Golpe bajo al sentido del humor

Golpe bajo al sentido del humor

Aquel pretendido humor negro de la Azcárate no produce carcajadas sino carraspeos.

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07 de julio 2012 , 02:41 p.m.

Alejandra Azcárate pertenece a la misma corriente de pensamiento de Isabela Santodomingo. Y con eso, damas y caballeros, cierro mi caso.

Pero esto no es un tuit. Esto es un documento. Y me veo en la penosa tarea de explicar qué estoy diciendo. Y es lo siguiente: que no sólo no está prohibido hacer chistes sobre esto o sobre lo otro o sobre lo de más allá, que no sólo es mentira que haya algún tema "sagrado" e "intocable" en esta vida absurda, sino que además es recomendable satirizar, parodiar, ridiculizar, caricaturizar todo lo humano (la frase "eso no se dice ni en chiste" es estupenda, claro, porque reconoce que el humor llega a esos rincones a los que no llega ningún otro gesto del hombre, pero se queda corta, por supuesto, porque la verdad es que todo se puede decir mamando gallo) siempre y cuando se tenga sentido del humor, siempre y cuando los chistes funcionen, siempre y cuando la broma tenga el buen gusto de dar en el blanco.

 El humor se parece a la poesía más de lo que uno cree, los buenos humoristas son hermanos de los buenos poetas: así como una sílaba de más puede arruinar un verso de un tajo, una palabra mal puesta en el momento equivocado puede acabar por completo con un chiste.

 Hay solo un paso de la carcajada sonora de la que se alimenta el gran humorista al silencio interrumpido por carraspeos que tiende a recibir el comediante que tendría que dedicarse a otra cosa.

 En otras palabras: el gran problema de la cacareada columna humorística que Alejandra Azcárate publicó en la revista Aló, en la que señala las supuestas ventajas con las que cuentan las supuestas gordas de este mundo, no es que se ría de lo que se ríe, ni más faltaba, ni mucho menos que bordee la crueldad de la que suelen valerse los grandes comediantes de todos los tiempos (Spike Milligan mandó a escribir sobre su propia lápida la sentencia "les dije que estaba enfermo"), sino que simplemente no es chistosa. No da risa. No funciona. Porque ni el sarcasmo ni la ironía ni el insulto ingenioso pueden ser forzados: requieren los tres, como todas las figuras retóricas, de cierta competencia.

Si las frases no se tuercen lo suficiente, si no se llevan al extremo en el ejercicio de la caricatura, si no se tiene el don de dar a entender lo contrario a lo que están diciendo, el sarcasmo, la ironía y el insulto ingenioso se quedarán estancados en el pozo de la injuria. Valdría lo mismo dar un puño.

Y como un puño, porque, en honor a la verdad, en simple puño se quedó, fue recibida la columna de Azcárate: como otra burla desalmada, desgraciada, malograda del matón del colegio, como un manifiesto que, en tiempos de anorexias, de luchas feministas que aún no han sido ganadas del todo, y de dejar atrás las torpes convenciones de siempre, convierte en una raza a denigrar a todas las mujeres que no tienen su misma belleza: una soberana idiotez.

Jonathan Swift propuso, en 'Una humilde propuesta', que los ricos se comieran a los pobres para resolver la desigualdad que estaba acabando con Irlanda. Randy Newman cantó, en la maravillosa 'Short People', "los enanos no tienen razones para vivir", "los enanos son como tú o como yo". Les Luthiers declaró en alguno de sus espectáculos que era prudente tratar a los niños como si fueran seres humanos. Borat preguntó a un panel de feministas si, ya que las mujeres podían votar, no era un buen momento para que se les concediera a los perros el mismo derecho. Larry David descubrió que no hay nadie tan admirado en Estados Unidos como un negro con gafas de profesor. Ben Stiller puso a 'Zoolander' a decir "quizás haya más en la vida aparte de ser ridículamente atractivo". Un amigo me contaba el otro día que se había atrevido a sugerirle a una vidente XL que no anduviera por ahí diciendo "yo soy médium". Y da risa. Y sin asomos de culpa, porque está tan bien dicho, da risa.

 El gran problema de la columna de Azcárate es que, a diferencia de los ejemplos que acabo de recordar, cuando se leen sus "siete ventajas de la gordura" no se encuentra por ningún lado -ni al margen ni en el fondo ni en la superficie- una crítica despiadada a una sociedad que no consigue sacudirse a los bonitos que levantan una ceja, no se lee entre líneas una pequeña revolución contra los poderosos, una parodia al clasismo o al racismo o a la misoginia o a la homofobia que no se ha derrotado del todo, una sana reivindicación de la incorrección política en estos tiempos en los que poco se puede decir sin estar ofendiendo al de al lado, o una sátira de aquellos artículos, tipo Selecciones del 'Reader's Digest', en los que trata de vérsele a la fuerza el lado bueno a una enfermedad. El gran problema de la columna de Azcárate es que no tiene trasfondo, que es literal, que no se asoma, en ninguna de sus líneas, el tono de una broma.

