¿Para qué sirve un expresidente?

¿Para qué sirve un expresidente?

21 de julio 2012 , 06:14 p. m.

Según el viejo chiste, los expresidentes son como jarrones chinos: todo el mundo dice que son muy valiosos, pero nadie sabe qué hacer con ellos. Y muchos jefes de Estado tampoco saben qué hacer una vez dejan de serlo. Algunos, como Bill Clinton, mantienen una actividad frenética; otros, como Vladimir Putin, se las arreglan para no dejar nunca el poder y otros, como Silvio Berlusconi, dedican su postpresidencia a preparar el regreso.

En estos días, dos eventos protagonizados por dos expresidentes ilustran formas muy distintas de asumir el papel de ex. El contraste de sus actuaciones no ha podido ser más extremo y aleccionador. Se trata de los dos expresidentes más famosos -y exitosos- de Brasil: Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inácio Lula da Silva. Cardoso ganó el premio más importante del mundo en ciencias sociales: el Kluge, otorgado por la Biblioteca del Congreso de EE. UU.

El jurado enfatizó que el premio reconocía los aportes intelectuales de Cardoso, un prestigioso sociólogo antes de entrar en la política. Este hizo contribuciones pioneras al análisis de la desigualdad y el racismo en el subdesarrollo. Y fue el padre de la famosa Teoría de la Dependencia, que sostenía que el subdesarrollo era en parte causado por los países más ricos y las relaciones de explotación que mantenían con los países pobres. Idea popular en los 70 y 80, ha perdido vigencia y él mismo reconoce que sus conclusiones ya no son válidas.

Casi al tiempo con el galardón de Cardoso, Lula intervenía por videoconferencia en la reunión del Foro de São Paulo, agrupación de la izquierda latinoamericana fundada con el auspicio del Partido de los Trabajadores de Brasil (PT) en 1990. A los asistentes Lula les dijo: "Solo con el liderazgo de Chávez el pueblo realmente ha tenido conquistas extraordinarias. Las clases populares nunca fueron tratadas con tanto respeto, cariño y dignidad. Esas conquistas deben ser preservadas y consolidadas. Chávez, cuente conmigo, cuente con el PT, cuente con la solidaridad y apoyo de cada militante de izquierda, de cada demócrata y de cada latinoamericano. Tu victoria será nuestra victoria".

Es legítimo que Lula exprese su afecto y admiración por Hugo Chávez. Pero no lo es que intervenga en la campaña electoral de otro país. Eso no lo hacen los demócratas. Lula lo sabe. Y ya lo había hecho antes, cuando, en vísperas de un importantísimo referéndum en Venezuela, irrumpió en el proceso afirmando que Chávez era el mejor presidente del país en los últimos cien años.

Tampoco es legítimo distorsionar, como lo hizo Lula, la realidad venezolana, en especial la de los pobres. Chávez ha tenido un efecto devastador para Venezuela y los pobres son sus principales víctimas. Son ellos quienes pagan las consecuencias de vivir en uno de los países más inflacionarios del mundo, quienes deben arreglarse con un salario real que ha caído al nivel que tenía en 1966. Quienes no consiguen trabajo a menos que sea en el sector público y a condición de demostrar constantemente su adoración y fidelidad "al comandante". Quienes ven a sus hijos e hijas asesinados a una de las tasas más altas del mundo. No es de extrañar, por tanto, que en las últimas elecciones legislativas más de la mitad de los votos fueran contra Chávez. En Venezuela es imposible alcanzar ese porcentaje sin millones de votos de los más pobres. Tampoco es legítimo que Lula aplauda en otro país políticas públicas diametralmente opuestas a las que impuso con gran éxito en Brasil.

En este sentido, no sería malo que, al igual que imitó las políticas de Cardoso cuando fue presidente, Lula lo emule ahora como expresidente. Sería bueno que aprenda del Cardoso político; el que sabe que un verdadero demócrata no usa su prestigio e influencia como expresidente para intervenir de manera abusiva en las elecciones de otro país.

Moisés Naím

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