Los inicios de Julio E. Sánchez en la radio y la television

Los inicios de Julio E. Sánchez en la radio y la television

'Historias al aire' será presentado por Roberto Pombo, Director de EL TIEMPO, el 28 de abril.

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20 de abril 2012 , 09:06 p.m.

Ganaba treinta pesos mensuales y había dejado la aviación porque la radio me atrapó. La mala situación del país y la guerra de Corea resultaron propicias para la suspensión del personal, entre quienes estaba yo. Pero como no tenía necesidad económica porque contaba con todo, solicité seguir trabajando sin remuneración, a lo que accedió Enrique Ariza por pocos meses, para después continuar con mi sueldo. Fue este mi primer problema en el comienzo de mi vida profesional.

Yo era muy ingenuo, no pensaba sino en los deportes. Me tomaban del pelo porque iba a cumplir mis turnos en bicicleta, pues no me gustaba sino la música clásica. Era extraño este tipo de programa en una emisora costeña. Me encantaba madrugar y hacer el turno del lechero (6 a.m.), con mis grandes amigos Enrique París y Fabio Lozano en los controles. Y Otto Greiffenstein, quien trabajaba en La Voz de Bogotá, emisora hermana de 1.020, que operaban en el mismo piso haciendo el programa El despertar de un piano, cuyas características especiales eran que cuando llegaba el pianista Bob La Fuente, no llegaba Otto, y a la inversa.

Es decir, el piano nunca despertó.

Mis días en 1.020 fueron muy felices. El libretista principal de la emisora era Alfonso Cárdenas Barreto, un hombre de fantasías increíbles en su cabeza. Escribía de todo, pero lo que más recuerdo fue La vida del detective Chocolate, el hombre que se disfrazaba de sacerdote, de mujer, era deportista y tenía una serie de historias increíbles que lo hicieron famoso.

Los domingos hacíamos La hora costeña, con Enrique Ariza, y al radioteatro iban y bailaban todos los costeños y costeñas, entre quienes estaban muchos personajes de hoy, muy varados ayer. La orquesta de Lucho Bermúdez y los mejores grupos, como Bovea y sus Vallenatos, tocaban en vivo. De verdad, la costa le debe mucho a Enrique, porque él fue quien impuso su música en Bogotá.

Cuando terminaba el programa, a la 1 de la tarde, después de haber empezado a las 9 de la mañana, nos íbamos a bailar en grupo a un lugar llamado Club Campestre de Fontibón. Allí iba toda clase de gente y la tertulia se desarrollaba ingiriendo (pola) cerveza. A mí no me gustaba sino bailar.

En aquellos tiempos era amigo de los poetas, escritores y pintores.

Allí conocí a mis amigos Ómar Rayo, León de Greiff, Hernando Téllez, en general a todos los personajes del Romanticismo. El Automático era un café de bohemios en donde solo consumíamos café, porque éramos jóvenes de grandes esperanzas y pequeños bolsillos, cosidos por la pobreza. Hice una exposición de acuarelas en 1.020 y me fue bien, porque la mayoría las regalé. Enrique me cuidaba como a un hijo; una vez me vio entusiasmado con la Señorita Bogotá de ese año y habló con Celestino Cifuentes, su compadre, dueño de Radio Girardot, y me sugirió irme por dos meses al puerto, para que no me fuera a casar.

En Girardot trabajaba Carlos Pinzón y nos hicimos buenos amigos. Yo vivía en el Hotel Central, ubicado en el Camellón del Comercio. Después me fui a vivir a la propia emisora, en donde Celestino me pagaba con vales para retirar lo que necesitara en los almacenes y en los restaurantes de sus amigos, pero yo estaba feliz era porque me prestaba su Chrysler último modelo, convertible, para salir a pasear con sus hijos y amigas. Yo leía las noticias en compañía de Hernando Páramo, quien me sorprendió cuando le escuché: "Washington. El general Marco Arturo visita Arkansas". Al terminar, le pregunto que cuál general Marco Arturo. Me contestó: "Julito, es que yo traduzco". "¿Cómo traduce?". "Sí: Marco Arturo es la traducción de Mc Arthur". Le dije: "¿Eso es en chiste o en serio?".
Me dijo: "En serio". ¡Le prohibí esa clase de traducciones!
Todos los días antes del almuerzo me iba a nadar al Magdalena y por eso me convertí en nadador de río. Como a Celestino se le volvió costumbre pagarme firmando vales para lo que necesitara, le propuse, con el fin de conseguir mi dinero, hacer un programa dominical, en el cual yo animaba y cantaba con la orquesta del maestro Luis Celis, y vendía la publicidad.

