La feria de las vanidades

La feria de las vanidades

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30 de junio 2012 , 08:23 p. m.

Si aceptamos que humildad es la ausencia de vanidad y soberbia, resulta evidente que en la cultura política de nuestros tiempos esta no hace parte de la cotidianidad. Al contrario, asistimos al espectáculo de la prepotencia y a un comportamiento que destruye la posibilidad de crear condiciones para quebrar una historia de violencia, que a su paso nos ha dejado un verdadero ejército de víctimas, que reclama su momento histórico.

Qué frustración registrar que, justamente, cuando el gobierno del presidente Juan Manuel Santos promueve una agenda de transformación auténtica, instalando en el centro de su mandato la reparación de las víctimas, la restitución de tierras, la lucha contra la miseria y la reforma de la justicia, el país asiste precisamente a un festín de vanidades y soberbia, que nos mantiene anclados a una visión que pretende perpetuar la voz de los victimarios y no reconoce el grito desesperado de los desterrados y la necesidad apremiante de justicia para todos.

Nuestra lógica para aproximarnos a la realidad parece, en todo caso, estar atada a los estragos que ha causado la subcultura mafiosa del narcotráfico. Una lógica donde reina la desconfianza y donde se recrea la muerte so pretexto de defender la vida. Una lógica donde, particularmente, predomina un liderazgo que, lejos de crear confianza en el futuro, rescatando con serenidad la verdad, le fascina buscar en el pasado ataduras que nos convierten en rehenes de una historia que escriben los criminales.

La verdad y la lógica, inspiradas en la ética, son las grandes sacrificadas, y, en términos prácticos, la justicia termina siendo la gran damnificada. Una justicia a la que los ciudadanos reemplazamos por los veredictos de los medios de comunicación y por las sentencias de un sector del periodismo que, en un afán genuino y al mismo tiempo frenético, buscan contener los niveles de impunidad reinantes.

Leer, por lo tanto, al país invisible y responder al país de los ciudadanos indignados implica unos mínimos de sensibilidad política y social. Las agendas de liderazgo fundadas en odios y prejuicios están marcando unas brechas de desconfianza, que abren la puerta al abismo del escepticismo radical y a la destrucción de la fe necesaria en un Estado de derecho.

La verdad es que la falta de un liderazgo basado en la humildad nos ha conducido a la creación de unos paradigmas que empiezan a producir heridas a la propia Constitución Política. Pensar, por ejemplo, que los funcionarios están por encima de las instituciones o promover la idea de que la representación política es patente de corso para evadir la justicia o invocar fórmulas populistas para asegurar el ejercicio del poder sin límites en el tiempo son expresiones que enmascaran un ataque frontal a los valores constitucionales y están contribuyendo al quiebre de una mínima gobernabilidad democrática.

Soy un convencido de que la grandeza de un dirigente está en asegurar el surgimiento de nuevos liderazgos. Dar el paso al costado en el momento justo no significa claudicar ni guardar silencio indiferente. Por el contrario, significa asumir una conducta de total respeto por las instituciones y muy especialmente por los ciudadanos.

Finalmente, para un líder lo más importante sería que su legado lo rescate la historia. Asumir la defensa de sus propias realizaciones desde el presente es, justamente, ir en contravía del tiempo, que es el que le otorga a su obra el valor trascendente.

En consecuencia, reclamamos un liderazgo fundado en valores ciudadanos y sin egoísmo, desde luego sereno y simultáneamente determinado y firme para asumir responsabilidades, capaz de reconocer los errores y asegurar el rumbo. Sin humildad será imposible, entre otras cosas, superar la deuda histórica de la reconciliación entre todos los colombianos.

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