Viticultura de latitud extrema / Hablemos de vinos

Viticultura de latitud extrema / Hablemos de vinos

30 de junio 2012 , 03:59 p.m.

Hace unos días, me junto con un enólogo chileno, Rafael Urrejola, de Undurraga. La reunión es para probar un pinot noir del que apenas ha hecho 15 botellas. Se trata de un tinto de Chile Chico, a 1.777 kilómetros al sur de Santiago y sobre el paralelo 46.

Para los que no están familiarizados con el territorio chileno o con las fronteras de la viticultura en el mundo, les tengo que decir que esto de Chile Chico está mucho más al sur que nada de lo que alguna vez se haya plantado. En un territorio inhóspito, una suerte de tundra helada y ventosa, Undurraga ha comenzado a experimentar plantando parras. Han plantado varias cepas, pero el pinot es la única que les ha funcionado. Y el vino, las apenas 15 botellas, parece el más delicioso jugo de guindas. Tal como suena. Así de refrescante.

Pero la pregunta es por qué ir tan condenadamente lejos y arriesgarse tanto para producir vino si el Valle Central chileno tiene condiciones tan amables y propicias para la producción de uvas viníferas. Plantas una parra y a los dos o tres años te da la fruta para hacer vino. Listo. Asunto resuelto.

Adiós comodidad

El problema es precisamente ese: la mayor parte de las zonas productoras en Argentina o Chile, la mayor parte de los valles vitícolas, se ubican en lugares cómodos en donde moldear el estilo de vinos que vamos a hacer de acuerdo a las exigencias del mercado es muy simple. Si quieres un vino más dulce y maduro, pues bien, cortamos la uva más tarde.

En cambio, en zonas como Chile Chico, no hay más alternativas que hacer el vino que se puede, con lo que se tiene. Y si al mercado le gusta, genial. Y si no le gusta, pues bien, habrá que buscar en alguna parte a alguien dispuesto a comprarlo y beberlo.

En esa pequeña ecuación, "hago lo que el lugar me dice", está gran parte del secreto de los más grandes vinos en el mundo, o, al menos, los que yo prefiero. Tintos y blancos de zonas extremas o cuyos orígenes son tan marcadores que definitivamente no se puede hacer otro vino que el que sale de allí, independientemente de si gusta o no.

Chile y también Argentina están comenzando a buscar estas nuevas zonas, están empezando a redescubrirse a sí mismos, lo que indudablemente implica nuevos sabores mucho más allá de los que hasta ahora hemos probado, sabores que en la mayor parte de los casos tienen más que ver con lo que el mercado pide que con lo que estos países realmente pueden dar.

Y estas son muy buenas noticias porque, en un futuro muy cercano, parte de lo que llegue a nuestras estanterías con el origen de Chile o Argentina no tendrá nada que ver con lo que conocíamos de esos países. Así es que tendremos que empezar a conocerlos de nuevo. A probarlos de nuevo. Y esas segundas oportunidades en el vino siempre tienen que ser bienvenidas.

PATRICIO TAPIA
Para EL TIEMPO

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