Secretos y mentiras

Secretos y mentiras

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06 de junio 2012 , 04:22 p.m.

En A propósito de Elly (2009), del director iraní Asghar Farhadi, Ahmad se ha separado de su esposa alemana. Elly le pregunta a que se debió la ruptura y él le responde que su mujer le dijo que "un final amargo es mucho mejor que la amargura sin final". Eso debe también pensar Simin, la protagonista del siguiente filme de Farhadi, Una separación (2011), que llega a nuestras carteleras precedido de su triunfo en el Festival de Cine de Berlín el año anterior y el Globo de Oro y el Premio Óscar este año. Tal exaltación puede antojarse un lastre demasiado pesado para un filme por la cantidad de expectativas que genera entre el público, pero Una separación las cumple y las supera: estamos ante una obra maestra del cine iraní.

Tras haber visto las dos películas más recientes de Farhadi -de las cinco que ha dirigido- me reconfirmo en un concepto que siempre he suscrito: si hay una buena historia que contar -sólida, atractiva, ingeniosa- lo demás viene por añadidura. Y Farhadi es un director y guionista que aplica esta norma con esmero. Ambos filmes parten de un planteamiento que parece transparente -un paseo con fines casamenteros en A propósito de Elly, el pleito de un divorcio en Una separación- y del que es fácil predecir lo que va a acontecer.

Sin embargo, nuestras expectativas se derrumban cuando un giro argumental nada forzado, pero sí inesperado, transforma lo que vemos en otra cosa, en algo más grave e inquietante de lo que pensábamos, y que se fundamenta en revelaciones, confesiones y mentiras que los personajes van suministrando con cuentagotas por temor a las consecuencias derivadas de ellas.

Una separación tiene como marco el proceso de divorcio entre Nadir y Simin, pero la película va mucho más allá, y a partir de la anécdota de un suceso hogareño, pero no por eso menos significativo, reflexiona sobre la dignidad, la verdad, la moral y la culpa. Es obvio el peso que la religión que profesan tiene sobre los protagonistas. Es esa ortodoxia la que amplifica el drama del filme ante nuestros occidentales ojos, pues no estamos acostumbrados a una estructura religiosa, social y familiar tan rígida como la iraní. En un país como el nuestro, la anécdota del filme sencillamente no se aplicaría: acá, tristemente hay mucho juramento vacío; allá, esos asuntos son extremadamente serios.

Farhadi, al recibir el Óscar, mencionó la gloriosa cultura iraní "oculta bajo el pesado polvo de la política". Esa misma cultura que esta película magnífica exalta en cada fotograma.

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