Bradbury, el niño eterno de las obras de ciencia ficción

Bradbury, el niño eterno de las obras de ciencia ficción

Tras su desaparición, deja un legado de más de 500 libros entre ciencia ficción y género fantástico.

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07 de junio 2012 , 07:11 p.m.

Hace casi 60 años, un Borges que enceguecía inexorablemente vio en un desconocido escritor de ciencia ficción la huella escrita de una fantasía terriblemente real y posible. Porque Ray Bradbury, este niño eterno que hoy nos deja sin su genio, no solo aterraba a los lectores; también se le adeuda la virtud de enseñarnos el camino que lleva a soñar despiertos, no con otros mundos, sino con otro mundo posible y nuestro.

Criado en medio de la pobreza de su natal Waukegan (Illinois, EE. UU.) y luego trasladado de pueblo en pueblo por sus padres, Bradbury fue un lector y explorador impenitente desde niño.

Debió vender periódicos en una esquina de Los Ángeles para ganarse la vida en el lugar donde desarrolló su obra. Publicó su primer relato con la ayuda de otros escritores que vieron en él la misma pasión por todo lo sorprendente, mágico y misterioso. Poco a poco, se hizo un lugar en los magacines de literatura popular de ficción de la época, como Amazing Stories, Weird Tales y Astounding Science Fiction.

No terminó la universidad por falta de fondos y, también un poco, por andar de convención en convención tratando de aprender a escribir en clave fantástica. Decía que todo lo que hacemos está hecho de pequeños comienzos hasta que damos con lo deseado.

Así, con escasos 20 años y nada más en los bolsillos que su pasión de lector de cuentos terroríficos y cineasta de brumas y murciélagos, hizo carrera desde abajo por un lugar entre las letras que en ese entonces y ahora no gozan aún del mejor espacio: la literatura de ciencia ficción y fantasía.

Dueño de una prosa poética sin par, Bradbury sacaba partido de lo cotidiano para transformarlo en extraordinario. Se definía a sí mismo (toda forma de llamarse a sí mismo es tan pobre como exagerada) como un "narrador de cuentos morales", lo que no deja de llamar la atención, pues más allá de su crítica social de los valores de nuestro tiempo, también obraba de mago y genio, capaz de introducirnos en lugares desapacibles, poblados de soledad y desesperanza, cuando no de cosas aún no vistas y realidades increíbles.

Fue un Jano bifronte que nos puede mostrar tanto la oscuridad como la luz. Es rara esa capacidad que tiene de enfrentarnos a una infinita melancolía para luego llenarnos de buena onda y ganas de ver más allá de nuestro pálido horizonte. Se recordará entonces cómo en País de octubre nos habla de un lugar donde todo es otoño, bruma y gris. "El país que habitan gentes de otoño, que solo tienen pensamientos otoñales. Gentes que pasan por las aceras desiertas con un sonido de lluvia...", para luego sugerirnos por la vía de la confesión: "Solía salir por la noche y mirar las estrellas, y me maravillaba de verlas allí en el cielo. (...) Dedico este cuento a los muchachos que se admiran ante el pasado, penetran decididos en el presente y tienen grandes esperanzas para nuestro futuro. Las estrellas son de ustedes, si tienen cabeza, manos y corazón para alcanzarlas".

Hoy, que habitamos un mundo que se debate entre avances científicos que nos dejan siempre atrás y que Bradbury entrevió a través de su imaginación inquieta, sorprenderá a muchos saber que, paradójicamente, fue poco afecto a la tecnología en su vida íntima.

Desdeñó los aviones y los carros. Concebía viajes siderales, pero prefería los trenes y los paseos a pie. Solo al final de sus días se animó a aprender a conducir, aunque no llegó a hacerlo. Los trenes lo obsesionaban, y con razón. "Denme entonces el tren, así podré ver y conocer y realmente sentir y ser sacudido por la historia de nuestro pueblo". Soñaba con poder correr entre dinosaurios mientras profetizaba sobre la inminente muerte de los libros y su nefasta ausencia en un futuro no lejano.

