George, el solitario

George, el solitario

15 de julio 2012 , 08:44 p. m.

El 'solitario George' ha muerto, y con él se ha ido la esperanza de una especie. Ahora, mis hijos, nuestros hijos y los hijos de ellos jamás tendrán la oportunidad de ver a esa tortuga gigante, a ese centenario animal que con su parsimonia acostumbrada se dirigía al bebedero lanzando a lo largo del camino esa mirada triste, llena de nostalgia, que llevan en sus ojos los últimos ejemplares de una especie.

Hace bien Ecuador en nombrar a George patrimonio cultural de su país. Hace bien en recordarnos que no solo las moles de cemento, las ruinas y las piedras, lo plástico y lo urbano son los elementos que definen la cultura de un país; que tal vez la identidad, ese patrimonio del que nos creemos dueños, no les pertenece exclusivamente a los humanos y a las transitorias obras hechas con sus manos.

La especie de George, el solitario, se suma ahora a una lista absurda de animales extintos por la torpe intromisión del hombre. Bien sea por sus pieles o su carne, como sucedió con la Quagga (un tipo de cebra) y la paloma migratoria, o por introducir de manera irresponsable cambios en el ambiente, como les sucedió a George y su enemigo fatal, la cabra, con quien luchaba por comida, siempre encontramos una excusa perfecta, una forma adecuada de acabar con los habitantes del planeta. El mejor testigo de ello, de nuestra locura predadora, es uno de los últimos pingüinos gigantes que estando ya en vía de extinción, por allá en 1840, fue acusado de ser una bruja por los aldeanos de un pueblo muy demente, muy humano, en Escocia, y ejecutado en la plaza central de este ante los ojos de ciudadanos iracundos y confundidos. Pero no contentos con ello, cuatro años más tarde, un grupo de pescadores en Islandia asesinó a la última pareja y machacó sus huevos con rabia y de manera inexplicable, extinguiendo con ello para siempre a la increíble Alca Gigante.

George, la 'Chelonoidis Abingdoni', es historia. Ahora solo quedan 17 tipos de tortugas gigantes en las islas Galápagos. Pero no hay que alarmarse y preocuparse demasiado. Para fortuna nuestra, de los que vienen, el Gobierno de Ecuador ha perdido por completo la razón y ha empezado a darles más valor a sus bienes naturales que al progreso tecnológico y económico de su país. En estos años, por encima de todo, ha protegido legalmente varios espacios para la preservación de su biodiversidad, entre estos una zona cercana a la ciudad de Quito que cabe resaltar y que, recientemente, fue declarada santuario para la conservación de los cóndores andinos, de los que difícilmente se cuentan en el continente una centena y que nosotros, después de destruir su hábitat, aún tenemos el descaro de llamar el ave emblemática nacional.

A nosotros, que nunca hacemos nada diferente a rumiar malas noticias y quejarnos, solo nos queda rezar para que esa locura, para que ese grado de insensatez de proporciones épicas de los dirigentes ecuatorianos, no sea un simple episodio maniaco de amor por la naturaleza, sino que sea una agresiva peste que ojalá contagie a todos los mandatarios de los países vecinos, donde sabemos que reposa gran parte del patrimonio natural del planeta, que tristemente ya ha empezado a feriarse a diestra y siniestra, como ejemplarmente lo está haciendo nuestro gobierno para crecer la economía, o a destruirse por salvaguardar el abastecimiento futuro de energía de una ínfima ciudad, como sucederá con la represa de Belo Monte en la Amazonía brasileña.

Que en paz, como vivió durante los últimos cuarenta años, descanse George, el solitario. Ese animal enorme que se rehusó a aparearse con hembras de otras especies y que con ello nos enseñó que uno debe aceptar con calma y tranquilidad su destino, por negro que este sea. Ese mago en el arte del no-hacer, que aún llevando sobre sus hombros la abrumadora carga de ser el último de una especie, observó curioso al mundo durante poco más de un siglo, sin presión y con sabiduría, estudiándonos sin entendernos, porque sabía que nuestras preocupaciones y quehaceres diarios no podían ser más vanos, y porque les dábamos tal importancia que desperdiciábamos nuestra existencia dedicando a ello nuestras vidas.

Adiós, George. Gracias por enseñarnos que en este mundo, mientras los políticos debaten cómo reactivar la economía, y nosotros, el resto de los ciudadanos, transitamos sin vivir realmente la vida, las especies de las que depende la biodiversidad que nos mantiene vivos, a todos, van muriendo a un ritmo no tan lento, haciéndonos pensar que tal vez se están extinguiendo las especies equivocadas.

Arturo Argüello Ospina
arturo_arg@hotmail.com

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