El duro trabajo de las 'chicas Bond' de la Dijín

El duro trabajo de las 'chicas Bond' de la Dijín

Hay varias decenas de policías especializadas en infiltración. Testimonio.

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01 de julio 2012 , 11:26 p.m.

"Ese día que esperamos todos los que hacemos este trabajo me llegó a mí en un momento inesperado. Tenía frente a frente a uno de los jefes más buscados de las Farc y no podía hacer nada. Solo mirarlo y tragarme las ganas de dar las coordenadas para que lo bombardearan... Son las cosas de este anónimo oficio".

Así resume Martha la impotencia que sintió cuando 'Jhon 40', jefe del frente 43 de las Farc, estuvo enfrente de ella. Él, uno de los peces gordos de la guerrilla, y ella, una experimentada investigadora de la Dijín. Como Martha, decenas de mujeres oficiales y suboficiales se la juegan todos los días, en la calles de las grandes ciudades o en los caminos veredales de los municipios controlados por las Farc, para darles soporte a las operaciones de las que solo se conoce la parte heroica de los aviones bombarderos o los militares deslizándose por cuerdas desde los helicópteros.

Ellas y sus compañeros de misión arriesgan la vida permanentemente haciéndose pasar por subversivos, compradores de armas, mercenarios o secuestradores. Todo, para desarticular las mafias y redes de los grupos armados.

"¿Usted sabe cuántos conocen nuestro trabajo? ¡Nuestros jefes y ya!", replica Martha. Por supuesto, la pregunta que sigue es si llevan una doble vida. La respuesta es sí.

Esta mujer de 35 años ha trabajado 13 en inteligencia al frente de las investigaciones que han dado pie a los golpes más duros contra el bloque Oriental de las Farc. Esa es su especialidad.

Su último triunfo fue hace cuatro meses, cuando la Dijín logró desarticular la red médica de la organización. Hubo más de 25 capturados que atendían a los subversivos heridos en combate y que surtían de medicinas a los frentes de Meta y Guaviare. "Fue un trabajo de paciencia, como todos los que hacemos, pero nos dejó una gran satisfacción. Sin embargo, no todos son iguales", agrega.

La infiltración

El grupo antiterrorista de la Dijín se trazó una meta en febrero del 2006, pero días antes de ello, sufrió el más duro revés de su historia. El capitán Juan Carlos Guerrero, que había logrado infiltrar al frente 40 de las Farc haciéndose pasar por vendedor de helados en La Julia (Meta), fue descubierto, capturado, torturado y asesinado por los guerrilleros.

"Tras el asesinato, el trabajo quedó parado por un par de meses. Fue muy difícil y a todos nos llenó de miedo, pero luego vino la decisión de retomar lo que él estaba haciendo y volver a hacer las infiltraciones", agrega Martha.

Pasaron cerca de dos años para poder ver el resultado del trabajo, calculado hasta el más mínimo detalle y en el cual, para sorpresa de sus comandantes, destacaban las mujeres por haber sido las que levantaron la mano para hacer las misiones más duras.

Era necesario enlazar esos éxitos obtenidos con el camino recorrido por el capitán Guerrero. Fue así como Martha recibió la tarea de penetrar el frente 43. "Teníamos información clave sobre la compañera de uno de los guerrilleros encargados de abastecer de medicinas y logística, no solo al frente, sino al bloque en general. Ese trabajo se había expandido en la ciudad gracias a las células que estaban tomando nuevamente fuerza en Bogotá", relata la oficial.

Así, un rastreo previo permitió establecer en qué sitios estaban concentradas esas células y cómo operaban. "Después de analizar cuál sería el punto de la infiltración, decidimos que yo entraría a estudiar enfermería en el mismo lugar donde lo hacía una de las guerrilleras".

El trabajo de Martha se concentró los primeros meses solo en hacerse amiga de la mujer. Compartían un café después de clases, hablaban de cosas del día y de lo importante del trabajo social.

"Tomó mucho tiempo que ella confiara en mí, y, así, con la paciencia que había tenido para acercármele, llegó el día que el grupo entero había estado esperando: me invitó un fin de semana a un viaje al Meta para atender a unos muchachos que estaban enfermos. Le dije sí, y listo", cuenta Martha.

Fue solo el principio. En ese viaje, solo conoció a otros guerrilleros, pero luego vinieron más visitas a la zona, hasta que en una mañana de abril, que nunca se borrará de la mente de esta investigadora, llegó al segundo anillo de seguridad de uno de los jefes más buscados de las Farc.

"Estábamos en una zona campamentaria, había guerrilleros y algunos mandos medios que ya habíamos analizado, pero de un momento a otro llegó 'Jhon 40'. Es inexplicable lo que se siente porque en los análisis de inteligencia siempre los vemos lejanos, pese a que conocemos cada detalle de su vida, y yo lo tenía frente a frente... Me sentí impotente, sin poder hacer absolutamente nada. Solo analizar su entorno y ya".

Misión imposible

En este punto del relato es cuando Martha no puede ocultar el disgusto que siente al oír las críticas de la gente: pero ¿por qué no los cogen?

"Esa respuesta es fácil. Porque uno entra sin ningún dispositivo electrónico al área para dar coordenadas en tiempo real. Porque se comunican a siete kilómetros de distancia de donde están los jefes. Porque el trabajo no se puede limitar a bombardear solo cabecillas, pues muchas veces son más importantes sus redes de apoyo. Y porque es muy fácil hablar desde la sala de la casa, sin sentir un nudo de miedo en el estómago, cuando se sale a una misión y no se sabe si se va a regresar a casa", añade.

Después de ese encuentro que no pasó de dos horas, Martha regresó a Bogotá, hubo un análisis detallado de las posibilidades de llegar en tiempo real a atacar al jefe del frente 43 y se decidió que lo mejor era dar el golpe contra la estructura logística. El trabajo de esta investigadora permitió que fueran capturadas y judicializadas más de 25 personas.

"Hubiéramos podido trabajar más para llegar al cabecilla, pero ellos tienen todo el tiempo del mundo y, mientras, pueden durar hasta siete meses en volver a ingresar a la zona campamentaria, así que nos podíamos quedar sin el pan y sin el queso", dice.

Ese es solo el recuento de uno de sus tantos trabajos de infiltración. Cada uno es especial y nunca se deja de sentir temor. "Para nosotras es una ventaja tener miedo. Tal vez por eso nos arriesgamos como lo hacemos".

Paradójicamente, en esos días en que Martha está en su otra vida, la llena de calma escuchar música protesta. "Yo no sé lo que es el destino. Caminando fui lo que fui. Allá Dios, que será divino. Yo me muero como viví... Silvio Rodríguez es un poeta de la verdad y los guerrilleros lo cantan, pero no lo entienden", concluye.

Misión ingrata
Agentes de inteligencia han muerto

Solo los compañeros de los que caen en medio de la misión de inteligencia saben lo que es despedir a un colega. Los hombres y mujeres que mueren cumpliendo su misión no tienen espacio en la prensa ni funerales con honores públicos ni personalidades. Hasta su sepelio hace parte del trabajo anónimo. Son investigadores que prepara la Dijín para llevar una 'doble' vida, pero también para que su familia entienda que las misiones que desarrollan son vitales. Por eso, son un grupo apartado de los demás integrantes de sus unidades; algunos tienen una doble vivienda que sirve como fachada y siempre tienen un segundo nombre.

JINETH BEDOYA LIMA
Subeditora de Justicia

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