Feria de vanidades

Feria de vanidades

23 de abril 2012 , 04:24 p.m.

Miro la pared del frente, miro las paredes de los lados: libros y más libros. Y entre ellos, algunos a los que les tengo especial cariño: ese Quijote que mi papá compró cuando era estudiante en la Bogotá de los treinta, ese otro que lleva el nombre de mi hija y la firma de Alessandro Baricco, uno de Mutis que cuenta las aventuras de Maqroll que tanto me han entretenido...

Sé de un hombre que colecciona relojes Cartier, de una funcionaria que cuenta por cientos los pares de zapatos, de un empresario que se enorgullece de sus miles de mancornas, de un político que no pasa una semana sin estrenar corbata y que le suma al menos cincuenta y dos cada año a las muchas que ya tiene en el armario.

Allá ellos. A mí me gustan los libros. Sobre todo los de papel. Si pudiera, tendría una casa sólo para ellos, como hizo el poeta Juan Gustavo Cobo, que los guarda incluso en los gabinetes de los baños y en los cajones de la cocina. Y es fascinante entrar allí aunque se corra el riesgo de perderse. Hace un tiempo que en mi casa tuvimos que establecer un límite para los libros. Lo leí en una entrevista a Vargas Llosa y descubrí el secreto: cada vez que entra un nuevo libro, sale otro. No hay más remedio para esa impúdica y desmesurada reproducción, a la manera de la bíblica multiplicación de peces y de panes.

Pienso en los libros por esa feria enorme que acaba de cumplir veinticinco años y que estará abierta una semana más. Y también porque ayer se celebró el día del idioma, que es, por extensión, en algunos lugares, el día del libro. Pienso en ellos porque desde que nací me han rodeado, porque han sido compañeros maravillosos en viajes de varios miles de kilómetros y también en las diligencias al banco que está a un par de cuadras.

Pero también pienso en ellos porque por primera vez creo que de verdad los libros de papel tienen sus días contados: que no serán pocos, serán muchos años, y algunos quedarán como testimonio de lo que fue para alborotar la nostalgia de unos y despertar la curiosidad de otros. Pero no me preocupa. Al fin y al cabo, no serán las buenas historias las que se acaben.

Pero, sin libros de papel, pensaba, ¿cómo serán las ferias? ¿Acaso no más que una vitrina para la vanidad de los escritores, un micrófono para que declamen su discurso, un pedestal para la foto? Acabo de leer un trino de la editora Margarita Valencia que bien vale la pena: "A mí me gustan más los libros que los escritores".

fquiroz64@gmail.com

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