Creo, Señor, pero aumenta mi fe

Creo, Señor, pero aumenta mi fe

09 de junio 2012 , 07:56 p.m.

La primera comunión de los niños es una de las ceremonias más bellas que uno puede presenciar. Se da precisamente en la transición entre la inocencia y la razón, entre el simple creer y el incansable por qué, que nos perseguirá hasta la sepultura.

El papa Pío X, consciente de que los niños son especialmente sensibles al valor de la amistad, dispuso que la primera comunión se reciba en la edad del discernimiento porque no se les puede privar a los niños de la amistad con Jesús, el único gran amigo que nos acompaña a lo largo de la vida, de la infancia a la vejez y, sobre todo, cuando la soledad se deja sentir con toda su fuerza.

Cuando el fervor de la primera comunión se ha esfumado, puede sobrevenir la tentación de abandonar la comunión frecuente porque "no se siente nada", como me dijo un adolescente. Es necesario que acompañemos con el sentimiento y con la fe la recepción de la Eucaristía para experimentar la presencia real de Cristo en el corazón. No se trata de sentimentalismos pasajeros, sino de un vivo sentimiento de fe, confianza y gratitud por todas las bendiciones que Dios derrama cada momento en nuestra vida. Para los que les cuesta creer, cuánto les puede ayudar el apropiarse de las palabras del papá del chico que estaba poseído por un espíritu inmundo. Le ruega a Jesús que lo libre del maligno y Jesús le responde: "Todo es posible para el que tiene fe".  Y el papá, haciendo un profundo acto de fe, le suplica: "Creo, Señor, pero aumenta mi fe".

La solemnidad del Corpus Christi nos ayuda a renovar nuestra fe en la Eucaristía, presencia real de Dios en ese pedacito de pan, hecho hostia inmaculada. Alimento de vida eterna, como les dijo Cristo a los judíos: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida" (Jn. 6, 54). La adoración ante el Santísimo expuesto es una manera muy concreta de avivar la fe y de experimentarlo en nuestro interior como paz interior.

En la iconografía cristiana de los primeros siglos, el pelícano vino a representar el sacrificio de Cristo que se da a sí mismo como alimento para que los suyos tengan vida en él. El pelícano, cuando no tiene alimento que ofrecer a sus polluelos, se hiere el pecho para alimentarlos de su propio cuerpo. Cristo se entregó a sí mismo por nosotros y en la Eucaristía es como lo recibimos como alimento que nos santifica.

JOSÉ MANUEL OTAOLAURRUCHI, L. C.
twitter.com/jmotaolaurruchi

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