El ocaso de El Prado, el gran hotel del Caribe

El ocaso de El Prado, el gran hotel del Caribe

Fue el primero con piscina semiolímpica y baño en cada habitación. Hoy, la edificación atraviesa su peor época. Esta es su historia.

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09 de junio 2012 , 10:16 p.m.

La historia del hotel El Prado, que hoy se torna amarga, empezó 85 años atrás, en los albores del siglo XX, cuando Barranquilla despuntaba como el polo de desarrollo del país.

La navegación fluvial, la aviación, la radiodifusión y los deportes convirtieron en poco tiempo un caserío de polvorientas calles -de ahí que se le conozca como la Arenosa- en un modelo en Latinoamérica. Empezaba la época de la Puerta de Oro de Colombia.

Ante este prometedor panorama surgió la idea de construir un gran hotel porque, según el historiador Alfredo de la Espriella, las personalidades extranjeras no tenían uno de clase. El 15 de febrero de 1930, en una cena a la que asistieron 124 invitados, fue inaugurada la lujosa edificación, que había empezado a construirse tres años atrás.

Era, decían periódicos de la época, el primer hotel con baño privado y teléfono en cada una de las 40 habitaciones. Además, el primero con una piscina semiolímpica. El Prado, una construcción republicana neoclásica del estadounidense Burdette Higgins, se convirtió en un sitio de referencia obligatoria cuya construcción costó entonces 600 mil pesos. La torre central fue escenario del primer discurso radial transmitido en directo en Colombia (del presidente Enrique Olaya Herrera), en 1930. El 12 de marzo de 1982, el hotel fue erigido como Monumento del Patrimonio Arquitectónico y Cultural del país.

Cambió la historia

Hoy, 82 años después, el hotel -que registra una ocupación cada vez menor- está en el limbo. La historia cambió de rumbo en 1998, cuando entró en proceso de extinción de dominio luego de que sus propietarios lo volvieron centro de operaciones de una boyante industria de narcotráfico y lavado de dólares.

El Gobierno lo entregó en administración a la Corporación Gustavo Matamoros, y hoy pasó a manos de la Dirección Nacional de Estupefacientes (DNE), que aún no lo entrega al Ministerio de Industria, Comercio y Turismo, tal como lo anunció hace meses el presidente Santos, para buscar un concesionario que asuma su control.

Desde que El Prado pasó a manos del Gobierno comenzó su decadencia. De 300 empleados hace 15 años, hoy cuenta con menos de 100. Fueron los días en que también empezaron los retrasos en los pagos de nómina, prestaciones sociales, servicios y proveedores.

En diciembre del 2011, la DNE puso al día todos los pasivos que en ese momento se adeudaban a los trabajadores. Sin embargo, en este primer semestre de año las deudas volvieron asfixiar al hotel. Así lo asegura el presidente del sindicato, Alfredo Ballestas, quien dijo que los depositarios anteriores dejaron una deuda en impuestos por 1.000 millones de pesos y eso provocó el embargo de las cuentas.

Hoy, la edificación se mantiene con una ocupación de entre el 20 y el 25 por ciento. Su operación, que cuesta en promedio 700 millones de pesos al mes, apenas recauda unos 400 millones, que, además, entran en las cuentas embargadas.

Como si fuera poco, parece que las grandes empresas e instituciones le han dado la espalda. La Gobernación y la Alcaldía, por ejemplo, se fueron con sus eventos a otros sitios.

La gerente, Delma Navarro, asegura que los recursos son muy escasos y que a El Prado no se le hacen las inversiones suficientes para competir con los hoteles modernos abiertos en Barranquilla.

"No podemos decir que el hotel se está cayendo, pero sí requiere una modernización", sentencia.

Lo cierto es que pese a los problemas financieros, los 100 trabajadores se resisten a permitir un eventual cierre del hotel en donde descansaron, en buena parte, las personalidades que convirtieron a Barranquilla en lo que hoy es.

Ser bien cultural, un revés

El rótulo de Monumento del Patrimonio Arquitectónico y Cultural del país se le ha convertido a El Prado en un obstáculo y, más que ayudarlo, lo ha perjudicado, pues la Nación no puede vender ni modificar la estructura. "Hay muchos interesados en comprarlo, no en alquilarlo, pues no resulta rentable", dijo un funcionario del DNE.

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