Dejó en nuestras manos decenas de relatos propios de un realismo fantástico que jugaban tanto con hombres contando historias a selenitas como con la posibilidad de que un hombre fuera devorado por un recuerdo o por un perro-robot que puede percibir el hedor a papel, a traición y miedo en una república asesina de libros del futuro.

Esto nos lleva al escritor de la que es quizá su obra máxima, que fue llevada al cine por François Truffaut: Fahrenheit 451, tópico literario sin el cual, para muchos, la ficción científica y distópica quedaría coja. Tras una bruma que se cierne sobre el mundo poseído por la tecnología hasta el hartazgo, en la novela, los libros se han convertido en herramientas subversivas, cosas de un pasado que atentan contra el progreso.

Un mundo donde solo queda la memoria. Es una advertencia que aún nos pesa en la cabeza: no podemos imaginar sin temor que pudiera ser real la pesadilla de un mundo sin textos. Sería como desaparecer el pasado y repetir toda acción sin dejar huella. ¿A dónde irían a parar los sueños y los hechos de los hombres si no pudieran dar una forma tangible o duradera a su quimera, a su relato?

Bradbury opinó al respecto: "La lectura es la cosa más importante en el mundo (...). Nuestras prisiones están llenas de gente que no sabe cómo leer y escribir. Para vivir como un humano civilizado, tienes que tener algo en la cabeza". Sin embargo, también nos llena luego de ganas de vivir con la quimera de lo soñado y aún por construir.

Nunca abandonó la crítica de la ciencia, pues pensaba que esta no debe jugar a costa nuestra, sino a nuestro favor.

Un mundo lleno de cachivaches era su metáfora favorita para hablar del infierno de lo inútil que parece deshumanizarnos más cada día. Un mundo que nos aleja del otro y nos atrapa en nuestra caparazón es ya el apocalipsis. Lo duro es que se ha ido cumpliendo. O acaso ¿no es medio infernal ese ejército de homínidos sumidos en sus cablecitos conectados a la oreja y desconectados del mundo, inmersos durante horas creyendo tocar al otro por el chat? Bradbury siempre tuvo el ojo puesto en escribir lo fantástico sin abandonar la posibilidad de cuestionar nuestro rumbo. Creía en el futuro. En un porvenir que no nos perdiese a nosotros mismos.

Con 91 años, más de quinientos textos publicados entre relatos, novelas, poemas, ensayos y guiones, una carrera literaria y una pasión vital que le granjeó un lugar en lo alto de la literatura popular de nuestro tiempo, el martes se fue. Quizá con otra historia entre manos, y nosotros con un sueño menos, pero con grandes cantidades de sus remedios para melancólicos; siempre aguardándonos, como cuando de niños esperábamos a que todos se fueran a dormir para poder leer eso que nos tenían prohibido y que tanto nos enredaba la cabeza hasta la noche siguiente, con vela, linterna o como fuera.

Nos deja una tarea última: cansarnos de no tener una ilusión que nos empuje más allá. Vaya si no es de extrañar que en su día Borges se cuestionara con angustiosa simpatía al prologar las Crónicas marcianas: "¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad? (...) ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima?".

Miro hacia arriba y nada impide que piense que desde ese paraíso de los hombres de letras, imaginado por él, Bradbury seguirá haciendo sus crónicas de un futuro próximo. Cuando ya esté sepultado, pasado mañana, no faltarán quienes vengan simulando desdén a preguntarme si tengo "algo de un tal Bradbury", un gringo que por ahí un amigo les sugirió leer.

Sobre Alejandro Torres

Graduado en Sociología en la U. del Rosario. Es librero profesional y un lector de Bradbury desde la infancia.

Alejandro Torres
Especial para EL TIEMPO

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