Viuda de exdiputado del Valle pide verdad 5 años después del asesinato

Viuda de exdiputado del Valle pide verdad 5 años después del asesinato

Hace un lustro, las Farc asesinaron a 11 diputados del Valle. Habla viuda de Juan Carlos Narváez.

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19 de junio 2012 , 08:26 p.m.

De todos los diputados que las Farc asesinaron en cautiverio solo había tenido contacto con Juan Carlos Narváez, quien de tiempo atrás se había forjado en la izquierda democrática, mientras otros, como yo, habíamos ingresado al M-19. Ambos, más recientemente, compartíamos labores de gestión de paz, al tiempo que éramos objeto de críticas de la izquierda radical. En la lucha por la libertad de los secuestrados, conocí a su esposa, Fabiola Perdomo, otro de los símbolos de las múltiples historias de entereza, valentía y dignidad que se han construido alrededor de esta gran tragedia colectiva.

¿Quién fue el Juan Carlos Narváez del que usted se enamoró?

Un hombre que fue mucho más que inteligente, característica que, combinada con su sensibilidad, solidaridad, ética y calidez, lo convirtió en alguien insuperable.

Cuando las Farc dieron cuenta de la muerte de 11 de los 12 diputados, ¿albergó la esperanza de que el sobreviviente fuese Juan Carlos?

Por supuesto que sí. Me avergüenza reconocer lo que voy a decir y pido perdón a Dios por mi egoísmo, pero oraba para que él no estuviera entre los muertos. El día en que el médico forense Carlos Eduardo Valdés, hoy director de Medicina Legal, me dijo: "Ya está identificado tu esposo", me temblaron las piernas, se me hizo un nudo en la garganta y volví a experimentar la puñalada en mi corazón que experimenté el 28 de junio, cuando supe la noticia.
Tengo que confesar que pasaron muchos meses después del sepelio de mi Juan para empezar a asumir la realidad de su muerte. Por mucho tiempo, anhelaba verlo llegar, soñaba con él vivo. Su muerte ha sido mi mayor pérdida, de la cual hoy todavía me lamento, preguntándome: ¿qué nos faltó por hacer? ¿Fuimos inferiores al compromiso de traerlos con vida?

En el aspecto humano, ¿qué sintió cuando vio ver regresar a Sigifredo López a la libertad, y abrazar a sus hijos y a su esposa?

Unos sentimientos absurdos, con los cuales me desconozco. El día en que vi a Sigifredo bajar del helicóptero no pude evitar fantasear con el sueño tantas veces elaborado de la llegada de Juan Carlos: el abrazo infinito, los 'te amo' guardados, el encuentro con Daniela y Junior, la alegría de nuestras familias, las conversaciones pendientes, los consejos añorados. Fue un golpe muy duro por lo que pudo ser y no fue, pero al tiempo fue considerar que también Patricia, Lucas, Sergio y Nelly merecían esa felicidad. Abracé a Sigifredo con todo mi cariño y admiración por haber soportado su tragedia y la nuestra, que también fue suya.

Recuerdo su expresión de dolor, el día del entierro de Juan Carlos, y yo la veo hoy, cinco años después, y me parece que ese dolor sigue intacto...

El dolor se ha convertido en una cicatriz de piel queloide, esa que aunque se quiera ignorar es imposible no sentirla. Me duele lo injusto de su secuestro y de su muerte. Me indigna cómo se desaprovechó un hombre tan comprometido con la paz, la equidad, la creatividad, el amor... Conocí el amor verdadero al lado de Juan y puedo decir que fue suficiente. No me pesa mi soledad, convivo y sobrevivo con ella gracias a los recuerdos que me quedaron del tiempo en que toqué la felicidad.

Algunos se las arreglan para justificar el secuestro. Algunos, en el caso de su esposo, lo justificaron por ser un 'traidor' de la izquierda...

La palabra traidor no combina con Juan Carlos, nada más alejado de él. Juan Carlos siempre fue todo lo contrario: leal, sincero, de convicciones, noble... Mi esposo fue un líder estudiantil en Univalle, en la década donde se honraba la lucha estudiantil desde la dialéctica y el buen uso de la palabra. Cuando esa filosofía cambió, Juan Carlos tuvo que migrar a la política democrática. Era un hombre que le apostaba a la paz y no a la guerra, a la vida y no a la muerte, a la libertad y no al secuestro.

