Libertad

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02 de agosto 2012 , 05:19 p. m.

Dice el taxista de ida que lo mejor que puede pasarle a Colombia es que se acabe el mundo. Yo vivo de taxi en taxi. Y juro que un taxista extraviado me contó que en las noches recorría cierto planeta de la mano de un extraterrestre que era "un vergajo chiquitico", juro que un taxista desprendido me propuso ir 50-50 en la fabricación de un menjurje "que lo vuelve a uno invisible" y un taxista desconfiado me comentó que confundía la realidad con la ficción pero al final me cobró la carrera. Así que dejo de latir un par de cuadras hasta que oigo que en la radio están diciendo que el fin del planeta ha comenzado por el deshielo de Groenlandia. Y, ante la noticia de que quizás solo nos queden cinco meses, no pienso tanto en las cosas que no hice como en las cosas que no dije.

Y así, cuando estoy a punto de hallar una oración que lo resuma todo ("soy un fue y un será y un es cansado", "yo nací un día que Dios estuvo enfermo", "por vos tengo la vida y por vos muero"), oigo en la misma tanda de noticias que algún cobarde envalentonado prometió desfigurar a Alejandra Azcárate por haber escrito aquella columna ofensiva; que este Procurador apocalíptico, que más bien parece un defensor del televidente metido en los canales ajenos, ha denunciado penalmente a Piedad Córdoba por haber pronunciado un irritante discurso sin puntos ni comas que sin embargo no "instiga al delito"; que el progresista emperador de Bogotá estuvo a punto de perder la cabeza por un informe de Noticias Uno -de fin del mundo- que cree que una parte del agua de la ciudad está contaminada.

Y de pronto me descubro a una sílaba de decirle al espejo retrovisor que fuimos una raza histérica que no pudo ponerse de acuerdo en lo más básico: la vida y la libertad de expresión. Que fuimos un pueblo melodramático que aprendió a solo decirse la verdad en los taxis. Que ser colombiano fue quererse ir a otro planeta, ser invisible, perder la batalla con la realidad. Que no hubo modo: empezamos por nuestra decadencia. Pero que será una lástima que no queden los vestigios, ni las columnas de Guillermo Cano ni las noticias de Jorge Enrique Pulido ni las parodias de Jaime Garzón (ni las mil y una crónicas de los otros 136 periodistas asesinados en estos 25 años), que podrían probar que pese a todo también dijimos el desastre.

Y ahora, mientras mi día avanza como una fila en vano, lamento no haber hallado a tiempo las palabras exactas para articular la convicción de que si Colombia hubiera sido un crimen, el sospechoso número uno habrían sido sus élites pero solo habrían sido capturados sus engendros; para expresar la sospecha de que algún día algún estudio iba a probar que las fotos de las páginas sociales colombianas no solo robaban el alma: la saqueaban; para lamentar que siempre pudimos ser definidos por cómo usábamos los "peros", pues aquí nunca cupieron en paz quienes decían "es una persona pero es un guerrillero" con quienes decían "es un guerrillero pero es una persona".

Dice el taxista de vuelta que el problema es que nos creen pendejos. Yo me alisto a criticar a los insensatos que proponen constituyentes, los sinvergüenzas que pronuncian el mantra "el país me conoce" o los inconfesables que echan a los practicantes porque la empresa no va a ganar doce mil sino once mil millones este año. Pero el conductor está hablando de los científicos que están ahora en la radio. Y dice que "el mundo no se va a acabar porque de eso tan bueno no dan tanto". Yo llego a salvo a la casa con ganas de escribir que la única reforma que se necesita es un papel en donde todos firmemos -artículo primero y último- que en Colombia no habrá ninguna razón para matarse. Y que sí: que mejor se acabe el mundo si no se va a poder decirlo.

www.ricardosilvaromero.com

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