incluyendo a partidos que tradicionalmente habían estado en orillas opuestas, como el Liberal y el Conservador.

El resultado fue un gran dominio del Congreso, ante lo cual salió adelante una ambiciosa agenda legislativa, que comprendió la revolucionaria ley de víctimas y tierras y la reforma del régimen de regalías. La lista de propuestas aprobadas es larga, pero, a modo de resumen, se puede decir que Santos tuvo un gran margen de maniobra, que lo aprovechó y que, tras el voto favorable que recibieron sus proyectos, las expectativas sobre el desempeño de la administración se elevaron.

Mientras se movían los hilos en el frente interno, a nivel internacional el Gobierno trazó una línea diferente de la del anterior, al restablecer las relaciones diplomáticas con Venezuela, participar activamente en Unasur y ocupar un espacio de liderazgo regional, que acabó con una situación de relativo aislamiento, en la que Colombia era vista como demasiado cercana a Washington y demasiado distante de sus pares latinoamericanos.

A la hora de volver realidad sus ideas, el nuevo mandatario se rodeó de un equipo de colaboradores en el que pesaron ante todo las credenciales técnicas. Es posible que desde la época de Carlos Lleras no se haya congregado un cuerpo de tan elevadas calidades profesionales y técnicas, en el que los funcionarios con experiencia política formaron parte de la minoría.

Tales capacidades fueron puestas a prueba cuando el territorio nacional fue azotado por el fenómeno climático de la Niña. La emergencia, que dejó cerca de cuatro millones de damnificados, al igual que cuantiosas pérdidas materiales y daños enormes a la infraestructura, acabó siendo bien atendida, con algo de retraso.

Contra lo que pudiera creerse, la tragedia no descarriló a la nación, a pesar de que fue necesario recomponer presupuestos y atender a cientos de miles de personas, que lo perdieron todo. Ello fue posible gracias a una economía que creció a buen ritmo, ante el auge de las exportaciones de productos básicos y la fortaleza de la demanda doméstica.

En el complejo frente de la seguridad, las Fuerzas Militares se anotaron victorias importantes, entre las cuales se destacan la desaparición del 'Mono Jojoy' y de 'Alfonso Cano', líderes emblemáticos de las Farc. No obstante, la ciudadanía empezó a sentir que el crimen común tomaba un segundo aire, sobre todo en las áreas metropolitanas. Con el correr de los meses, cuando la situación en las ciudades mejoró, regresaron los problemas en el campo, tras el alza de la actividad guerrillera.

Los inconvenientes en ese flanco fueron la primera luz de alerta para un Gobierno que, con el paso del tiempo, empezó a descender en las encuestas. Tal debilidad fue aprovechada por Álvaro Uribe, hoy por hoy convertido en virulento jefe de una oposición que, mediante el uso de las redes sociales, se ha vuelto un 'palo en la rueda'.

Pero ese no ha sido el único inconveniente, ni el expresidente el causante singular de las dificultades del Ejecutivo. El embrollo de la salud, el aumento de la protesta social, el escaso avance contra la corrupción y la demora en la concreción de las promesas presidenciales han golpeado también la imagen de Santos.

Buena parte de esos retos son solucionables. Superarlos requiere un seguimiento estrecho de ciertos temas claves por parte de un jefe del Estado que, en contraste con la microgerencia usada por su antecesor, a veces delega demasiado. Al mismo tiempo, hay que abandonar el exceso de confianza, que resultó nefasto en el conocido episodio de la fracasada reforma de la justicia. Y tampoco está de más conectarse más con el país y ser mucho más autocríticos, sobre todo para un grupo de altos funcionarios que se ve demasiado bogotano y elitista.

De modo que, en la mitad del partido, el Gobierno tiene espacio suficiente para enderezar el rumbo, aprender de sus errores y continuar la agenda de reformas propuesta. Más allá del bache actual, lo que importa es que no estamos en crisis, la pobreza ha disminuido y existen razones para ser optimistas. Pero esa visión positiva no debe ser motivo de complacencia. Solamente con dedicación y ejecutorias, Juan Manuel Santos repuntará ante los ojos de una opinión que espera más y sabe que si al mandatario le va bien en su gestión, al país también.

editorial@eltiempo.com.co

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