Daniel Samper Pizano revive el naufragio del Titanic

Daniel Samper Pizano revive el naufragio del Titanic

Con motivo del centenario del accidente, Samper ha actualizado relato publicado en 1982.

14 de abril 2012 , 10:01 p.m.

A las 11 y 40 de la noche de ese 14 de abril de 1912, hace exactamente 100 años, el Atlántico norte estaba tranquilo como piscina yerta. El Titanic , el buque más grande y lujoso jamás construido, cortaba seguro la oscuridad y el frío a una velocidad de 22 nudos. Era el quinto día de su viaje inaugural. Cuarenta y ocho horas más tarde debía arribar a Nueva York, donde su llegada despertaba gigantesca expectativa. (Vea el especial multimedia de los 100 años del hundimiento del Titanic)

No era solo el atractivo del admirable monstruo. Era que, además, en sus ostentosas cabinas viajaban varios de los más poderosos multimillonarios de Inglaterra y Estados Unidos: los Astor, los Guggenheim, los Straus, los Widener...

El Titanic constituía, al fin y al cabo, la prueba definitiva del ingenio humano. Una ciudad flotante, como lo había soñado Julio Verne. El invento capaz de desafiar las fuerzas de la naturaleza. El buque que ni Dios podría hundir.

A esa hora, la mayoría de los 1.320 pasajeros ya se habían retirado a sus camarotes. En el salón de fumadores de primera clase permanecían algunos conversando o leyendo. En la sala de segunda clase todavía charlaban unos cuantos. En tercera se divertía un grupo insomne cantando y riendo.

También la mayor parte de la tripulación se había recluido. El capitán Edward J. Smith había cerrado la puerta de su habitación algunos minutos antes. A pesar de que durante las horas de la tarde el Titanic recibió varios mensajes de otros buques en que se advertía la presencia de icebergs -témpanos de hielo- en la zona, las medidas que se tomaron fueron mínimas. La velocidad no fue disminuida, el rumbo no fue cambiado. Solo se alertó a los marineros que ocupaban los seis puestos de vigilancia para que abrieran bien los ojos en busca de bloques de hielo. Nada más. Ni siquiera se les dotó de binóculos. ¿Para qué? El Titanic era el buque que ni Dios podría hundir. (Vea el especial multimedia de los 100 años del hundimiento del Titanic)

Exactamente a las 11 y 40, uno de los vigías, Frederick Fleet, notó que se levantaba frente al buque una masa aún más oscura que la noche. Era un témpano que crecía por segundos a medida que el barco se acercaba. Rápidamente, Fleet hizo sonar tres veces la campana para anunciar la inminencia del peligro y descolgó el teléfono que lo comunicaba con el puente de mando.

-¿Qué ocurre? -preguntó tranquilamente una voz al otro extremo de la línea.

-Hay un iceberg en frente -dijo Fleet.

-Gracias -respondió con cortesía y sin alarma la primera voz.

Lo que ocurrió en los siguientes 45 segundos no fue percibido sino por pocos a bordo. El buque disminuyó la velocidad, intentó un tímido viraje a babor (izquierda) y su costado derecho golpeó con el témpano de hielo. El roce entre el trasatlántico de 53 metros de altura y el bloque de hielo de 30 duró unos diez segundos. (Vea el especial multimedia de los 100 años del hundimiento del Titanic)

Pero bastó para convertir en realidad lo que nadie habría soñado en la peor pesadilla. Entre las 11:40 de la noche del 14 y las 2:20 de la madrugada del 15 se llenaron de agua los compartimientos de seguridad del Titanic, teóricamente herméticos; se evacuó el pequeño porcentaje de pasajeros que podían recibir los insuficientes botes; se dirigieron mensajes de socorro a otros buques; y se marchó al fondo del mar el famoso trasatlántico que de ninguna manera podría hundirse.

