Michael Haneke conquistó Cannes con su cine incómodo

Michael Haneke conquistó Cannes con su cine incómodo

Acaba de conquistar Cannes con 'Amour', un soplo de ternura en medio de filmografía perturbadora.

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02 de junio 2012 , 10:32 p.m.

Amour no parece un título apropiado para una película de Michael Haneke. Y no es que en los filmes de este director germano-austriaco los personajes no anden en busca de arraigos de distinto tipo. Pero lo que Haneke se ha especializado en mostrar, en una brillante carrera de una docena de títulos, es el aparatoso fracaso de todas las promesas -éticas y materiales- de la civilización.

Como una mezcla de Buñuel y Hitchcock reencarnados, Haneke, quien acaba de cumplir 70 años, nos machaca con la idea de que la cultura no nos protege más que con un superficial barniz de impostura, que el amor no nos salva y solo se consuma en la muerte, que la familia es un infierno y que el mal acecha siempre más cerca de lo que presentimos. (Lea acá: Festival de Cannes criticado por sexismo).

Mucho antes de su segunda Palma de Oro en Cannes, que ganó el domingo, por Amour (un filme sobre la vejez y la muerte, protagonizado por dos leyendas del cine francés: Jean-Louis Trintignat y Emmanuelle Riva), Haneke ya era una figura capital del cine contemporáneo, un artista frecuentemente mencionado, homenajeado y admirado. Sin ir muy lejos, el colombiano Andi Baiz lo cita abiertamente en su cortometraje Hoguera. Pero lo anterior no quiere decir que estemos ante una filmografía siempre comprendida o tolerada.

Su voz, que se escuchó con fuerza a partir de demoledores filmes austriacos como El séptimo continente (1989), El video de Benny (1992) y Funny Games (1997), que componen la primera parte de su carrera, no ha hecho más que agudizarse, aunque ahora hable otros idiomas y para algunos de sus espectadores tenga ya el tono familiar de la costumbre.

Pero no es fácil sentirse cómodo en el mundo según Haneke. Sus filmes cumplen con esa peculiar fuerza de lo extraño que Harold Bloom consideró indispensable para hablar de una obra mayor. La extrañeza en Haneke no proviene de una monstruosidad natural de los personajes; al contrario, es su banalidad, su parecido con cualquiera de nosotros, lo que nos saca de las cómodas certezas con que evaluamos el mundo.

Banal y cercana es la pareja que se autodestruye y destruye todo su entorno en El séptimo continente; también el adolescente Benny, incapaz de comunicarse más que a través de unos videos de extrema crueldad, o las parejas de esposos de Funny Games (cinta de la que hizo una nueva versión en el 2007, protagonizada por Naomi Watts) o Caché (Escondido), del 2005, que se ven asaltadas por la incontrolable fuerza de la violencia.

Es siempre la violencia la manifestación exterior de un malestar más profundo. Pero Haneke no da respuestas. Es al espectador a quien le corresponde atar los cabos, sentirse a la vez fascinado y hostigado por esa puesta en escena de la violencia y emprender el arduo camino de una comprensión que se escapa.

La narración en Haneke es casi siempre despojada de adornos, directa y brutal, aunque haya intentado armar rompecabezas narrativos como en 71 fragmentos de una cronología del azar (1994) o Código desconocido (2000). Pero eso no quiere decir que sus filmes sean fáciles o transparentes. La madeja de sus implicaciones es compleja y aborda asuntos insoslayables para el análisis de la sociedad contemporánea, a la que ve con científica curiosidad. (Lea también: Colombia se destaca en Cannes).

Entre estos asuntos pueden mencionarse la culpa del colonialismo (tema central de Caché), el fracaso de la alta cultura en su intento de moderar la barbarie o los impulsos primitivos (La pianista, 2001), la omnipresencia de los medios y la imposibilidad de acceder a una experiencia directa de lo real (lo cual, en todo caso, sería intolerable para la conciencia), la soberanía de lo inconsciente y el retorno de lo reprimido.

A pesar de la coherencia y aparente novedad de la visión del mundo del director, su estilo debe vincularse a una tradición más grande: la de cierta forma descarnada y brutal de entender la condición humana, propia de una pléyade de artistas centroeuropeos. Entre ellos, Thomas Bernhard, Elfriede Jelinek (de la cual adaptó La pianista), Karl Kraus o Franz Kakfa (de quien hizo una versión de El castillo). Estamos sin duda ante una obra que tiene mucho que decir al que tenga ojos para ver.

Sus dos Palmas de Oro

En el 2005, 'La cinta blanca' sedujo a Cannes con su disección de los orígenes del nazismo a través de la historia de unos niños criados en la Alemania autoritaria de los años previos a la Primera Guerra. En 'Amour', su segundo trofeo en Cannes, cuenta la historia de una pareja de ancianos que enfrenta el efecto devastador de la vejez. (Lea también: Michael Haneke obtuvo su segunda Palma de Oro).

PEDRO ADRIÁN ZULUAGA
Para EL TIEMPO

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