Menos mal que se acabó, porque solo me sabía dos canciones: El bolondrón y Magdalena. Después regresé a la capital para continuar en la 1.020. Como yo animaba los programas especiales, para mí uno de los más emocionantes momentos fue cuando presenté a Mario Moreno Cantinflas, desde el inolvidable Hotel Granada.

A la 1.020 entró Carlos Pinzón y lo puse 'Silki' porque era tan flaco como el faquir que dormía sobre tachuelas en aquellos días, haciendo exhibiciones en Bogotá.

Para la Navidad de 1951 empecé mi propia maratón. Tomé el micrófono el 23 de diciembre a las 12 del día y terminé el 25 a la misma hora. No tuve ni control médico, ni show, ni nada, era solamente trabajo, quería imponerme este reto.

Recuerdo con mucho cariño a Gustavo Uribe T. y a Rafael Moreno, dueños de La Voz de Bogotá y socios de Enrique en la 1.020, los tres fallecieron. Hombres de cristalina honradez, cuando el significado de esta palabra tenía plena validez. Don Rafael también me solicitaba que le ayudara en La Voz de Bogotá. Una vez me pidió que le despidiera la emisora, pero yo estaba muy cansado y entonces le dije: "Don Rafael, usted tiene muy buena voz, pase al micrófono y yo hago el control". La despedida decía: "Termina labores La Voz de Bogotá, ahora todos a dormir sobre un colchón Pullman". Él dijo: "Termina labores La Voz de Bogotá, ahora todos a dormir sobre un cojón Pullman". Yo le golpeé el vidrio de la cabina para que rectificara, entonces repitió: "Perdón, no es cojón, sino colchón".

Yo narraba lucha libre en La Voz de Bogotá y comentaba: "Ya están los cachascán en el cuadrilátero", ahí empezaron a decirme 'Cachas', que quiere decir amistoso. Después me lo cambiaron por 'Cacharilas', término que descompuso la idea real del apodo.

En 1952, Ariza me prestó a RCN para hacer la Vuelta a Colombia. Yo le dije que no lo hacía porque ellos me querían llevar para la Nueva Granada. Se rió y expresó: "Eche, todos quieren trabajar allá, menos tú". Mi trabajo era como narrador. Se empleaba el sistema de cubrir con puestos fijos por donde pasaban los ciclistas y al terminar la narración, nos íbamos en un carro, pasábamos a los ciclistas y llegábamos al otro punto, para narrar de nuevo el paso o la llegada a una meta.

Recuerdo que, en Soacha, un agente de Policía me avisaba por un radioteléfono desde la plaza quiénes pasaban y yo tenía que narrar en la Central de la misma Policía, como si estuviera viendo a los ciclistas. Claro que yo sabía los colores del uniforme, la bicicleta y en general las características de cada uno de ellos.

En Mesitas del Colegio, me tocó subir sobre los hombros de un hombre de la Empresa de Teléfonos que sabía manejar los garfios que se usaban en los pies, para subir a los postes. Así tenía que sostenerme durante una hora para poder narrar por el teléfono que conectaba a la punta del poste sobre la línea telefónica, para enviar la señal.

El trabajo lo hacía teniendo en una mano la bocina del teléfono y, en la otra, los papeles con la lista de los corredores que me arrebataba el viento. Terminó esta vuelta en la que la estrella fue el 'Zipa' Efraín Forero. Ante los buenos resultados,Enrique Ramírez, gerente técnico de la Nueva Granada, me contrató como libretista, animador y locutor exclusivo de las noticias de El repórter Esso, el noticiero más serio e importante de la época.

Mi entrada se produjo a los pocos meses de haber sido nombrado director de 1.020. Entré en reemplazo de Luis Carlos Sánchez, estrella de la época, quien iba para La Voz de América en Estados Unidos. Yo tenía 22 años.

REDACCIÓN EL TIEMPO

 

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