Primer Tiempo

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02 de agosto 2012 , 04:40 p. m.

El martes próximo concluirá el Primer Tiempo de la administración de Juan Manuel Santos. El análisis alarmista, aunque no alarmante, de 'Semana' (edición 1578 del 30 de julio al 6 de agosto, 'Informe especial: dos años de Santos'), basado en la Gran Encuesta, se inicia con parrafada cuasi apocalíptica: "El segundo año del gobierno  de Juan Manuel Santos ha sido un año para olvidar. Los doce meses que tenía la Casa de Nariño para consolidar tanto su ambicioso paquete reformista como el cambio de estilo político terminaron en bajos niveles de popularidad que no se veían en Colombia desde hace una década".

Menos peyorativas en la forma, pero idénticas en la esencia, estas apreciaciones del semanario coinciden curiosamente con las del jefe de la oposición purocentristademocrática, Álvaro Uribe Vélez, de extrema derecha, y con las del jefe de la oposición polodemocrática, de extrema izquierda, el mariscal Jorge Robledo, senador de la República. En esta ocasión se han juntado los polos opuestos.

Está bien que se tapen con una misma cobija los extremos. No en balde tenemos un gobierno que respeta a sus opositores, que hace respetar los principios democráticos y que no dedica sus energías a buscar las reformas de la Constitución para su conveniencia personal, ni pone a sus funcionarios a chuzar las cortes, a espiar a sus contradictores, a manipular al Congreso, ni está consagrado las venticuatro horas a lograr la reelección indefinida del Presidente, etc.

El pesimismo de 'Semana' se motiva en que los resultados de la Gran Encuesta le dan al presidente Santos una imagen desfavorable del 48% contra una favorable del 47%. Fiarse de las encuestas es como fiarse de los pronósticos del tiempo. Solo son el reflejo de un momento determinado y transitorio, y no la radiografía exacta de una situación general. Expresar que el gobierno Santos ha sido un fracaso porque la Gran Encuesta le anota un bajón en la popularidad es tan errático como creer que una golondrina hace verano. Además, la alta popularidad no es índice de excelencia. El Führer Adolf Hitler y su partido nazi fueron apoyados en 1937 por el 99% de los electores alemanes. ¿Deberíamos por ello recomendar a Hitler como un modelo democrático? El presidente Uribe Vélez finalizó su administración con un índice de popularidad, según las encuestas, próximo al 80%. Ello no evita que sus ocho años en el Gobierno hayan sido los peores de la historia colombiana en las últimas cinco décadas. Cualquiera que se detenga en un análisis detallado y sin sesgos del gobierno Uribe Vélez (2002-2010) y que lo contraste con el Primer Tiempo del gobierno Santos (2010-2012) podrá comprobar que el Presidente actual ha obtenido en beneficios reales para el país diez veces más en dos años que el anterior en dos cuatrienios.

Sin duda en los tres últimos meses el gobierno Santos ha vivido un mal rato, que posiblemente está reflejado en la caída de popularidad revelada por la Gran Encuesta. Las causas son visibles. La principal de ellas, la malhadada reforma de la justicia, hundida en buena hora por una ola de indignación pública y por la reacción sensata del propio Presidente. Tal reforma estuvo apoyada por la crema y nata del uribismo y su mayoría en el Congreso. También es verdad que le estallaron a la presente administración la crisis en la salud y en la educación, y el conflicto en el Cauca, suscitado por la población indígena, que con toda justicia exige salir de su territorio a los que lidian en él una guerra interminable, ajena por completo a los indígenas, y que los afecta de modo grave.

Si ese episodio del Cauca, que con tanta habilidad ha sido utilizado por el expresidente Uribe para acusar al presidente Santos de no estar velando por la seguridad de los colombianos ("¿cómo no me va a preocupar que se afecte la seguridad democrática?", dice el expresidente con su cinismo encantador), hubiese ocurrido durante el gobierno de los ocho años, no habríamos visto a un soldado colombiano derramar unas lágrimas de coraje por la forma, enérgica, pero comedida, como los indígenas lo obligaron a salir de sus linderos, sino a un pelotón de soldados haciendo fuego contra los indígenas inermes y ocasionando una masacre, y al presidente justificando el hecho sangriento con la frase manida y displicente de que "se trataba de unos terroristas". Con franqueza, yo prefiero ver a un digno y valiente soldado colombiano derramar unas pocas lágrimas sin sangre que ver a una comunidad de indígenas colombianos derramar lágrimas de sangre.

La delicada situación en el Cauca, que, gracias a la prudencia de nuestros soldados y de nuestros indígenas, no derivó en una tragedia irreparable, fue manejada con acierto por el presidente Santos. El Jefe del Estado sostuvo, como es su deber, la presencia del Ejército Nacional, que no puede ser vetada en ningún lugar del territorio colombiano; no obstante, el Presidente fue en todo momento respetuoso con los indígenas, sus compatriotas. No los calificó de terroristas ni de "aliados de la FAR", ni dio la orden de someterlos a plomo. ¿Hay o no hay una diferencia notable y sustantiva de "estilo político" entre el gobierno actual y el anterior?

Para el Segundo Tiempo de su administración, el presidente Santos deberá enfrentar la crisis mundial económica, que nos afectará. Y tendrá que resolver los serios problemas de salud y educación, heredados de muchos años de negligencia, corrupción y neoliberalismo. En esta empresa no le ayudarán las huestes del Puro Centro Democrático, ni del Polo Democrático, unidas en una oposición fanática y ciega. Le ayudarán las huestes democráticas de un liberalismo socialdemócrata (que por ahora no se ve) y de un conservatismo progresista, y el instinto infalible del pueblo colombiano, que no se dejará arrastrar por las palabras huecas y embaucadoras de los culebreros de la política. 

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