La felicidad

La felicidad

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16 de julio 2012 , 12:46 p.m.

Para enfrentar la actual crisis económica europea se ha dado un paralizante debate de consecuencias funestas. Por un lado están los banqueros, financieros y políticos, que nos aseguran que la única manera de reducir el déficit presupuestal es imponiendo un recorte brutal al gasto público, y esperar a que por arte de magia se resuelva el problema del desempleo y se reactiven las actividades productivas.

Del lado contrario están quienes afirman que sin aparejar reducción de gasto con una política de crecimiento económico que genere empleo no habrá salida de la crisis. Amartya Sen, ganador del Premio Nobel y profesor de economía en Harvard, es uno de los promotores de esta opción. Para Sen, es evidente que las medidas de austeridad por sí mismas no solo no funcionan sino que son profundamente antidemocráticas, porque los líderes las toman sin consultar a la ciudadanía. "La preservación del sistema democrático es esencial para el bien público", escribe Sen, "y en el caso de Europa todavía más, porque los acuerdos políticos posteriores a la Segunda Guerra Mundial fueron los que dieron luz al Estado de bienestar y a los servicios de salud pública universales, no con el fin de proteger la economía de mercado sino para proteger el bienestar de la gente".

Y todo esto viene a cuento porque acabo de leer dos encuestas que relatan las ramificaciones de la crisis económica en la vida de las personas. La primera, hecha por Naciones Unidas con el propósito fue descubrir dónde vive la gente más feliz del planeta. De los 146 países encuestados, Dinamarca quedó en primer lugar, Finlandia en segundo, Noruega en tercero y Suecia y Alemania quedaron entre los primeros 10 lugares. La encuesta encontró que la mayoría de los europeos, aunque con dolorosas y recientes excepciones, salieron bien librados; no así los africanos.

Curiosamente, la publicación de la ONU coincidió con la divulgación de un sondeo del Pew Center, que le da otro giro al tema de la felicidad al indagar sobre las expectativas de la gente en el mundo. Según este, la actual crisis económica mundial ha mermado la fe de la gente en la economía de mercado y en el liderazgo político. De las 26.000 personas encuestadas en 21 países, solo una cuarta parte está satisfecha con su situación económica y solo en cuatro países, China (83%), Alemania (73%) Brasil (73%) y Turquía (57%), la gente reconoce que el progreso económico de su país les ha permitido mejorar su situación económica personal y tener una visión positiva del futuro.
En EE. UU., solo el 31% de los encuestados piensa que la economía del país está bien. En los países árabes, el 16% cree que sus hijos podrán superarlos económicamente. Y el desencanto es mucho mayor en Grecia, España, Italia y Japón, donde menos del 7% tiene fe en su futuro. En todo el mundo, apenas el 9% de los jóvenes piensa que podría tener una situación económica mejor que la de sus padres.

Lo que ambas encuestas muestran es que el mundo entero avanza aceleradamente hacia la infelicidad. Un estado de ánimo que generalmente se asocia a países pobres que carecen de un sistema democrático e instituciones fuertes, pero que hoy amenaza también a la gente que vive en Estados democráticos, con instituciones sólidas y fuertes programas de bienestar social. Y cuando las expectativas y el ingreso económico son insuficientes, se pierde la confianza en las instituciones y en el liderazgo, y sobreviene la infelicidad.

Así las cosas, yo creo que para implementar adecuadamente la reforma del sistema económico mundial a quienes habría que escuchar con atención es a economistas como Amartya Sen y no a quienes, por su avaricia e impericia, han conducido al mundo al lamentable estado en el que se encuentra.

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