Colombia se está derritiendo

Colombia se está derritiendo

29 de abril 2012 , 07:33 p.m.

Colombia es un país con múltiples problemas. En general conocemos cuáles son, y estamos al tanto de su magnitud y consecuencias en razón de que los medios de comunicación nos los enrostran cotidianamente. Pero hay un problema invisible de efectos gravísimos para la vida y el bienestar de la población, del que ni el Gobierno, ni los políticos ni los ciudadanos parecemos conscientes: Colombia se está derritiendo.

Minuto a minuto, los ríos de Colombia vierten al mar sus aguas teñidas de castaño oscuro a punto tal que a lo largo de 150 kilómetros, desde la desembocadura del Magdalena hacia adentro,  las aguas marinas todavía son turbias. Esos ríos color pardo-marrón hacen ya parte habitual de nuestro paisaje físico y cultural y por eso ni siquiera extrañamos que alguna vez hubieran sido limpios. Y no son limpios porque los ríos son las venas rotas a través de las cuales Colombia, a una velocidad vertiginosa, desangra sus suelos. A través de los ríos el país arroja al mar cada segundo 6 toneladas de suelo, que equivalen anualmente a 200 millones de toneladas. Sí. Doscientos millones de toneladas de suelo van cada año a parar al mar, sin contar las muchas que se quedan en el camino como sedimento en los ríos y colmatando embalses, canales y lagunas. Por eso no es exagerado decir que Colombia se está derritiendo.

El suelo es una heredad sustantiva de la nación, que, al desaparecer, pone en riesgo la sostenibilidad de ecosistemas, la regulación hídrica, la estabilidad de las obras de infraestructura, la vida útil de lagunas y embalses, la seguridad alimentaria y la sobrevivencia de las generaciones venideras. Muchos de los problemas vividos durante las tragedias invernales pasadas tienen que ver con la pérdida catastrófica de suelo. Pero, como su menoscabo es imperceptible, le echamos toda la culpa al cambio climático. La pérdida del suelo, por erosión principalmente, es soterrada y silenciosa y no se manifiesta rápidamente. Así como una persona no puede patentizar su proceso cotidiano de envejecimiento mirándose cada mañana en el espejo, así mismo, mirando en tiempos cortos el paisaje rural que nos rodea, no podemos constatar la destrucción de su epidermis. Pero, además, el suelo no se come, ni se bebe, ni se respira y por eso no captamos la gravedad de su detrimento. O se lo ve simplemente como un medio de producción y no como un fin en sí mismo y por eso su desaparición tiende a ser ignorada por el Gobierno, los políticos y la población en general. 

Colombia se está derritiendo a una velocidad espeluznante. A principios de la década de los 90, 56 millones de hectáreas habían sido ya menoscabadas por la erosión. La mitad de la región Caribe y la tercera parte de la región Andina presentan procesos erosivos severos. Cada año, en Colombia, cada hectárea de terreno, según la región, pierde en promedio por erosión entre 2 y 10 toneladas de suelo. El suelo, del cual derivamos el sustento y aseguramos la regulación hídrica, es el principal patrimonio de la nación y por eso su pérdida debería ser vista como un problema de Estado y su preservación, como un objetivo estratégico nacional. No sé si el presidente Santos, sus ministros de Agricultura y de Ambiente, los expertos del DNP y los honorables senadores y representantes  ya se dieron cuenta de que Colombia se está derritiendo. Pero la palabra 'suelo' no aparece en el Plan Nacional de Desarrollo, ni se ve que se haya trazado una ruta viable y clara para evitar esa catástrofe.

Es interesante cómo nuestra incapacidad de ver que Colombia se está derritiendo contrasta con la de alguien que no es gobernante ni político, el dalái lama, de cuyo 'Pequeño libro sobre la paz interior' copio esta frase: "La capacidad del ser humano para destruir el medio ambiente es realmente alarmante. Y entre aquellos procesos que lo destruyen hay unos que son imperceptibles. La pérdida del suelo por erosión es quizás el más peligroso, porque cuando nos demos cuenta de sus repercusiones ya será demasiado tarde".

Nota. Durante el breve tiempo que usted tardó en leer este artículo Colombia perdió 1.000 toneladas de suelo.

GUSTAVO I. DE ROUX
Ingeniero agrónomo, Ph. D.

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