 Todo el tiempo, línea fallida tras línea fallida, vienen a la cabeza del lector frases como "esta mujer en verdad piensa esto", "esto, tal como lo dijo en la W, en verdad es la opinión de esta mujer". Y aquel pretendido humor negro no produce carcajadas sino carraspeos.  

En las columnas caricaturescas de Daniel Samper Ospina -con el que Azcárate se comparaba el viernes también en la W- es más que evidente que el constante elogio del uribismo no es tal, que la supuesta celebración de los políticos es solo una manera de encararlos y que el elogio del elitismo es en verdad una denuncia. Allí todo está llevado al extremo del extremo para que el lector ponga las cosas en su lugar. Y los poderosos -los matones del colegio- son el objetivo.

En la columna de Azcárate, en cambio, el blanco son los débiles. Hay opinión y hay risa, pero no hay ironía: y su risa -compartida, supongo, por miles de miles- parece ser la risa primaria de la niña bonita que se ríe de la fea, la risa rudimentaria de la mujer que en verdad cree que las gordas solo son bonitas cuando son bebés, la risa superflua de la muchacha de estrato seis que sigue riéndose ya de vieja, con sus amigas de toda la vida, de la gente que dice "muchacha".

¿De verdad es eso? ¿De verdad se está riendo Azcárate de las gordas por ser gordas, y ya, de verdad está poniendo en ridículo a los desprotegidos? ¿No había nada detrás de su columna a parte de la tontería? ¿No es cierto que es posible convertir esa tontería en buen humor pesado, en buen humor negro, por obra y gracia de las palabras? ¿No es cierto que en las manos adecuadas -Les Luthiers, Ricky Gervais, Larry David, Randy Newman, Borat- incluso el humor contra los débiles puede convertirse en un arma contra la mordaza de la corrección política? ¿De verdad Azcárate confunde matoneo con ironía o simplemente no tiene la capacidad del sarcasmo?

Yo nunca había leído a Alejandra Azcárate, yo sólo me había dado cuenta de que ejercía en la radio o en la televisión, sin la competencia necesaria para hacerlo, la muy exigente incorrección política.

No soy su seguidor. Definitivamente, no soy su público. Pero creo firmemente que, como todos los humoristas de este planeta, como Suso el Paspi o Poncho Rentería, está en todo su derecho de encontrar un público que la celebre, allá ella, allá ellos: ahora mismo -que veo que su columna, para probar el punto, ha sido compartida por 12.000 personas en Facebook y por 7.000 personas en Twitter- caigo en cuenta de que hay mucha gente que la considera graciosa, y ácida, y cínica, y genial, y pienso que quizás el dicho popular más sabio, después de "el ladrón juzga por su condición", sea "entre gustos no hay disgustos".

Y entonces me veo obligado a aclarar lo obvio: que esto no es más que mi opinión. Y que desde mi punto de vista, desde mis gafas, Azcárate no hizo una columna de opinión sino una pendejada, que no hizo un texto indignante sino un texto pobre, que fue mucho más patética que infame, mucho más sorda -el humor requiere oído- que ciega: si ustedes se asoman a su cuenta de Twitter, en donde en medio de las críticas, para colmo de males, celebra las tardes de sol y de vino y de caracoles al ajillo y de chucha de París (y con eso, damas y caballeros, cierro mi caso), verán que es seguida por 680 mil personas pero que a ella no le interesa seguir a nadie, no le interesa en su sordera, en fin, oír a nadie.

Pero sobretodo creo, después de leer las peores reacciones que he leído en mucho tiempo (enrostrarle a Azcárate el fantasma suicida de su amiga Lina Marulanda, por ejemplo, me parece un golpe bajo de riña de vecinos que ha venido escalando), que la mejor respuesta habría sido la indiferencia que merecen los malos escritores, que la crispación es comprensible, porque, repito, lo de la incompetente columnista de la revista Aló no fue un chiste sino un puño, pero que esta semana, en estos inciertos días cargados de indignación, más bien tendríamos que habernos preguntado si no notarán los santistas y los uribistas que nos negamos a tomar partido en esa guerra de tercera, si a estas alturas no debería haberse hecho algo con respecto a la vicepresidencia, si los dos periodistas que fundaron un partido -Puro Centro- deberían tener la delicadeza de renunciar a sus provocadoras columnas de opinión.

Sé que es difícil verlo cuando es uno quien sufre el rechazo. Pero el mundo está lleno de señales de que el imperio de las bellezas siliconadas ha pasado de ser un imperio decadente a ser uno de los miles de imperios que hay, uno más, uno menos.

El mundo está lleno de gente que no sabe que el mundo cambió, que poco a poco hemos ido despojándonos de los modelos, de las modelos, y que la belleza ya no sólo queda en los cuerpos sino más que todo en los ojos que la miran. Y allá ellos. Y allá ella.

Así que en verdad lamento haber perdido el tiempo leyendo aquella columna, lamento que me haya enterado de ella cuando tenía tantas vueltas por hacer y lamento que el escándalo haya llegado a convertirse en un fenómeno sobre el que vale la pena escribir mucho más que un tuit.

RICARDO SILVA ROMERO

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