Ni constituyente, ni referendo

Ni constituyente, ni referendo

15 de julio 2012 , 03:50 p. m.

Como los ecos del desastroso final de la tragicomedia de la reforma de la justicia no terminan, cogen vuelo propuestas de todo tipo, desde la convocatoria de una asamblea constituyente para introducir más cambios a la Carta, hasta la celebración de un referendo para revocar el mandato del Congreso. Lo curioso es que en la promoción de estas propuestas coinciden la vertiente más derechista del uribismo y la izquierda más radical, con un lenguaje mesiánico, como si la solución de la crisis del país dependiera de un líder o de una fórmula mágica.

Si alguna de estas salidas sirviera para algo, valdría la pena apoyarla. Pero no es así. ¿Para qué una constituyente? Ya tuvimos una en 1991, con resultados positivos -la tutela, la Corte Constitucional y la Fiscalía, que aun con sus defectos es mejor que lo que había antes-, y eso a pesar de evidentes lunares y fallas y de que sirvió para que Pablo Escobar y su banda de criminales presionaran y lograran la caída de la extradición.

Los antiuribistas se oponen a la constituyente porque dicen que Uribe -que, pese al palo recibido sigue arriba en las encuestas- conseguiría las mayorías. No es un argumento serio: decir que un mecanismo previsto en la Constitución no sirve porque favorece a un adversario es un planteamiento pueril. La constituyente es mala en sí misma, porque nada soluciona y porque puede servir para agravar el caos.

Un país no puede andar cambiando el texto constitucional cada año, que es lo que Colombia ha hecho con la Carta del 91, como bien lo ha señalado el exfiscal Alfonso Gómez Méndez. Y no lo puede hacer porque termina convirtiendo la Constitución en una colcha de retazos. Pero, además, como lo señala en forma atinada el procurador Alejandro Ordóñez, la constituyente es un salto al vacío, porque ni siquiera sabemos de qué se va a ocupar. Es como si ante un paciente cuya enfermedad no ha sido identificada, los médicos dijeran: "Llevémoslo a la sala de cirugía a ver de qué lo operamos".

Algo similar sucede con el referendo para revocar el Congreso. Suena muy popular porque los congresistas son, desde hace años, el objeto del mayor odio ciudadano. A menos que queramos convertir a Colombia en una dictadura, revocar el Congreso implica elegir uno nuevo meses más tarde. Y, tal y como ocurrió en 1991 tras la revocatoria aprobada por la constituyente, el Congreso que salió elegido fue tan malo o peor que el revocado. Eso es exactamente lo que volvería a ocurrir, porque ni los partidos asumen sus responsabilidades, ni las mayorías ciudadanas votan a conciencia. De modo que ni constituyente ni referendo revocatorio van a servir para un carajo.

Este país no necesita de nuevos cambios constitucionales, más allá de algún ajuste puntual. En lo referente a la justicia, lo ha dicho con desconcertante sensatez la nueva ministra, Ruth Stella Correa, que desde ya se perfila como la nueva estrella femenina del gabinete ahora que la anterior se ha apagado. Bien por la doctora Correa, que invita al país a dejar quieta la Constitución, después de dos años en que el Gobierno abrió la caja de Pandora de cambiarla, con los nefastos resultados conocidos.

Lo que Colombia necesita es que cada cual haga su tarea. Que el Gobierno gobierne, que en seguridad mande y deje de coquetear con los Baltasares Garzones, y en obras públicas ejecute; y que no abandone su agenda legislativa de reformas urgentes, como la tributaria o la pensional. Que el Congreso haga control político del Gobierno y legisle; que el segundo no compre al primero con puestos ni contratos y que el primero no se deje comprar con puestos ni contratos por el segundo. Y, en cuanto al poder judicial, que deje de hacer politiquería con los fallos y los nombramientos y se dedique a impartir pronta y cumplida justicia. Eso ya sería bastante.

Mauricio Vargas
mvargaslina@hotmail.com

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