Con él se fueron las vidas de 1.522 ocupantes, entre pasajeros y miembros de la tripulación... más de 47 mil toneladas ensambladas en el mayor buque construido hasta entonces... muchos millones de dólares... cinco pianos de cola... 13 mil botellas de cerveza... 30 mil huevos... 28 toneladas de carne... 8 toneladas de pollo... 210 barriles de harina... 400 kilos de té... 1.100 galones de leche... 7 mil vasos... 21 mil platos... 700 botellas de vino... 5 mil cucharas... una edición del Rubayata engastada en 1.500 alhajas... un automóvil francés último modelo... 29 calderas... una caja de diamantes asegurada en 5 millones de dólares... un collar de perlas asegurado en 600 mil... y, por encima de todo, los sueños de grandeza tecnológica que alcanzaron a desquiciar al mundo a comienzos del siglo XX y que fueron seguidos luego por décadas de humildad y miseria.

En cierta medida, la catástrofe del Titanic fue un presagio de la oscuridad que se avecinaba: dos guerras mundiales, la incapacidad de la tecnología para evitar que mueran millones de personas cada día y, finalmente, el terror cósmico provocado por la amenaza nuclear. (Vea acá la infografía: Así se hundió el Titanic)

Cien años después, el naufragio del transportador más grande que hubiera fabricado el hombre, de la orgullosa máquina que simbolizaba el dominio del hombre sobre la naturaleza, del buque que ni Dios podría hundir, sigue acosando a la humanidad como un fantasma. Va a ser difícil que se olvide la noche del 14 al 15 de abril de 1912.

Un hito comercial, naval y social

La idea de construir un formidable buque al lado del cual parecieran ridículos botes los demás había nacido en 1901 como un gesto de audacia mercantil. Por esa época se adelantaba una implacable contienda entre vapores alemanes y británicos por el dominio del mercado de pasajeros y carga. Los alemanes llevaban considerable ventaja luego de una guerra de tarifas que estuvo a punto de conducir a la quiebra a algunas empresas. Fue entonces cuando el financista norteamericano J. P. Morgan, dueño de ferrocarriles y minas de hierro y carbón, propuso a Thomas Ismay, accionista mayoritario de la naviera White Star, una asociación para golpear mortalmente a los alemanes. Se trataba de unir la imaginación financiera de los norteamericanos con la capacidad naval de los británicos, a fin de construir dos monstruos marinos para el transporte de pasajeros: el Olympic y el Titanic .

La propuesta tuvo éxito. El 31 de mayo de 1911 realizó su primer viaje el Olympic. Y el 31 de mayo de ese mismo año fue echado a flote en Belfast, listo para retoques que tomarían algunos meses más, el Titanic . Este último era una versión mayor, más pesada y lujosa que el Olympic. El debut del Titanic se planeó con meses de anticipación. Algunos tiquetes de primera fueron vendidos a 4.350 dólares de entonces, solamente para el viaje de ida. Muchos personajes hicieron la travesía Nueva York-Londres con el fin de ocupar un camarote de regreso en el primer viaje del Titanic. No solo se trataba de un acontecimiento naval. Era también un luminoso acontecimiento social.

El buque realizó una travesía de prueba entre Belfast y el puerto inglés de Southampton entre el 2 y el 3 de abril. A partir del 9 se embarcaron en Southampton los primeros pasajeros. Al mediodía del 10 partió el Titanic hacia Cherburgo (Francia), a donde llegó ese mismo día a las 7 p.m. En Cherburgo subieron otros viajeros. El 11 de abril, finalmente, recogió a 113 pasajeros más en Queenstown (Irlanda). Esa tarde, a las 2, el Titanic partió hacia Nueva York con 1.320 pasajeros y 915 tripulantes a bordo. Estaba ocupado solo el 52 por ciento de su capacidad. (Vea el especial multimedia de los 100 años del hundimiento del Titanic)

Justo cuando iniciaba el viaje, en Southampton, el trasatlántico pudo mostrar su ferocidad. La succión producida por las enormes hélices traseras estuvo a punto de provocar un accidente al buque New York; la detención de los motores del monstruo impidió que ello ocurriera cuando el New York estaba a punto de chocar contra el casco del Titanic.

DANIEL SAMPER PIZANO

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