Este es el perfil del 'guachimán' bogotano

Este es el perfil del 'guachimán' bogotano

Estudio revela que en Bogotá hay entre 7.000 y 10.000 personas que se dedican a este oficio.

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07 de julio 2012 , 08:32 p. m.

Por cada 20 vigilantes vinculados a una empresa de seguridad legal en Bogotá, existe un celador que ejerce el oficio de manera informal. Son más conocidos popularmente como los 'guachimanes'.

Según un informe del Centro de Estudio y Análisis en Convivencia y Seguridad Ciudadana (CEACSC), son entre 7.000 y 10.000, la mayoría hombres de entre 40 y 60 años de edad. A todos los une el haber acudido a ese oficio después de perder su trabajo en agricultura, construcción, ventas informales, servicios generales y mensajería. Viven en zonas como Ciudad Bolívar, Bosa, Usme y Kennedy, en el sur de la ciudad.

El estudio estuvo a cargo de 16 investigadores, que realizaron 50 observaciones guiadas y aplicaron una encuesta a 877 vigilantes informales de 19 localidades y a 404 usuarios de sus servicios, entre febrero y marzo de este año, con un nivel de confianza del 95 por ciento y un margen de error del 5 por ciento.

A diferencia de los vigilantes formales, ellos no tienen un contrato de trabajo, sino un pacto verbal con los vecinos a los que les prestan sus servicios a cambio de un pago que puede oscilar, en la mayoría de los casos, entre 500.000 y un millón de pesos al mes. Casi la mitad ni siquiera tiene un pacto verbal, y ganan entre 100.000 y 400.000 pesos. A este grupo pertenecen quienes cuidan carros y a cambio piden una contribución.

El 49 por ciento trabaja de domingo a domingo y el 37 por ciento, de lunes a sábado. De lo que ganan, pagan su seguridad social, pues pocos están afiliados a una EPS (26 por ciento) o a pensión (7 por ciento). El 58 por ciento apenas estudió la primaria completa y cursó algunos años de bachillerato; solo el 23,4 por ciento terminó la secundaria.

Por la edad y la falta de preparación, no reúnen los requisitos para conseguir trabajo en una empresa de vigilancia legal. La mayoría (60,8 por ciento) lleva más de cinco años en el oficio informal y una tercera parte (35,5 por ciento), más de 10 años. "Para ellos, es un medio de supervivencia, de rebusque", explica Rubén Darío Ramírez, director del CEACSC.

El más común (40,1 por ciento) es el vigilante de cuadra, que tiene una caseta fija para trabajar. Después están el portero, que vigila edificios y conjuntos residenciales; el que cuida carros (17,1 por ciento) en bahías, zonas de parqueo o vías públicas, y el rondero, que va a pie o en bicicleta con un pito que alerta sobre su presencia.

La mayoría de los clientes de estos vigilantes son personas de los estratos 3 y 4 (67 por ciento) que no cuentan con recursos para contratar una empresa formal, pero necesitan seguridad en sus barrios.

Seguridad informal no tiene controles

Marcela Castro Macías, superintendente delegada para el Control, no conoce el estudio del Distrito, pero advierte que esa entidad no tiene competencia sobre los vigilantes informales, porque ellos trabajan en el espacio público. La entidad controla a las empresas de seguridad legales y vigila a empresas que, sin permiso, prestan servicios de seguridad privada.

Crónica
Miguel, el héroe de la cuadra

Ayudar a un policía a enfrentarse a cinco bandidos que pretendían secuestrar a un coronel es la experiencia que más enorgullece a Miguel, un 'guachimán' de 71 años y 1,50 de estatura que dice ser nivel superior en defensa personal. "Favorecí al policía, que se quedó sin municiones", cuenta.

Su arma letal es el 'chucato', algo así como la evolución del tradicional bolillo de madera, con el que Miguel hizo curso a la hora de enfrentar a los cacos de barrio en sus años mozos. "Yo sé cómo maniobrarlo para defenderme sin matar", contó mientras se contorsionaba como si estuviera atacando a un malhechor imaginario.

Como muchos, comenzó en el oficio muy joven y recién salido de prestar servicio militar, una época gloriosa en su vida. "Salí del contingente del 65", dice. Su existencia está confinada desde hace años a dar vueltas en un cuadrante del barrio Normandía, lejos de sus siete hijos y su esposa, con los que poco vivió por dedicarle las 24 horas de vida a una ocupación en que solo se duerme por ratos al calor de una ruana de lana virgen.

Su guarida no es más que una caseta de 3 metros cuadrados hecha de retazos de madera. Dice que no imita a sus compañeros -que tienen estufa de una hornilla, radio a.m./f.m. y espejos y almanaque de taller- porque "son elementos que distraen la labor de vigilancia". Eso sí, acepta que se pega sus dormiditas. "Para qué mentir: yo me echo un sueñito de 4 a 6 de la mañana".

Su sueldo es la sumatoria de lo que le pagan las empresas y algunas casas en el barrio. "Las familias me dan entre 35.000 y 40.000 pesos y las empresas, 100.000, pero como tengo muchachos que me colaboran, de los 2 millones que recolecto no queda casi nada, porque todo se va en médico y cosas", cuenta.

Miguel trabajó para empresas de vigilancia privada, pero las canas se fueron volviendo incómodas para sus jefes. Fue ahí cuando decidió independizarse y montar su pequeño negocio, Norvigilancia, en honor del barrio. Sabe que su oficio, como muchos, se ha llenado de vicios. "Yo soy honesto, pero yo sé de algunos compañeros que venden droga, alcohol y una cosa que le dicen bazuco".

Dice que la tecnología en su trabajo no puede faltar y exhibe con orgullo el 'flecha', un celular negro marca Samsung de los primeros que llegaron al país. "Hay que estar listos para llamar a la autoridad", explica.

Para Miguel, no hay mayor compromiso que el de defender las casas del sector. "Yo veo que se mete un ladrón y pongo el pecho, así no me paguen", dice.

Este 'guachimán' tiene una particularidad, es feliz, y, por eso, todas las mañanas no hay mejor momento que cuando se arma de su uniforme para salir a trabajar, eso sí, al ritmo de un corrido prohibido.

'Duro rogar por una moneda'

No todos son felices en el oficio. Patricia, cuidadora de carros, pasa días de hambre cuando las monedas no le alcanzan para el arriendo de una pieza y la alimentación diaria. Su piel está cuarteada por el sol y la lluvia y sus días terminan en una pequeña habitación ubicada en las lúgubres residencias del barrio Santa Fe, en la que adolece hasta de un lugar digno para hacer sus necesidades. Su vida está llena de pesares porque no tiene cómo surtir un carrito de dulces, negocio con el que busca ganar algo más que cuidando carros. "Rogar por una moneda es duro".

CAROL MALAVER
Redactora de EL TIEMPO

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