¿Apología del crimen?

¿Apología del crimen?

09 de junio 2012 , 08:09 p.m.

Ambos temores son válidos. El de los antioqueños, de que les refrieguen que en la cultura paisa predomina el respeto desmedido sobre el dinero. O el del resto de los colombianos, de que las lecciones de doña Hermilda Gaviria de Escobar calen aún hoy sobre espíritus poco vacunados. ("Mijo, aprenda que si va a hacer algo malo, lo tiene que hacer bien hecho, para que no se deje agarrar. Este mundo es para los avispados").

A pesar de todas esas prevenciones, la serie de Caracol ha sido un merecido hit. Hacía mucho tiempo que la gente no corría de regreso a su casa para no perderse una novela. Pero hay que tomar ciertas precauciones para que esta, con ínfulas históricas sobre la vida de Pablo Escobar, no se vuelva apologética.

Es inevitable que el riesgo exista. Por un lado, es una producción comercial novelada que pretende venderse bien, algo que no es pecado, y que es más difícil para un documental. Por el otro, horroriza a personas que temen que las peripecias criminales del capo, aunque no pretenden ser ensalzadoras (faltaba más, cuando los progenitores de sus magníficos productores son víctimas), contengan una tonalidad narrativa que llegue a generar empatía.

Como me dijo un cultivado amigo hace unos días, y me golpeó tanto, "me asusta que por momentos en esta serie me he puesto del lado de Escobar". Se refería al episodio en que el capo ordena descuartizar a un hombre para que revele el paradero de la secuestrada Marta Nieves Ochoa. Lo normal es que las defensas instintivas morales de los colombianos reaccionen ante estas cosas con repulsa. O por lo menos que si el instintivo aparato inmunológico moral está bajito de defensas, se apele al segundo filtro, que es el de la razón, para desentrañar el mal que contiene una determinada escena de la serie. Pero para eso se necesita tener nociones intelectuales sobre conceptos morales, que no es la mayor virtud del pueblo colombiano. Nos enorgullece más la viveza para sobrevivir que las limitaciones de una vida sencilla que se ha construido sin atajos. (Dios pinta al hombre pobre muerto, dice Escobar.)

Pablo amenaza con que si en cinco años no ha recolectado su primer millón, se pega un tiro. El televidente puede tender a dejar pasar el exabrupto de este razonamiento moral equivocado, en aras de un contenido televisivo entretenido, cuya meta es primero presentar los hechos con un acento sobre la calidad de la narración, más que sobre los contrastes morales que sean del caso.

Y el Pablo Escobar en la serie está tan bien logrado desde niño y joven hasta su edad madura, que la energía que despliega el personaje, capaz de hacer verosímil la hazaña de arrodillar a un país a punta de sicarios y de dinero, llega a producir la sensación de que el asesinato es apenas una herramienta técnica, y el dinero el mayor valor, dejando a un lado la maldad del personaje en sí.

Nada de lo anterior es suficiente para pensar que habría sido mejor no haber hecho esta magnífica serie histórico-novelada. Pero es pertinente que sus guionistas aprovechen los capítulos que faltan para que refuercen elementos valorativos, como los contenidos en los discursos de Luis Carlos Galán o en las actitudes del periodismo colombiano (y que no fueron esfuerzos aislados de El Espectador, por cierto, porque a veces la serie parece una cuña de ese diario).

El caso es que todavía falta mucho para que a Escobar lo maten en la serie y quede demostrado que el crimen no paga. Pero mientras tanto, son varias las victorias que obtendrá y el mal ejemplo que aún será capaz de producir entre sus desprevenidos televidentes, como cuando se compran retenes militares enteros de carreteras, o se mata a puñaladas al tendero del barrio, porque jamás quiso convivir con el crimen.

HABÍA UNA VEZ... Cuando comer árabe en Bogotá era previsiblemente malo. El Beirut de Usaquén arranca bien.

MARÍA ISABEL RUEDA

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