Aquí y hoy

Aquí y hoy

18 de abril 2012 , 07:43 p.m.
Quien me pervirtió a mí fue el papá de un amigo que se llamaba Ramón Ricardo Valenzuela. Todos se llamaban así, de hecho: el padre, el hijo y el espíritu santo, y en su casa había un cuarto repleto de discos de acetato. Era como una gran biblioteca -me acuerdo perfectamente, la estoy viendo- pero en vez de libros estaba la cultura universal: Led Zeppelin, Queen, los Animals, los Kinks. Y sobre todo los Beatles: cuadros, afiches, más discos.

Fue así como en 1992 yo los conocí. O bueno: ya los conocía porque todos nacemos conociéndolos, pero nunca había ido más allá de un par de canciones. Hasta ese año inolvidable en el que Ramón, el hijo, empezó a prestarme a escondidas los discos de su papá. Me los daba por la noche como un libro prohibido, y yo tenía hasta la mañana siguiente para grabarlos en mi equipo y luego devolvérselos sin un rayón. Del tocadiscos a la casetera, lado por lado. Casetes de cinta metálica para que luego no dieran vergüenza.

Así llegué a tener una colección de música que me convenció para siempre de que no había en el mundo nada mejor. Sólo oía a los Beatles, a toda hora, y aún recuerdo cuando puse por primera vez en un walkman, yendo al colegio, el Sgt. Pepper: lo había grabado en desorden -no sé cómo- y la primera canción que sonó fue A day in the life. Me dio risa nerviosa y después mucha nostalgia. Ese día supe que los Beatles fueron los verdaderos inventores de la eternidad.

Luego llegó a mi casa el que era hasta entonces el mejor anuncio del futuro, un equipo de sonido con CD. Puse a un lado los casetes y me entregué de lleno al placer, hoy en bancarrota, de comprar discos. Lo hacía en Rock and Roll Music, la tienda de un gran tipo que se llamaba (espero que todavía) Martín Nerea Gómez. Allí compré el álbum de Blind Faith y el de una suntuosa banda de St Albans, los Zombies. Allí vi también, en una pantalla enorme, cómo Jimi Hendrix quemaba su guitarra en Monterey.

Además iba a la Musiteca de la 19 con el gran Saúl, o al lado, donde Vicente y su manera amable y panorámica de atender a todo el mundo. Él era bizco (espero que todavía) y uno nunca sabía con certeza qué estaba entregando ni a quién. Una vez me dijo, o dijo al infinito: "Acá está esta joya de Roy Buchanan". Varios nos dimos por aludidos, pero yo salté de primero, como una fiera, y todavía tengo ese disco doble del mejor guitarrista del mundo. Polydor, caja gruesa.

Creo que no he pasado un día, desde entonces, sin escuchar una canción de Paul McCartney o de los Beatles, de los Rolling Stones, de Bob Dylan. Tipos con los que descubrí que yo había nacido, como todo el mundo, en un tiempo equivocado, que el tiempo a mí me puso en otro lado. Pero eso es lo mejor que tiene el arte, la literatura, la música: que gracias a ellos uno decide en qué época vivir, sin que importe cuál le tocó en suerte o en desgracia. Que uno también nace el día en que nacieron sus canciones.

Así que esta noche, cuando Paul McCartney salga al escenario con su bajo Hofner de violín y sus ojos tristes, voy a llorar yo también. Porque todos los que estemos allí -y los que no: los que ya no están, los que se fueron- seremos jóvenes otra vez; incluso los jóvenes. Eso dijo García Márquez un día: que la música de los Beatles era la única nostalgia que podíamos compartir los padres y los hijos y los nietos. Fue el día en que mataron a John Lennon.

Después la vida de todos seguirá igual, obvio. Quien esperara otra cosa más que un optimista es un insensato. Pero quedará la música que es el mejor lugar de la memoria. Las canciones de cuando fuimos jóvenes, al menos por un día.

Por un día, aquí y hoy, Venus y Marte estarán bien así.

catuloelperro@hotmail.com

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