Una pequeña escena familiar / Hablemos de vinos

Una pequeña escena familiar / Hablemos de vinos

07 de julio 2012 , 04:29 p.m.

Mi hermano llega para almorzar a mi casa, un día domingo cualquiera. No hemos tenido tiempo de cocinar ese día, así es que lo que hemos hecho ha sido comprar empanadas de carne, algo clásico de día domingo en mi país.

Y hay que buscar un vino, pero como yo estoy en plan de poner la mesa y de arreglar las cosas, tengo la ocurrencia de pedirle a mi hermano que vaya a la cava por una botella. "Y que sea un vino argentino, el que te parezca mejor", le digo, sin pensarlo demasiado.
Mi hermano bebe vinos, por cierto. Le gustan, pero no podríamos decir que es un experto en el sentido en que no identifica muchas bodegas que no sean chilenas o tipos de uva que no correspondan a los que se producen aquí, así es que mandarlo a él a buscar el vino era una suerte de ruleta rusa.

Mi cava -valga aclararlo- está en el patio. Es una cava subterránea, que me hice hace algunos años. Un pequeño lujito que disfruto por el simple hecho de decir "voy a la cava", que suena tan bien, pero que, además, cuida tan bien de mis vinos. Eso sí, nada de tecnología. Solo un hoyo de concreto en mi patio. Y todas mi botellas allí, esperando.

El problema es que tiene ciertas mañas; la primera es la trampita para abrirla, golpeando levemente la llave, hacia afuera. Y yo pensé que mi hermano, un tipo intelectualmente brillante, pero no especialmente hábil con las manos, no iba a pasar de allí; que de pronto iba a escuchar sus gritos pidiendo ayuda.
Pero nada de eso. Todo lo contrario. Al rato, llegó con una botellita. Y no era una cualquiera. Nada menos que un Achaval Ferrer Finca Bellavista, que no solo es un malbec delicioso, sino que también es muy caro. Digamos que varias veces más que el costo de todas las empanadas que nos podríamos comer en ese almuerzo. Y más aún: el de varios almuerzos en la semana.

Pero lo vi tan orgulloso con su presa y, a la vez, tan ingenuamente confundido con la calidad eventual de lo que había escogido, que opté por no decirle nada. Y ya saben, los hermanos menores nunca terminan de enternecernos.
Así es que nada. Abrimos la botella. Un malbec absolutamente sobredimensionado para la sencillez de las empanadas, algo que para cualquier
sommelier es motivo de condena, porque la máxima dice: comida compleja, vinos complejos; comida sencilla -como mis empanadas-, con vinos ídem.

Pero quién anda haciéndoles caso a las reglas, y menos si el que las rompe es el hermano menor de uno. Así es que le dimos no más, y fue un almuerzo memorable. El vino engrandeció las empanadas y dignificó el malbec. La botella se fue rápido. Nos la bebimos como si nada y, al final, vacía, allí, en medio de los platos, fue el mejor ejemplo de que los grandes vinos son capaces de ofrecer su grandeza hasta en la más cotidiana de las situaciones, que no necesitan de trompetas que los anuncien ni guantes que los sirvan. Y que bastan muy pocas cosas para ser felices en una tarde de domingo.

PATRICIO TAPIA
Especial para EL TIEMPO

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