Ser cogestor social en Medellín es sentir la pobreza extrema

Ser cogestor social en Medellín es sentir la pobreza extrema

ELTIEMPO.com fue invitado a vivir la experiencia de participar en este programa de la Alcaldía.

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07 de julio 2012 , 04:05 p.m.

Emanuel me seca las lágrimas cuando lloro y, si me ve aburrida, me pregunta si estoy triste, pero yo le digo que no.

Intento entender su vida pero a cada pregunta Yulithe (se pronuncia Yuliethe) retrocede. Aunque responde está nerviosa e incómoda. Se que mis miradas y palabras son inoportunas: la sensación de un intruso que llega a preguntarle por su vida no desaparece. Sin embargo, es solo el principio de su historia, que también se volvió la mía.

Soy periodista y por esta vez debo hablar en primera persona pues el programa de Medellín Solidaria de la Alcaldía invitó a ELTIEMPO.com y a los medios de la ciudad a que fueran por un día cogestores sociales, el trabajo de más de 300 personas que acompañan a 45 mil familias en condiciones de pobreza extrema. Es decir, aquellas que viven con menos de un dólar por día.

Carolina Restrepo es mi guía, cogestora que tiene a cargo 122 familias. Mientras recorre las calles que nos llevan a Yulithe las enumera: cada una con necesidades y problemas diferentes.

La más llamativa es una en Moravia con 10 personas. Madre soltera con seis hijas, dos de ellas con hijos, una con casa por cárcel. Viven en un pequeño espacio de menos de 15 metros cuadrados. Lo que vivirás es una mínima parte de lo que nos toca, me advierte.

Esa partecita basta para entender que la pobreza se mide en nueve indicadores y puede llegarse a padecer el resto de la vida.

También sirve para reiterar que la voluntad es el primer insumo que se necesita para salir de ella y que no hay peor miseria que la falta de información útil, como que desde 20 mil pesos mensuales una persona puede ahorrar y soñar con una casa.

El problema es que ni para eso les alcanza a muchos, porque en Medellín cerca de 250 mil familias están en pobreza extrema, y gran parte de ellas aguantan hambre. Muchas, me cuenta Carolina, solo tienen por bocado al día 'La Sopita', un programa de complementación alimentaria de la Alcaldía. Para qué pensar en casa, si ni siquiera hay comida, me obliga a pensar.
 

En su intimidad
Pasamos por una frontera invisible del nororiente de Medellín, entre Aranjuez, Los Álamos y El Oasis.

Por aquí al principio del año solo podíamos venir mujeres, los 'muchachos' les advirtieron a los hombres del programa que mejor no pasaran. Carolina da pasos firmes y el fotógrafo que me acompaña reafirma para sí que fue correcta la decisión de guardar su cámara.

Encontramos a Yulithe despeinada y casi recién levantada. Emanuel, su hijo, aprende en un jardín de Buen Comienzo y por eso la casa está sola. En su cuarto, dividido por una cortina de la entrada sobresale un pequeño estante en madera donde reposa su vanidad: pintalabios, esmaltes, cremas y hasta una tiara de princesa.

En ella se conjugan las responsabilidades de una adulta con los anhelos de una adolescente: a mí me decían ayer que yo apenas estoy aprendiendo qué es el mundo, reconoce. La otra semana vuelvo al colegio, a empezar décimo para ver si termino rápido porque no quiero depender de ningún hombre y tengo que trabajar por mi hijo.

Carolina tenía razón, con sonrisas esta joven de apenas 18 años oculta sus tristezas. A su edad ya ha convivido con dos hombres y ha sufrido pérdidas irreparables. Su mundo, reducido a Manrique, Aranjuez y El Oasis, apenas comienza a abrirse.

Su primer salida sola del barrio fue hace pocas semanas, cuando tuvo que ir hasta Bello en bus para sacar su contraseña que, con 18 cumplidos, no se le había pasado por la mente. Solo el empujón de Carolina, quien le consiguió la cita, la hizo despertar. 

Yulithe termina sonriendo con nuestra visita, su sonrisa revela unos dientes separados y deja ver sus ojos café claros. Los mismos que le enjuga su hijo cada vez que a ella le llega la tristeza.

CARLOS MARIO CANO R.
CORRESPONSAL EL TIEMPO
MEDELLÍN
canmar@eltiempo.com

 

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