Picós de Barranquilla dan la pelea por seguir sonando

Picós de Barranquilla dan la pelea por seguir sonando

El Distrito ordenó la restricción en 32 barrios del sur para disminuir la delincuencia.

30 de junio 2012 , 04:11 p.m.

Las restricciones que la Administración Distrital mantiene a los picós en 32 barrios del sur Barranquilla comenzó a generar reacciones de diversos sectores que coinciden en calificar la medida como un plan desesperado de la Alcaldesa Elsa Noguera para mejorar su imagen ante los barranquilleros, disminuida, según los últimos sondeos de opinión, por los problemas de inseguridad que presenta la ciudad.

El Distrito, a través del secretario de Gobierno, Modesto Aguilera, ha sido radical en prohibir desde hace un mes las verbenas, bailes populares amenizados por picós, bajo el argumento que estos espacios son propicios para las riñas, el robo y la venta de alcohol y drogas, todo esto amparado en estadísticas que asegura tiene la Policía y ha sido reiterativo en que la Administración no dará un paso atrás.

De los 32 barrios cobijados con la medida 11, según estadísticas de la Policía Metropolitana, integran el grupo de los 20 sectores con la tasa más alta de delitos como hurtos, homicidios y riñas en la ciudad.

Cultura y negocio
Sin embargo, hay otra mirada sobre estos argumentos, y es la que dan los afectados como César Mercado, propietario del Skorpion, uno de los picós más populares de Barranquilla, que lleva 13 años amenizando verbenas y viaja por todo el Caribe y Venezuela, quien asegura que más allá de la diversión el picó hace parte de la esencia misma del barranquillero y mueve una economía informal, que es el sustento de muchas familias.

"Llevamos 6 fines de semana que no trabajamos en Barranquilla por las restricciones, y la inseguridad continua", señala Mercado al calcular que ha dejado de recibir unos 15 millones de pesos por las restricciones, pues mensualmente tiene en promedio 10 contratos, cada unos de 2,5 millones de pesos. El Skorpion genera 17 empleos directos, unos 70 indirectos representados en los que arman la verbena, los vendedores, taxistas, promotores, entre otros.

Lo anterior es ratificado por el sociólogo e investigador de la Universidad del Norte, Jair Vega, que explica que los picós hacen parte no solo del capital simbólico cultural de la ciudad, sino que a través de ellos giran elementos económicos por lo que se convierten en el medio de subsistencia de muchos barranquilleros.
Rafael Rosanía, fotógrafo que anda detrás de los picós, tomando fotos a los jóvenes que van a las verbenas confiesa que por culpa de la medida las deudas lo están acorralando, ya que su trabajo disminuyó. "Me ha tocado ir donde el cachaco a fiar la comida, no tenemos donde trabajar", dijo en tono desolado.

Otro reconocido sociólogo e investigador barranquillero, Guillermo Mejía, que trabaja de la Universidad Autónoma del Caribe, califica a los picós como el elemento que permite la socialización de los pobres, y un bálsamo que les permite ahogar sus penas.

"Encuentran en las verbenas una identidad de sus contextos", manifiesta al declararse en contra de la prohibición.

Luis Hernández, propietario del Boby en Concierto, otro de los picós de moda, quien tiene 20 empleados, califica la medida como de persecución, argumentando que mientras los bailes del sur están prohibidos en el norte se siguen celebrando eventos como la Verbetronic, que son fiestas con picós similares a las verbenas populares.

"Hemos colaborado con el progreso de Barranquilla. Mire la plata que se recolectó para la pavimentación de muchas calles a través del programa 'Barrios a la Obra' se hizo gracias a los bazares amenizados por los picós, allí los permisos eran gratis y para eso si éramos buenos", dice Hernández, quien no oculta su preocupación por la forma como lo está afectando la medida.

Hay quienes no confían en que la medida logrará disminuir los índices delincuenciales en el sur de la ciudad, como Gilberto Marenco Better, un conocido investigador de la cultura popular.

"Esperemos a ver los resultados de la medida en esos 32 barrios, si se disminuyen los crímenes, si la delincuencia desaparece y si la gente puede andar sin problemas por las calles de estos 32 barrios, entonces la Alcaldesa estaba en lo cierto".

No es buena compañía las prohibiciones sociales, políticas, culturales, familiares y religiosas. Todo lo prohibido se vuelve símbolo de hacerlo, de violarlo, de transgredirlo.

