Evangelio

Evangelio

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12 de julio 2012 , 06:27 p.m.

Hace 10 años todo era sombra, todo. Y desde la tras escena de la providencia -según dijo el evangelista Fernando Londoño en su retorcido pero aplaudido discurso en el Club El Nogal- vino a salvarnos del miedo al miedo "un antioqueñito sin partidos, sin amigos en las páginas editoriales, sin conexiones en la alta aristocracia": vino "el puro" Álvaro Uribe Vélez entonces como un "lampo de luz en la más siniestra oscuridad". Reza el evangelio que la guerrilla estaba a punto de tomarse Bogotá, que Dios, el que sabemos, pasaba poco tiempo en las regiones, y que a la pobre Colombia seguía cubriéndola la polvareda blanca de Pablo Escobar porque aquí los gobernantes no tenían pantalones. Pero llegó Uribe Vélez.

Dice el evangelio siniestro que no fueron los siervos sin tierra de los barones de siempre, sino que fue la gente, esa multitud hecha de nadie, la que lo eligió su Presidente. Fue "la gente", que según se requiera es sinónimo de "el pueblo" o de "la turba", la que le pidió que se quedara todo lo que fuera posible. Y fue así como gobernó ocho años sin descanso, 2.920 días y 2.920 noches sin voltear a mirar los fantasiosos titulares de los elitistas medios de la capital, hasta rescatar a Colombia del Apocalipsis.

Y entonces vino la traición. La letra menuda de una Constitución irrazonable no permitió a Uribe Vélez quedarse por siempre y para siempre en la Casa de Nariño. Y el exministro Santos, al rescate, prometió que haría su mejor esfuerzo para encarnar al que llegó a llamar "el mejor presidente de la historia". Sucedió así. Santos juró ser Uribe. Pero apenas fue elegido por 9'028.943 uribistas agregó que lo sería a su estilo -que solo sería "un uribe"- pues cada hombre es un hombre a su manera. Y, como la forma trae a cuestas su propio contenido, el nuevo gobierno resultó ser una pesadilla roja para cientos de miles de colombianos: gritaron "¡liberales!", "¡Chávez!", "¡Farc!".

Y todo volvió a ser negro, todo. Se crucificó a los uribistas. Se dijo "paz". Se perdió el control de las regiones. Se desmoralizó a un ejército honorable que estaba a punto de ganar la guerra. Se inventó el clientelismo. Y los pusilánimes políticos bogotanos que se le atravesaron a la segunda reelección del frentero "antioqueñito" que pacificó la patria -mírenlos en las páginas sociales: bailan vallenatos tristes, fruncen el ceño junto a los líderes del mundo, van a "tierra caliente" cada vez que van a Colombia- se tomaron el país con sus ineptas sonrisas de dientes para afuera.

Pero viene la resurrección. Uribe presentó en el simbólico Club El Nogal un nuevo partido contra el terrorismo -su terrorismo son los demás- creado para que el más humilde de sus discípulos le quite a Santos la presidencia en el 2014. Y Londoño pronunció la trama del uribismo como si fuera una buena nueva.

Todas las líneas de esta columna que recrea los oportunistas discursos de la semana pasada en El Nogal, todas las líneas desde "hace diez años" hasta "se tomaron el país", son mentiras verosímiles: peligrosas verdades a medias que la mayoría del país repite como el evangelio. Santos, que tiende a gobernar con el deseo, ha dicho que Uribe "es cosa del pasado". Pero tiene claro que el expresidente no es sólo un ultraderechista de ojos extraviados sino un político idolatrado capaz de todo para recobrar lo que considera suyo, tiene claro que su antiguo jefe sigue siendo el dueño del miedo de Colombia y que en el 2014 el falso dilema "Santos o Uribe" va a darle chance a un tercero que sepa articular la indignación.

No temo que se nos cuele "un Chávez" por el camino. Nuestro rancio caudillo que morirá de pie sobre el escenario llegó al poder hace 10 años haciéndose pasar por inocente. Nuestro Chávez es Uribe.

www.ricardosilvaromero.com

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