Editorial: Encuentro con dos amigos

Editorial: Encuentro con dos amigos

14 de abril 2012 , 08:43 p.m.

La VI Cumbre de las Américas, que concluye hoy en Cartagena tras intensas deliberaciones, no implica el fin de las conversaciones diplomáticas en la Ciudad Heroica. Tan pronto termine la última rueda de prensa sobre el trascendental evento, que atrajo a 33 jefes de Estado y de Gobierno de todo el continente, comienza una corta y al mismo tiempo crucial actividad para Colombia con dos de sus más importantes aliados.

Se trata de sendos encuentros bilaterales, que ocurrirán en forma sucesiva con los mandatarios de Estados Unidos, Barack Obama, y de Brasil, Dilma Rousseff. La importancia de ambas citas es mayúscula, tanto por razones políticas como económicas y estratégicas. El inquilino de la Casa Blanca representa a la nación más poderosa del mundo, mientras que la residente del palacio de Planalto encabeza al país más populoso de América Latina, cuyo Producto Interno Bruto ocupa el sexto lugar en el planeta.

Aunque siempre es fácil encontrar similitudes entre las potencias, la agenda de temas de interés recíproco revela claras diferencias. Con Washington, los vínculos de Bogotá son de vieja data y han tenido fuertes oscilaciones en diferentes momentos de la historia hasta llegar a un nivel de gran cordialidad como el actual. No somos, para decirlo con claridad, el aliado incondicional por cuenta del cual sufrimos de cierto aislamiento en la región en épocas recientes, como tampoco recibimos la millonaria ayuda militar de comienzos del siglo, pero la amistad persiste y ha madurado. De hecho, somos vistos como un caso de éxito: una nación que estuvo al borde del abismo y pudo dejar atrás sus épocas más oscuras.

Con Brasilia, a pesar de compartir una frontera y una sincera simpatía, todavía seguimos en la era de conocimiento mutuo, sin olvidar que el avance de años recientes ha sido descomunal. Parece increíble que durante tantas décadas hubiéramos ignorado a un vecino que por fin empieza a volver realidad las promesas que en repetidas ocasiones se hicieron sobre su futuro. Gracias a sus enormes recursos naturales, al tamaño de su mercado interno y a una clase empresarial pujante, los brasileños ocupan un espacio cada vez más amplio en el concierto mundial.

Por los motivos enunciados, la agenda temática de cada uno con Colombia tiene sus respectivas particularidades. En lo que hace a Estados Unidos, los asuntos de narcotráfico y seguridad siguen conservando un importante peso, que va a continuar. Todavía es necesario contar con respaldo de equipo e inteligencia norteamericano, aunque el país ahora asume una porción creciente del esfuerzo contra las organizaciones criminales de todo tipo.

Al mismo tiempo, la protección de los derechos humanos forma parte de las preocupaciones de Washington y del Partido Demócrata, que presumiblemente seguirá en el poder tras las elecciones de noviembre. En el pasado ha sido posible establecer una relación de cooperación, gracias a la cual se han producido avances destacables.

Dicho lo anterior, es indudable que la principal atención respecto al encuentro entre Santos y Obama la concentra la fecha de entrada en operación efectiva del Tratado de Libre Comercio, firmado a mediados de la década pasada. Tras su ratificación en el Congreso estadounidense y después del paso de leyes que ataron cabos sueltos en Colombia, quedan pocos pendientes para que el acuerdo bilateral empiece a operar. Ese es el caso de la protección de ciertos derechos laborales. A pesar de que los sindicatos siguen oponiéndose al pacto, tal parece que antes de que termine septiembre la larga espera habrá terminado.

En ese momento, el desafío será diferente, pues al país le corresponde mantener el empeño de que el TLC sea una fuente de empleo y oportunidades y no el peligro para la producción nacional que sus detractores alegan. No obstante, hay que dar el paso, algo que es deseable y necesario.

Por su parte, con Brasil no existe la urgencia de llegar a decisiones trascendentales. Lo anterior no quiere decir que haya que cruzarse de brazos, sino que se debe acelerar el proceso de estrechar los lazos. En tal sentido, es merecido celebrar los proyectos de trabajar en seguridad y fronteras con el fin de profundizar la cooperación.

También hay que resaltar los planes de venta de lanchas rápidas por parte de Colombia a las fuerzas militares brasileñas, el desarrollo conjunto de una embarcación y el acuerdo para proveer partes locales a un avión de transporte. Tales gestos son una prueba de la voluntad de entenderse y de cerrar la enorme brecha en materia comercial, que beneficia a Brasil, aunque, si se incluyen en la ecuación las cuantiosas inversiones recibidas de ese país en los últimos años, el panorama se ve más equilibrado.

La cita de Santos y Rousseff debe servir igualmente para que el primero le agradezca a la segunda el apoyo y generosidad demostrados en el proceso de liberación de militares secuestrados por las Farc, cuya última etapa concluyó felizmente hace pocos días.

Dice la sabiduría popular que en las dificultades se conocen los amigos, y tanto Estados Unidos como Brasil han apoyado a Colombia cuando ha sido necesario. Ahora que el viento cambia de dirección, vale la pena mantener la cercanía con quienes han estado con nosotros en las malas y, ojalá, en las buenas.

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