La nueva cara de la droguería Acuña, que era una esquina olvidada

La nueva cara de la droguería Acuña, que era una esquina olvidada

Está en la décima con calle 22. Ha cambiado la percepción de inseguridad.

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08 de junio 2012 , 09:58 p.m.

Una vieja esquina, olvidada y tapizada de grafitis y esmog, volvió a la vida. La casa de la droguería Acuña, en la carrera décima con calle 22, un lugar de referencia en el que los bogotanos de antaño se encontraban para hacer sus diligencias, decidió sacudirse el polvo y resucitar.

Don Enrique Acuña, su dueño, tenía sus nostalgias en las envejecidas paredes de esta edificación. "Mi padre, comerciante desde los 6 años, vivió todo el proceso de ampliación de la carrera décima. La droguería ha estado ahí durante 50 años", dijo Juan Manuel Acuña, hijo de don Enrique y ahora gerente de las droguerías más importantes de Bogotá hasta los años 80.

Esta esquina fue testigo de decenas de encuentros amorosos y también de algunos esperanzados que se quedaron plantados para siempre.

Por eso, la empresa decidió adquirir el inmueble raído por el olvido. No importó que las redes eléctricas fueran marañas de óxido inservibles. Los apartamentos guardaban la elegancia de la época en que los habitaron personajes de la talla de Indalecio Liévano Aguirre, diplomático, historiador y político colombiano, alguna vez ministro de Relaciones Exteriores del gobierno del presidente Alfonso López Michelsen. "Se les nota lo bonitos, así estuvieran llenos de hollín, mugre y caca de paloma sobre los pisos de madera o las escaleras de granito negro", dijo Enrique.

Los primeros arreglos fueron la limpieza de algunos grafitis, quitar los 'malpegados' y pulir la piedra.

Pero cual joya arquitectónica, recuperó su lozanía el día en que los primeros brochazos de pintura acariciaron la fachada de esta reliquia. ¡Y se hizo la luz!

Esta esquina, que ya había cambiado parte de su trágica apariencia con la llegada de TransMilenio, ahora recuperaba su belleza para beneplácito de los ciudadanos.

Según Enrique, esto ha motivado a que las administraciones de edificios como el de Camacol también intenten arreglar sus fachadas o, por lo menos, limpiarlas.

Este cambio de una parte de la edificación contrasta con la cara del inmueble que aún no ha podido ser intervenido. "Es que nosotros no somos dueños de esa parte. Pero estamos buscando acercamientos para que todo el edificio complete su adecuación", dijo Enrique.

Esta cara de la joya permanece vieja y sin vida. Sus paredes aún están carcomidas por el olvido. Es una estructura que pasa de la vida a la muerte en cuestión de un parpadeo.

Lo cierto es que ahora pasar por esta esquina no produce el sinsabor de hace meses. La misma droguería abrió sus puertas con más orden y estética, y las personas pasan orondas como sintiendo orgullo del pedacito de Bogotá rescatado de la desidia.

CÁROL MALAVER
Redactora de EL TIEMPO

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