Apocalipsis

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03 de agosto 2012 , 05:59 p. m.

El fin de los tiempos se acerca; hay miles de personas con los ojos en el cielo esperando la caída de un meteorito o la gloriosa -o espantosa llegada- de los ejércitos celestiales con las trompetas del Apocalipsis y sus espadas de fuego. Gabriel Silva lo sabe y simplemente retrata el espíritu de la época. Y de qué manera. Su exposición en el Museo de Arte Moderno de Bogotá es una versión contemporánea de las visiones del Bosco. "Hemos vuelto al Medioevo", dice Silva, "hay fanatismo por todas partes, nacionalismos y religiosidad exacerbada; la condición humana es esa". Sus pinturas muestran paisajes desolados, donde apenas pueden identificarse unas pocas figuras humanas -ridículamente pequeñas- en medio de una naturaleza todopoderosa de volcanes en erupción, montañas congeladas o lagos de lava.

La exposición se llama 'La nave de los locos' -como una pintura del Bosco- por una serie de motivos que van más allá de lo evidente; Silva -además de tomar el fondo apocalíptico del pintor holandés- tomó prestada su paleta de colores y, por qué no, algo de su genialidad, pero, en lugar de ofrecer algún tipo de lección moral o religiosa, se limitó a pintar un mundo en constante autodestrucción -o mejor: totalmente destruido- y una raza humana despojada de toda su vanidad y concentrada en un solo objetivo: sobrevivir. Silva no les da mayores opciones: uno de los cuadros muestra la caída de un meteorito del tamaño de la Luna sobre la Tierra.

Gabriel Silva es un pintor de raza y desde hace un tiempo era un artista desaparecido. Llevaba más de un lustro sin exponer y valió la pena la espera: esta exposición es un retorno impactante; en estos tiempos apocalípticos es más fácil encontrar una teoría coherente sobre el fin del mundo que un buen pintor, y en este caso, cada óleo, cada acrílico, merece algo más que una mirada: cada pintura es un reto visual y un guiño a la historia del arte (hay una pintura que -por ejemplo- evoca a El coloso, de Goya). Es una muestra que vale la pena ver varias veces; para disfrutar del color o para inventar argumentos alrededor de cada personaje y cada situación; es imposible no dejar de pensar en el destino de los hombres que están parados en una piedra y se encuentran rodeados de lava; o imaginar que el hombre que avanza en una balsa entre dos montañas de hielo tiene salvación; o no creer que el niño que acaricia un perro tiene futuro. Silva complementó la muestra con una suerte de instalación con varias mesas habitadas por bonsáis muertos y otras con unas cabezas de cerámica que parecen humanos desesperados -almas abandonadas- que avanzan a la nada con el agua hasta el cuello; no les queda nada más: es el fin del mundo y los sobrevivientes apenas tienen energía para soñar con estar a bordo de La nave de los locos.

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