Editorial: La muerte de Oswaldo Payá

Editorial: La muerte de Oswaldo Payá

25 de julio 2012 , 07:47 p.m.

El domingo chocó de manera violenta en Bayamo (Cuba) el carro en que viajaba Oswaldo Payá, líder de la oposición a Fidel Castro. En el accidente murieron él y otro dirigente anticastrista, Harold Cepero Escalante, del Movimiento Cristiano de Liberación (MCL), y resultaron heridos dos políticos europeos: el español Ángel Carromero, de las juventudes del Partido Popular -agrupación de derecha que gobierna a España-, y el sueco Jens Aron Modig, de la Juventud Demócrata Cristiana.

No bien se conoció la noticia, calificaron el hecho como sospechoso la dirigencia del MCL y la bloguera Yoani Sánchez, que en su bitácora ha transmitido la voz de quienes combaten la dictadura cubana. "Las circunstancias de estas muertes no han sido esclarecidas y están abiertas todas las hipótesis", dijo el MCL, y exigió "una investigación transparente". Las dudas sembradas permitieron que en diversos focos se propagara la especie de que el fatal percance podría haber sido consecuencia de la persecución desatada desde otro vehículo.

Se equivocan quienes intentan convertir el trágico accidente en un "crimen oficial". Cuando se pide transparencia, esta vale para todas las partes; y en el doloroso episodio que costó la vida a dos valiosos dirigentes democráticos parece claro que la culpa recae sobre el político español que conducía el automóvil. Él mismo reconoce que se excedió en velocidad, perdió el control del timón y acabó estrellándose contra un árbol. También la Comisión Cubana de Derechos Humanos, de reconocida independencia, visitó el lugar y concluyó que el choque se debió a la imprudencia de Carromero, quien deberá afrontar la responsabilidad legal de los hechos.

Lo más absurdo es que, al encender una improcedente polémica sobre el caso, pasan a segundo plano sus lamentables consecuencias. Payá era uno de los más respetados opositores de la dictadura, autor del Proyecto Varela, que intentó horadar el hermetismo del régimen con el respaldo de 12.000 firmas y el amparo de una antigua norma constitucional. Es verdad que fue hostigado luego por el Gobierno, como todos los disidentes, y que en su sepelio se detuvo durante unas horas a decenas de opositores. Pero le rinden dudoso honor quienes pretenden envolver su muerte en intencionadas distorsiones.

editorial@eltiempo.com.co

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