Viejos amigos en peligro

Viejos amigos en peligro

02 de junio 2012 , 05:15 p.m.

En las salas de espera de los aeropuertos, y en los aviones, la mitad de los pasajeros lee ahora libros de verdad, y la otra mitad libros electrónicos. Seguramente esta proporción va a cambiar en el futuro inmediato a favor de los libros digitales, lo que antes me parecía a mí una gran desgracia, pero ahora ya no tanto.

Siempre imagino el espanto de los monjes medioevales que copiaban a mano los libros en los conventos, y un día oyeron gritar por la ventana que se había inventado una máquina infernal que los imprimiría en serie, con lo que el mundo en que vivían encerrados trazando letras no tardaría en acabar para siempre.

No me extrañan ya las tabletas de leer, porque yo mismo tengo una Kindle, regalo de mis nietos para las Navidades, y la llevo siempre en mi maletín al lado de un libro de verdad, con lo que podemos hablar de una traición a medias. Porque siento que se trata de una traición. Y desde que vivo esta dualidad, me he creado una manera doble de leer: los pesados clásicos que cuesta aguantar entre las manos, sobre todo si se trata de ediciones de obras completas, los leo en la tableta, como me acaba de ocurrir con Nuestro común amigo, de Charles Dickens, una novela monumental en todos los sentidos; y los más ligeros, Cómo estar solo, de Jonathan Franzen, por ejemplo, los dejo para el papel. Pero tampoco esto puede ser una regla, pues un ladrillo como 1Q84, de Haruki Murakami, me lo estoy leyendo en papel.

Quizás es que los mismos libros se aconsejan entre ellos para crear en mi cabeza esta dualidad, y pronto terminaré también leyendo libros de menos páginas en la tableta. Una crisis. Las crisis se dan cuando un mundo viejo no termina de morir, y el nuevo no termina de nacer.

En este sentido, los antiguos y amorosos libros de papel, con los que he pasado mi vida como compañeros inseparables, y que se alinean silenciosos y cordiales en los estantes de mi biblioteca, parecerían estar desahuciados, y cuando salgo del recinto donde se encuentran, y apago la luz, me duele dejarlos entre las sombras porque sé que temen que un día voy a olvidarlos para siempre, o peor, a deshacerme de ellos.

Ya las venerables enciclopedias nunca volví a abrirlas, y esas sí que envejecen de verdad. Tampoco los diccionarios, que mantengo siempre cercanos a la mesa donde escribo, pero que se me han vuelto prescindibles porque puedo consultar en línea la palabra que busco. Y los ruidos del naufragio se escuchan no sólo dentro de mi propia biblioteca, sino que se repiten por el mundo. Se cierran las librerías en las grandes ciudades y también en las pequeñas. Hace años quise trasponer las puertas de la célebre librería Brentano's de la quinta avenida de Nueva York, y me encontré que se había convertido en una tienda de ropa Banana Republic.

Al principio me resistía a leer en tabletas con algo de desprecio y bastante de desdén. Me parecía algo ruin de mi parte, porque no estaba dispuesto a dar las espaldas a mis numerosos amigos, los libros de verdad. Pero hay que confesar que es irresistible la seducción de tener entre las manos un artilugio tan ligero y dócil como la tableta, que a un simple toque te permite ir a la página en que habías quedado, y cambiar a tu gusto el tipo y el tamaño de la letra, y tener en esa tan compacta biblioteca virtual almacenados cinco mil libros, a lo mejor más.

Sin embargo, sigo comprando libros reales, siguen siendo mi pasión. Quiebran las grandes cadenas de librerías, como es el caso de Borders, en Estados Unidos. En todo México, y hablo del país, no de la capital, sólo quedan menos de 700, contando las tiendas que además de libros venden cosméticos, corbatas y pasteles, y los títulos que ofrecen son casi todos de libros de autoayuda y new age, grandes plagas del siglo.

Pero en Madrid, si uno anda por la calle y de pronto comienza a llover, me ha pasado que al buscar refugio lo encuentro en alguna librería que ignoraba que estuviera allí, esperándome con su calor cordial y su silencio sosegado, las vistosas portadas ante mis ojos como diciéndome aquí estamos, no nos hemos ido, aún duraremos para rato.

SERGIO RAMÍREZ
Managua, mayo 2012.

www.sergioramirez.com

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