No hablamos de delitos, sino de comportamientos sociales propios de los seres humanos. De tal manera que prohibir los bailes con picó por ser generadores de violencia y de otros aspectos por fuera de las leyes, no es más que una medida que no busca solucionar un problema sino evadir las responsabilidades que tienen las autoridades civiles de garantizarles a los gobernados espacios de disfrute del cuerpo y del espíritu.

Barranquilla es la ciudad más positiva del país, ese positivismo está atravesado por el goce colectivo de los cuerpos en el ritual del baile que en los sectores populares solo tiene la opción del picó.

Es que en el baile popular con el picó, el barranquillero de los barrios marginados hace tránsito de la vida cotidiana dura como obrero, zapatero remendón, chancero, ayudante de albañilería, y si quiere como afirma el sociólogo y antropólogo brasilero Roberto Da Matta, como malandro, a la vida festiva.

No podemos olvidar el papel que juega la colectividad en estas celebraciones públicas festivas. Sigmund Freud enfatiza que la multitud y los caracteres específicos que ésta posee al integrarse un individuo a una multitud, pierde su individualidad como tal y pasan a desaparecer sus inhibiciones mientras el alma de la multitud -que para Freud es inconsciente- se apodera de él. Él considera que en las masas las ideas más opuestas pueden coexistir sin estorbarse.

El tiempo del baile (la fiesta) y su espacio alteran la razón y la individualidad, que asaltan con música y licor y cambian por colectividad e irracionalidad que dura mientras dura el éxtasis del baile o de una fiesta cualquiera. Terminado el baile todo vuelve a ser como antes y cada uno vuelve a sí mismo. Es una especie de "amnistía social".

Alcaldía no cederá

Donde se han prohibido los picós, asegura el Distrito, se ha reducido las riñas. Por eso, dicen, cuentan con el respaldo de la misma comunidad.

Picoteros marcharán

La Asociación de Organizadores de Bailes con Picó (Asobaile) que reune a 60 picós, de los 200 que se estima hay en la ciudad, ya entregó el poder a un abogado para que inicie las demandas ante el Distrito, bajo los argumentos de violación al derecho al trabajo y la igualdad.

Ya organizaron una marcha por las calles, otra no les fue permitida y alistan una próxima para el 16 de julio a la que anuncian se sumarán mototaxistas, vendedores ambulantes, transportadores y verbeneros.
"No podemos permitir que se nos margine así", dijo Antonio Peralta, vocero de Asobaile.

LEONARDO HERRERA DELGHAMS

CORRESPONSAL DE EL TIEMPO

BARRANQUILLA

Un elemento vital en la cultura musical

No es buena compañía las prohibiciones sociales, políticas, culturales, familiares y religiosas. Todo lo prohibido se vuelve símbolo de hacerlo, de violarlo, de transgredirlo.

No hablamos de delitos, sino de comportamientos sociales propios de los seres humanos. De tal manera que prohibir los bailes con picó por ser generadores de violencia y de otros aspectos por fuera de las leyes, no es más que una medida que no busca solucionar un problema sino evadir las responsabilidades que tienen las autoridades civiles de garantizarles a los gobernados espacios de disfrute del cuerpo y del espíritu.

Barranquilla es la ciudad más positiva del país, ese positivismo está atravesado por el goce colectivo de los cuerpos en el ritual del baile que en los sectores populares solo tiene la opción del picó.

Es que en el baile popular con el picó, el barranquillero de los barrios marginados hace tránsito de la vida cotidiana dura como obrero, zapatero remendón, chancero, ayudante de albañilería, y si quiere como afirma el sociólogo y antropólogo brasilero Roberto Da Matta, como malandro, a la vida festiva.

No podemos olvidar el papel que juega la colectividad en estas celebraciones públicas festivas. Sigmund Freud enfatiza que la multitud y los caracteres específicos que ésta posee al integrarse un individuo a una multitud, pierde su individualidad como tal y pasan a desaparecer sus inhibiciones mientras el alma de la multitud -que para Freud es inconsciente- se apodera de él. Él considera que en las masas las ideas más opuestas pueden coexistir sin estorbarse.

El tiempo del baile (la fiesta) y su espacio alteran la razón y la individualidad, que asaltan con música y licor y cambian por colectividad e irracionalidad que dura mientras dura el éxtasis del baile o de una fiesta cualquiera. Terminado el baile todo vuelve a ser como antes y cada uno vuelve a sí mismo. Es una especie de "amnistía social".

Análisis de Édgar Rey Sinning
Sociólogo e investigador universitario
Especial para EL TIEMPO

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