El filósofo que nos hacía reír

El filósofo que nos hacía reír

18 de junio 2012 , 03:07 p.m.

No fueron menos de diez las veces que le pedí a Camilo Durán que volviera a contar esa historia en apariencia verídica que le sucedió en Buenos Aires cuando quiso comprar boletas para ver una carrera de Fórmula Uno.

No viene al caso repetirla, entre otras razones porque la gracia mayor de aquella historia era la suma de gestos de Camilo al contarla. La acentuación, el suspenso y el tono de su voz de trueno. Ese trueno que no terminaba de caer cuando empezaba a provocar carcajadas entre sus contertulios. Como tormentas de verano.

Conocía el final de aquella historia que otros habrían preferido ocultar porque no quedaban bien parados: el empleado de la taquilla se burlaba con saña de la ingenuidad de un colombiano que pretendía conseguir unas boletas que estaban agotadas seis meses atrás. Conocía el final y me gustaba volver a recorrer ese camino de palabras que Camilo se iba clavando como puñales para reírse de sí mismo. Y supe muy pronto en nuestra amistad -¡qué afortunado fui!- que aquel hombre era capaz de reírse de sí mismo porque no necesitaba maquillar su imagen. Ni venderla. Ni tratar de parecer.

Camilo Durán Casas era un tipo genial -de esos, de verdad, hay muy pocos- y no necesitaba pararse frente a los reflectores porque alumbraba con luz propia. Y terminaba como centro de atención sin buscarlo. Todo lo contrario: porque lo buscábamos. Como una medicina, como una fuente de inspiración.

Uno sabía que cuando Camilo iba la cosa estaba buena. Y buscaba su mesa. Su rincón. Su risa. Su inteligencia.

Si se lo hubiera dicho, me habría mandado al carajo. Pero estoy convencido de que Camilo Durán era un filósofo. Soltaba siempre unas frases que lo dejaban a uno pensando. Y como las decía con tanta gracia, calaban más. Era un filósofo sin la solemnidad ni la prosopopeya de los filósofos que se presentan como tales. Durán era filósofo sin proponérselo. Lo era sencillamente porque mascaba la realidad y la convertía en algo digerible. Porque tenía una explicación inteligente y al mismo tiempo sencilla para casi todo.

Y aplicaba su propia filosofía, como aquella vez que no ha dejado de despertar la admiración entre quienes lo conocimos, cuando decidió mandar al carajo el éxito en el mundo de los números para buscar la felicidad en el reino de las palabras. Extrañamos a Camilo, y en su honor seguimos riendo a carcajadas cuando recordamos sus apuntes cargados de ingenio.

Fernando Quiroz
fquiroz64@gmail.com

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