Comicidad de lo tecnológico

Comicidad de lo tecnológico

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09 de julio 2012 , 01:26 p.m.

Un amigo que vivió quejándose de las alienaciones modernas una vez me soltó un discurso contra los teléfonos celulares, y sacando uno del bolsillo del corazón protestó: mirá a lo que nos tienen reducidos. Yo le aconsejé, si estaba aburrido con el artilugio, que lo echara en la basura. Pero no estaba en condiciones de botar los 300.000 pesos que le había costado. Me dijo: somos incongruentes.

Yo amo mi teléfono celular. Es lo más parecido al alma que me dejaron desde que la ciencia descubrió que esa invención metafísica es una sopa de proteínas y fibras por las que corren impulsos eléctricos. Y me siento sin mi teléfono en perfecto abandono, como huérfano, como si me faltara el ombligo, vacío.
Compré un plan grande que me mantiene conectado con mis lacónicos hijos y con mis locuaces amigos. Y como en la infancia con la señal de la cruz, me acuerdo de mi celular al entrar en el baño, al salir de casa, al comer y al dormir. Pero nada es perfecto.
Hay una cosa irritante en este sustituto del alma antigua: sus inesperados reclamos. Las llamadas para ofrecerme una conexión con Londres a mitad de precio, y otros beneficios agregados al goce de permanecer activo en medio de mis alambres, conectado a mis pilas entrañables, atento a tantos timbres que suplantaron la arcaica voz de la conciencia. Y los chistes bobos del estilo de qué dijo Juanito, que a veces repiten en Sábados Ridículos de Caracol.
Los últimos meses comenzaron a cobrarme una pequeña cantidad que no contempla el contrato. Y la pagué religiosamente, el culto es el culto, con resignación y agradecimiento. Supuse que habían adornado el divino servicio con otro gravamen en la última reforma de alguna superintendencia. Y, qué más daba otro par de gotas de mi sangre de más en el tonel de los tributos de los peajes y las obligaciones con mi cajero automático y la lealtad con el banquero que maneja mi tarjeta, mi cuatro por mil, y las comisiones de rigor, y los ivas.

Una tarde se me ocurrió preguntar a la encargada de la oficina más por curiosidad teológica que por mezquindad cómo podía justificar los benditos incrementos. Y se debían a los mensajes que me enviaba para ayudar a mi cultura general la prestigiosa multinacional que me mantiene vivo junto a mi adminículo, donde me habían informado por casi nada, más el impuesto a la nada, sobre las aparatosas costumbres sexuales de las ballenas, la semántica de los aromas de las flores de sombra, la cantidad en toneladas de salmón que precisa una foca para llevar una vida normal de foca y cómo perdieron la cola los mandriles. Ah. Y estaban esos chistes sin los cuales me he defendido en esta vida y que más que alegrarme me entristecen como un menosprecio a mi sentido del humor, afilado en Lichtenberg y Groucho Marx.

Señorita, dije a la encargada de la oficina, devolviendo bromas: dígale al señor Slim que le agradezco el interés que pone en enriquecer mi saber en ciencias naturales y por intentar en vano sacarme una sonrisa. Y ella, abriendo los ojos ingenuos, azules, irónicos y grandes, confesó que no conocía a ningún señor Slim, que estaba en esa oficina por una prima y que si llamaba al asterisco 600 podía conseguir que me suspendieran el servicio. Allí me aconsejaron llamar a un 500. En el 500 a un 700. Y por fin mi comprensivo apéndice electrónico respondió un mensaje de texto: te entendemos. Pero apúntate a nuestra increíble colección de ring tones. Aprovecha. Compré el del mono copulante para escandalizar a mis amigas. Y acepté que también mi teléfono, como decía Santa Teresa de los jesuitas, ha de contar con los defectos de sus virtudes. Y seguiré pensando que son las máquinas las que progresan, que el mundo sigue dividido, como en la prehistoria, entre predadores y presas y que en medio de los hallazgos técnicos seguimos siendo uno de los animales más insulsos que pisan la Tierra con sus zapatos.

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