La naranja de un viejo amigo

La naranja de un viejo amigo

24 de abril 2012 , 03:31 p.m.

Quién lo dijera, mi amigo Cható ya tiene algo más de setenta años. Lo llamamos a la francesa porque el apodo de 'Chato' nunca nos ha parecido suficientemente elegante para describir su estilizada figura y sus refinados modales.

Pero, el objeto de este escrito no es el de burlarme de mi amigo, sobre todo con lo que me acaba de contar y que me ha llegado a conmover. Hace unos días, mi amigo Cható volvió de un corto viaje. Como suele hacer, revisó su apartamento para comprobar que esta vez había quedado a salvo de los apartamenteros que saquean esta ciudad.

Todo estaba bien. Solo una naranja del frutero que había dejado en el comedor le llamó la atención. No era una naranja especial entre las naranjas que estaban allí, simplemente, era una que había seguido un proceso acelerado de envejecimiento. Estaba reducida en tamaño, arrugada y, por el moho verdoso y blancuzco que la cubría, era evidente que había llegado a la etapa de putrefacción. Brillaba en su miseria.

La tomó con su índice y su pulgar, y no sin asco la echó a la basura. Había salido de ella, la había sacado de su vista, pero la naranja desvaída seguía ocupando su mente. Es curioso cómo pequeñas cosas pueden dar inicio a la especulación, al vuelo de los recuerdos, al desarrollo de eventos que no tienen un paso atrás e incluso a la elaboración de teorías. Para hablar de frutas bastan la manzana del Paraíso, la de Newton y, para no ir más lejos, la naranja abandonada en un rincón del laboratorio de Fleming, que dio origen a la penicilina.

La naranja de mi amigo fue la seña que la naturaleza puso a su alcance para reconocer que ya era viejo y que estaba ad portas de ponerse lamoso, si no lo estaba ya. Corrió (todavía corre) al espejo. Y vio su cara como nunca la había visto. Uno no reconoce el paso del tiempo en su rostro si lo ve todos los días. Cható se encontró mucho más arrugado y decaído de lo que antes se había visto. Se miró con los ojos que vieron la naranja.

Cható siempre ha desarrollado teorías. Descubrió que si uno cierra los ojos, piensa en el tamaño de su cabeza y con cierta lentitud, con las dos manos se coge los parietales, nota que el tamaño es mucho menor de lo que imaginaba y sentía. Esto comprueba que nos sentimos más grandes y mejores de lo que somos.

También ha desarrollado la ley de que los niños les temen a los padres durante los muy breves años de la niñez temprana, pero de allí en adelante, son los padres los que desarrollan un terror por los hijos: temen molestarlos, desviarlos del camino, ser objeto de sus críticas y arruinarles la vida. Temen que los hijos se parezcan a ellos, y generalmente los seres humanos no tienen un alto concepto de sí mismos.

Fue frente al espejo en donde Cható elaboró el razonamiento que lo amarga. Recordó que los bebés, tal vez por su tez o por su olor o por esas cosas de la naturaleza, son seres que atraen la atención y el cuidado de los adultos. Tanto si lloran o no, los adultos cambian sus pañales, les dan de comer, los acarician y los arrullan. Cuidan de ellos y les enseñan y conducen por el difícil camino de la vida. Por la vía del absurdo, los niños crecen y en la adolescencia quieren ser independientes y alejarse de los que tantos desvelos han tenido con ellos. Algunos son exitosos y llegan a ser admirados y queridos por muchos. Pero en el cruel devenir, los seres humanos se vuelven viejos, cambian de color, de olor, pierden su agilidad y su gracia. Se enferman. Necesitan del apoyo y cuidado de los demás. Pero eso no ocurre fácilmente. Poco les ayuda contar sus enfermedades y achaques. En vez de lograr la atención, sufren del abandono paulatino o brusco y radical. Se les tiene horror. Como a la naranja dañada que se tira a la basura, aunque su imagen siga rondando en la mente.

 

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