Mal

Mal

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07 de junio 2012 , 05:35 p.m.

Hoy, para no perder el hilo, me desperté pensando que el mal es un órgano vital. Pero que no late adentro de los monstruos que de tanto en tanto llegan a las primeras planas, sino en el fondo de todos los que estamos hoy acá: yo, usted, él, nosotros, vosotros, ellos. El mal puede tomarse el cuerpo de un hombre cualquiera -puede volverse una lógica, una adicción, un rito- si lo único que se recibe a cambio de vivir es la indiferencia de la vida, la indiferencia de los otros. No es raro que una mañana, tras un pasado intranquilo, un tipo espeluznante amanezca convertido en protagonista a fuerza de ser tratado como extra. Si da el paso del narcisismo a la psicopatía, si viaja desde el "por qué nadie me ve" hasta el "sólo yo existo", es porque la sociedad no está mirando, porque yo, usted, él, nosotros, vosotros, ellos, no lo hemos mirado a los ojos ni para reconocerlo ni para interpretarlo ni para detenerlo.

El mal es una bola de nieve. El mal es esa corriente que va por el sistema nervioso de, por ejemplo, los hombres que someten, que esclavizan, que masacran a las mujeres por ser mujeres.

Podría decirse, con ejemplos tomados de los libros de historia, que así ha sido siempre este animal: cuentan que una banda de soldados rusos violó 70 veces a una madre de familia alemana en las ruinas de la segunda guerra. Podría asegurarse, con las últimas cifras en la mano, que Colombia no es el peor país del mundo: que sólo se han cometido 500 feminicidios en lo que va del 2012, que en la Sudáfrica de hoy una mujer es violada cada 17 segundos, y que en Francia, tan librepensadora, tan leída, suelen reportarse más de 10.000 abusos sexuales por año. Y qué. Ni la vida ocurre en las estadísticas ni es posible descifrar la pesadilla a partir de los inventarios. El mundo sucede caso por caso, mujer por mujer. El horror le pasa a cada quien. Y, para estremecerse, resulta fundamental repetir que Viviana Hernández fue desfigurada, Jennifer Quiceno fue descuartizada y Rosa Elvira Cely fue empalada.

Y que los verdugos no eran fantasmas de cuento de miedo ni crueles villanos de película, sino hombres con nombres y apellidos que conocían de memoria las miserias y las glorias de sus víctimas.

Claro que es vital contar la historia de cada torturado. Pero, para que la indolencia general no los engendre, para que la sociedad sepa leerlos y sea dable cerrarles el paso de una buena vez, también es de vida o muerte hacer uno por uno el retrato de los torturadores. Cientos de miles de personas sufren peligrosos trastornos de personalidad. Y hay que oír la voz y ponerse en los zapatos de cada victimario -como la serie de televisión se ha puesto en el lugar del sociópata caritativo Pablo Escobar o la prensa se ha empeñado en mostrar que el "buen vecino" Javier Velasco se permitía violar hasta matar porque se consideraba a sí mismo "una gonorrea"-, pues relatar caso por caso es el camino para entender de qué se alimenta el mal de un hombre cualquiera.

Qué estoy diciendo hoy: que sabe vivir en sociedad quien sabe interpretar a los demás; que el mal que aparece de golpe en las noticias respira pesadamente en la vida cotidiana; que los hombres están cumpliendo siglos de vengarse de las mujeres, impunemente, por un crimen que ellas no cometieron; que, frente al hecho innegable de la disfunción, Boston Medical Group tendría que convertirse en una agencia del Estado; que ninguno, ni yo, ni usted, ni él, debe perderse de vista a sí mismo; y que hay que castigar a los culpables de forma ruidosa, porque es la justicia la que relata, para que no se repitan, las historias de un pueblo, pero que no hay que aplazar más la sospecha de que los monstruos no son la causa sino la consecuencia del infierno.

www.ricardosilvaromero.com

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