Líderes, emperadores y una lonchera

Líderes, emperadores y una lonchera

30 de julio 2012 , 06:17 p.m.

Cuando yo era joven y maniqueo tenía muy claro que Chiang Kai-shek era el malo y que Mao Zedong, el bueno. Hace poco tuve la oportunidad de visitar el Museo Palacio Nacional en Taiwán, testimonio de la ligereza de esas posiciones juveniles.

Con el establecimiento de la República China en 1925, el Palacio Imperial -la Ciudad Prohibida- abrió sus puertas como un museo del arte popular chino. Se pudieron conocer piezas maravillosas, que fueron acumuladas, durante más de mil años, por varias dinastías de emperadores, que las coleccionaron como su tesoro personal y familiar.

Pero sobrevino una época tumultuosa en la nueva república. Con la invasión japonesa en 1931, Chiang Kai-shek, líder del partido nacionalista Kuomintang, empacó los más importantes (y pequeños) objetos del palacio en cerca de 8.000 baúles, que transportó con él, de acuerdo con las necesidades que le imponía la guerra. Movió esa carga delicada en su retirada hacia el sur de Beijing por más de 1.600 kilómetros. El peregrinaje con baúles continuó al final de la Segunda Guerra Mundial. La alianza que se había establecido entre los comunistas y los nacionalistas para combatir al invasor se deshizo y durante la revolución roja, la gran marcha, siguió Chiang Kai-shek, arrinconado por Mao, moviéndose con los baúles. Finalmente trasladó unos 3.000 de ellos, el 22 por ciento de los objetos, a Taiwán (temporalmente pensaba él).

No se sabe qué pasó con el resto, posiblemente muchos están dispersos en la inmensa China continental, seguramente muchas piezas fueron aplastadas a martillazos durante la revolución cultural, como pasó con grandes piezas que no pudieron ser sacadas de la Ciudad Perdida.

Así, Chiang Kai-shek el malo salvó para el mundo y para su nación un tesoro cultural que seguramente Mao Zedong el bueno hubiera destruido. Esas piezas están en exposición desde 1965 en el Museo Palacio Nacional, un bellísimo edificio tradicional chino en Taipéi, que pronto será reemplazado por un museo moderno, que promete constituirse en una de las obras arquitectónicas más importantes de este siglo.

El número de piezas es tal que el museo rota las expuestas cada tres meses (fuera de algunas emblemáticas, que ningún visitante quiere dejar de ver). Dicen que toma 12 años la ronda completa. Quienes clasifican museos le dan un cuarto o quinto lugar, al lado del Británico de Londres, el Louvre de París y el Metropolitano de Nueva York.

Hay piezas realmente pasmosas. Me deslumbró especialmente un portacomidas de 4 pisos (como los de aluminio que aún se consiguen en las tiendas del barrio 7 de Agosto), labrado en delgadísimas láminas de marfil, que parecen encaje. Es un artefacto perfecto; una pieza que nunca fue usada como portacomidas porque nadie tuvo jamás la intención de usarla como tal. Fue ordenada por un emperador de la dinastía Ching a un artesano muy paciente. El emperador sabía que posiblemente la vida no le iba a alcanzar para verla terminada. El artesano sabía que sería la obra de toda su vida (en nuestros días, en su CV registraría 25 años de experiencia profesional fabricando una lonchera). Los dos entendían que se trataba de un artefacto de una gran belleza, pero que no tenía absolutamente ninguna utilidad, no enseñaba ninguna lección, no le enviaba a nadie ningún tipo de mensaje, no ayudaba a entender mejor ninguna realidad, estaba simplemente para ser contemplado.

Me imagino que lo que me pasa es lo que llaman madurar. Entender que los buenos hacen a veces cosas malas y los malos hacen cosas buenas (o al menos cosas que les salen bien) y que el placer que se le da a la gente con un artefacto perfecto justifica que un artesano y un emperador le dediquen su vida.

* Profesor emérito Universidad Nacional

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