Ella, la eterna

Ella, la eterna

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01 de agosto 2012 , 05:22 p. m.

Tuvo todo lo que quiso: popularidad, dinero, una carrera en el cine, hombres. Y sin embargo nada ni nadie parecieron satisfacerla. Nada pudo compensar su infancia infeliz, pobre y solitaria, sus sueños rotos de adolescente, su desconfianza hacia todos los que le habían hecho daño luego de prometerle cualquier cantidad de quimeras.

Era bella, muy bella. El cine lo supo y la acogió con cierta reticencia y no sin antes abusar de ella: "Hollywood es un lugar donde te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma. Lo sé porque rechacé la primera oferta bastante a menudo y cobré siempre los cincuenta centavos", decía con tristeza en sus memorias.

Era demasiado sensual para su propio bien y para las buenas conciencias de los espectadores de cine de los años cincuenta. Pero ese mismo público empezó a reconocerla y a reclamarla. A hacerla suya.

Y ella los complació: encarnaría el inalcanzable sueño erótico de todos los hombres que hacían largas filas para ver sus cintas. Fue la rubia sensual y tonta que todos desearon, la modelo arribista interesada en conocer y atrapar millonarios, la cantante de vodevil de un pueblo perdido y de un bar de Phoenix, la tentación hecha curvas que habita el apartamento de arriba; fue una corista norteamericana en Inglaterra, una cantante enamorada de un hombre que se esconde entre su orquesta disfrazado de mujer, una actriz de un teatro off-Broadway, una mujer defraudada divorciándose en Reno.

Nunca interpretó a alguien con una familia alrededor, con un compromiso afectivo que la protegiera. Siempre debía estar sola y disponible. Era una imagen, un símbolo, una rubia mina de oro.

Pero ella era frágil e insegura. Empezó a depender en demasía de todos los que estaban a su alrededor: sus parejas, sus profesores de teatro, su psicoanalista. Entre anfetaminas y barbitúricos, lograba huir brevemente de las presiones que implicaba ser ella. Directores tan afamados como Howard Hawks, Billy Wilder, George Cukor y John Huston padecieron su terrible pánico escénico, sus continuas tardanzas, incapacidades, olvidos y distracciones. Pero una vez que la cámara la enfocaba, ella era otra: la más hermosa de las criaturas vivas, la sensualidad convertida en una mujer de voz susurrante y caderas infinitas.
Sin embargo, se sentía ajena, viviendo en una pose, haciendo a toda hora un papel. No iba a soportarlo por mucho tiempo. El 5 de agosto de 1962, hace 50 años, se fue. Ella era Marilyn Monroe, condenada por nosotros a ser eterna.

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