Editorial: Hospitales, una crisis que desvela

Editorial: Hospitales, una crisis que desvela

07 de julio 2012 , 07:55 p.m.

Suena a disco rayado decir que los hospitales enfrentan una profunda crisis, que se agrava con los días por cuenta de las multimillonarias deudas que el sistema de salud tiene con ellos. Esta afirmación se ha convertido en un lugar común, incluso entre los responsables de hacer lo necesario para conjurar el problema, lo que justifica, más que nunca, poner el foco sobre un tema tan sensible que afecta a todos los colombianos.

A la luz de los balances disponibles, estaría por hacerse realidad la pesadilla del presidente Juan Manuel Santos, quien el año pasado aseguró que si algo le quitaba el sueño era el cierre de un hospital. Como están las cosas, no es uno el amenazado, sino la red pública.

El síntoma más evidente de que la crisis no ha hecho más que agudizarse es la situación de estas entidades en Bogotá. Tras años de arrojar aceptables y hasta buenos balances, los capitalinos empezaron a escuchar negras noticias en torno a los centros asistenciales, a causa de los 220.610 millones de pesos que les deben las EPS. Lo malo es que buena parte de las deudas son tan viejas, que ni el Secretario de Salud de Bogotá está seguro de que la ciudad logre que algún día les sean pagadas.

Otro triste ejemplo es el de Cundinamarca, cuyo Secretario de Salud denunció que de los 37 hospitales que tiene el departamento, solo cuatro están en condiciones de sobrevivir, y por las mismas razones.

En Antioquia, la cartera con los públicos asciende a 472.000 millones de pesos; en el Meta, a 120.000 millones de pesos; en el Chocó, a 45.000 millones de pesos, y en Santander, a 85.000 millones de pesos. En total, a la red pública hospitalaria del país le deben 3,8 billones de pesos. No hay derecho.

El Gobierno, a través de su ministra de Salud, Beatriz Londoño, asegura que sí se han tomado medidas para contener el problema, y señala entre ellas el giro directo, este año, de 1,7 billones de pesos para que puedan seguir operando. No obstante, los representantes de los hospitales dicen que estas platas, que no llegan adonde tienen que llegar, no pasan de ser un paño de agua tibia. Triste realidad para unos bienes públicos que, por su naturaleza, deberían ser salvaguardados por el mismo Estado para beneficio de la población.

Paradójicamente, hace más de 20 años que el país no construye un hospital público de alta complejidad, y los existentes apenas se mantienen en pie. En algunos casos, la misma crítica situación ha culminado con su puesta en venta al mejor postor.

Vale decir que a los privados no les va mejor, pues las deudas que el sistema tiene con ellos bordean los 4 billones de pesos; por esta causa, algunos, como la emblemática Clínica San Rafael de Bogotá, prácticamente están cerrando sus puertas.

Hay que preguntarse de nuevo: ¿por qué tanta desidia oficial? Es una verdad de Perogrullo que, sea cual sea el modelo de salud, este requiere, para ser eficiente, un sector de hospitales sano y sólido. En ellos, que no solo prestan servicios vitales para la población y producen conocimiento, convergen todos los elementos de un sistema sanitario, a grado tal que su situación es un determinante de las condiciones de bienestar general.

Es innegable que a dicho estado de cosas los hospitales no llegaron solos; su desastroso panorama es el resultado de las muchas veces diagnosticadas, y nunca corregidas, fallas estructurales del sistema de salud, que son un lastre para todos sus actores.

Su desorden, falta de coherencia y laxitud en el control se han convertido en el caldo de cultivo del manejo enrevesado e ineficiente de los multimillonarios recursos de la salud, de la corrupción y de los problemas administrativos.

En ese escenario, pretender que todos los hospitales logren mantener el equilibrio financiero, presten servicios de calidad, aporten al bienestar colectivo y cumplan con la función social de producir conocimiento es un imposible.

En otras palabras, ni las reestructuraciones (que ya son una fórmula gastada), ni las inyecciones condicionadas de recursos, ni la promulgación de normas dirigidas a corregir detalles van a sacar al sector hospitalario del abismo en el que está.

¿Cómo pretende resolverse el problema de las deudas si no hay bases de datos organizadas y unificadas y reglas del juego claras que permitan saber quién y cuánto le debe a cada cuál? ¿De qué forma se puede evitar el crecimiento exponencial de la cartera si no se ponen límites a los abusos que se cometen con las cuentas de cobro y las glosas?

Hasta el momento, no hay ni medidas contundentes para resolver dos problemas tan elementales, ni una perspectiva clara de que algún día las habrá. A estas alturas, nadie sabe qué más tiene que pasar para que los recursos de la salud tengan un flujo más expedito y transparente, y no se queden enredados en la maraña de trámites, que favorecen siempre a terceros.

Curiosamente, ambiciosos objetivos, como la unificación del POS, la universalización de las coberturas y el mejoramiento de los indicadores de bienestar, hoy son vientos en contra para lo poco que queda de la red hospitalaria, por física falta de orden y planeación.

Es urgente que el asunto se aborde con decisión y sin demoras, sobre la base de que el cierre de un solo hospital es más costoso para la sociedad que cualquier medida que se tome para evitarlo y, de paso, conjurarle el desvelo al Presidente.

editorial@eltiempo.com.co

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