¿Le reprocha al gobierno de la época no haber hecho más por la libertad de los secuestrados?

Claro que sí. Hoy el presidente Santos ha demostrado que por caminos humanitarios y abandonando la arrogancia se pueden salvar vidas. Las entregas unilaterales en tiempos del expresidente Uribe jamás se habrían realizado, pues cada movimiento suyo se hacía solo para polarizar y aumentar su popularidad entre quienes solo conocen el camino de la fuerza y la intransigencia sin pensar en los que sufren.

No es fácil dar una versión de estos hechos a los hijos... ¿Cuál fue la historia con la que creció Daniela, la hija de usted con Juan Carlos?

Ella tenía 2 años y medio. Acababa de dejar el pañal, aún tomaba tetero y se dormía mientras su padre la mecía entre sus brazos. Perder todo eso de la noche a la mañana fue tan duro que en principio le dije que su papá estaba de viaje, pensando que el secuestro no duraría mucho. Con el paso de los días, le dije que unos señores no lo dejaban venir a casa, porque eran unas personas equivocadas y que tenía que pedirle a Dios para que lo dejaran volver. Ella volvió al pañal. Esa fue la primera muestra de lo que sintió. Creció oyendo hablar de acuerdo humanitario, secuestro, rescate, y con familiares que nunca antes había visto (11 familias que nos envió Dios). Los primeros años fueron menos difíciles de manejar con ella, porque por su edad era más fácil distraerla; en cambio, hoy es muy difícil. El 11 de abril, cuando se cumplieron 10 años del secuestro (ella tiene 12 años y medio), entró en una depresión terrible y hasta le escuché palabras muy duras hacia los secuestradores y asesinos, cosa que aún me retumba y me duele porque no deseo que se convierta en una adulta rencorosa.

En algún momento, cuando aspiró a la Gobernación del Valle, la tildaron de 'oportunista'...

Algo que nunca había comentado es que en el peor momento de esta tragedia necesitaba ocuparme en algo que me apasionara y me permitiera conservar la cordura, cuando la guerrilla se negaba a entregar los restos de nuestros seres queridos. Mi vocación y mi pasión es la política, que no llegó a mi vida con el secuestro de Juan, sino que gracias a ella nuestros caminos se encontraron. Quería mostrarle a un país ensangrentado que había esperanza, que el mundo sigue girando y el liderazgo se debe ejercer aun en momentos de crisis... Cosa diferente al oportunismo.

De cara a un horizonte de reconciliación, ¿cómo debiera asumirse el caso de la muerte de los diputados?

Lo primero que se necesita es la verdad de lo ocurrido. Que los asesinos asuman la responsabilidad y respeten el derecho que tenemos los políticos de creer en las vías democráticas para acceder al poder, ya que los 11 asesinados eran políticos, y es el momento de dignificar su condición.

Con las Farc y el Eln, ¿más guerra o negociación de paz?

A Juan Carlos le aprendí que nunca la guerra será la mejor opción.
A pesar de ver la paz en su laberinto (escrito que dejó inconcluso), entendía que toda entrada hacía intuir una salida, solo faltaba creatividad y verdadera intención de reconciliación y de heredar un país mejor.

¿Alberga algún sentimiento de rabia, frustración u odio contra algo o alguien?

Mucha frustración de no haber sido lo suficientemente convincente para lograr el acuerdo humanitario, con el cual hoy esta entrevista seguramente la daría tomada de la mano de mi Juan. Más que rabia, tristeza, porque quienes podrían haberle hecho eco al grito de libertad de mi esposo y sus compañeros fueron indiferentes a ese llamado. Odio, jamás, ese sentimiento no es para quienes creemos en Dios.

¿Qué hay en su corazón hoy?

Amor por mi esposo, mi hija y mi familia; decepción por quienes no cumplieron con su deber de hacer lo que fuera necesario por devolver con vida a mi marido y a sus compañeros; fe en Sigifredo López y agradecimiento por quienes nunca nos abandonaron: los amigos, los medios de comunicación, la comunidad internacional, la Iglesia católica y algunos políticos que cambiaron popularidad por humanidad, al apoyar el acuerdo humanitario en contra de lo que pregonaba el gobierno de turno.

Diego Arias
Especial para EL TIEMPO

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