Angie se pregunta todos los días quién y por qué la atacaron con ácido

Angie se pregunta todos los días quién y por qué la atacaron con ácido

Con 22 años Angie Guevara fue atacada con ácido. Cuatro años después no sabe todavía quién lo hizo.

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10 de abril 2012 , 10:18 p.m.

-Es una olla con buñuelos.

Eso fue lo que pensó.

Era viernes, 21 de diciembre de 2007, de noche. Angie Guevara iba rumbo a una reunión de amigos y vio a un hombre que caminaba detrás de ella, en una calle cercana a su casa del barrio Madelena. (Lea aquí: La peluquera que hoy tiene que pedir limosna. La historia de Consuelo Cañate)

Llevaba una olla y a ella se le ocurrió pensar que iba para una novena y llevaba algo de comer. Sí, quizá buñuelos.

Angie volteó a mirarlo.

Una vez.

Otra.

Y a la siguiente ya lo tenía encima arrojándole algo sobre su cuerpo. Cuando vio el movimiento del hombre, lo único que atinó a hacer fue tratar de darle la espalda. El líquido le cayó en su pelo (recién pintado y tan largo que le llegaba a la cadera), su brazo izquierdo y parte de su cara.

-Me echó agua caliente.

Fue lo que pensó.

La luz de la calle la alumbró y Angie vio cómo brillaba su mano. Le salía humo. También le salía humo de la ropa. No, agua no podía ser, quizá aceite, dijo. En su muñeca izquierda llevaba una pulsera gruesa de metal. El dolor era insoportable. Como pudo, se la arrancó y la tiró al suelo.

El sabor. Ese sabor.

¿Por qué sentía en su boca como si estuviera chupando el limón más ácido? Angie pensaba y corría hacia la farmacia del barrio. La dejaron entrar al baño y echarse agua en la cara. Se echó una vez, dos, la tercera no pudo: cada vez que tenía contacto con el agua se triplicaba el dolor. (Lea aquí: ¿Y a las mujeres quemadas con ácido quién les responde?. La historia de María Cuervo sánchez)

Llamó a su mamá y cuando llegó intentó tocarle el pelo a su hija. No pudo. Se quemó. Nadie podía rozarla. Le pasaron una sábana húmeda para que se quitara la ropa, pero el pantalón se le había quedado pegado a las piernas.

Como era su costumbre, esa noche se había puesto una camiseta, una camisa, un chaleco, después un saco y, encima, una chaqueta de piel. Sus amigas le decían que se vestía como loca, prenda sobre prenda, pero así le gustaba. Todo eso fue traspasado por el ácido corrosivo que le botaron encima. Llegó la Policía y luego una ambulancia. La llevaron a la Clínica Colombia.

-¿Dónde la canalizamos?

Angie oyó que los médicos se preguntaban eso. ¿Dónde, dónde? No encontraban un lugar que estuviera libre de ácido. Esa misma noche la remitieron al Hospital Simón Bolívar y allá pasó diez días en la Unidad de Cuidados Intensivos. Luego empezaron las operaciones que, cuatro años después, no han terminado.

*

Angie Guevara nació el 8 de diciembre de 1985. Su niñez la vivió en una casa del barrio Molinos, en el sur bogotano. Entró a estudiar al Inem, luego al Instituto Femenino San Antonio de Padua, pero el estudio no era lo suyo. Ella quería ser cantante de una banda de rock y, de hecho, alcanzó a armar grupos y cantar en algún bar. Pero, al final, fue uno de los sueños frustrados. (Lea aquí: Erika y Natalia, dos casos de ataque con ácido que han tenido castigo)

Tras varios intentos en colegios, abandonó la idea de ser bachiller y se inscribió en cursos de estética para trabajar como manicurista. Vivía con sus padres -ella, dedicada a la casa; él, director de servicio al cliente de una empresa de transportes. Muy pronto Angie consiguió trabajo en un salón de belleza del norte de la ciudad, donde le pagaban mejor. Todos los días salía de su casa a las 5 de la mañana. Su papá la dejaba en el paradero del barrio Ricaurte y de allí tomaba camino hacia la calle 127, arriba de la 15, su sitio de trabajo.

-Hoy vino un hombre y preguntó por usted -le dijo un día su jefa, en el salón de belleza-. Se quejó de que le había dañado el pelo a una clienta.

-¿Cómo? Si yo solo arreglo uñas -contestó Angie.

Fue un primer anuncio, pero en ese momento ella no tenía por qué sospechar nada. El hombre siguió yendo y eso generó molestias entre la jefe y Angie. Comenzaron las sospechas y ella optó por renunciar, a pesar de que ganaba un buen sueldo y era temporada de fin de año, la mejor para el trabajo. La dueña del salón aceptó su partida y quedaron en que ese 21 de diciembre fuera por su liquidación.

Llegó a su casa con la plata y por unas horas le ayudó a su mamá a hacer aseo. Por la noche llamó a una amiga para que se vieran. Sin que lo hubiera hecho nunca, su mamá le dio la bendición antes de que se fuera y le pidió que se cuidara. Angie cerró la puerta y en ese momento le entró un mensaje de texto a su celular. Era un viejo exnovio que le decía que quería verla. Ella prefirió ir donde la amiga.

*

-Querían arruinarme -dice Angie, sentada en la sala de su casa-. ¿Quién?, no sé. Este parece el crimen perfecto porque nadie ha sido condenado.

Angie tiene cuatro meses de embarazo. Cuando la atacaron, llevaba tres años con su novio. Él la acompañó durante las primeras semanas de hospital. Después, se fue.

Estuvo tres meses hospitalizada en el Simón Bolívar, tiempo en el que le hicieron tres cirugías extensas, una de ellas en busca de salvar su ojo izquierdo. Todavía hoy tiene secuelas, pero, al menos, ya puede cerrarlo. Hasta el año pasado, cuando le hicieron otra intervención, tenía que dormir con ese ojo abierto. 

Angie está casada con un primo que la había pretendido desde que ella tenía 16 años. Hasta hace poco trabajó en un salón de belleza, pero su embarazo resultó de alto riesgo y debió retirarse y reposar. Su pensamiento está centrado en su bebé. Pero no olvida. (Lea aquí: La peluquera que hoy tiene que pedir limosna. La historia de Gina Potes)

-Al principio era un conflicto mirarme al espejo. Una noche soñé que estaba como antes, como si nada de esto hubiera pasado. Me desperté.

Ella piensa todos los días.

Quién, por qué.

Tiene la idea de que pudo ser aquel exnovio del mensaje, o una vecina con quien tenía diferencias. Ambas teorías las dijo a las autoridades, pero se cansó de esperar una respuesta. "En Medicina Legal todavía tienen guardada mi ropa de esa noche y no me han dicho ni qué químico fue el que me echaron", dice.

Salir a la calle, para ella, es andar mirando aquí y allá. "Como un curí en una jaula", se describe. Es asustarse cuando un hombre la observa unos segundos de más. Cada vez que toma con sus manos las manos de sus clientas, viene la frase: Ay, ¿qué le pasó?

-Literalmente, le joden la vida a uno. Nada más piensen lo que significa despertar de más de veinte cirugías, el dolor que se siente -dice Angie.

Y ha comenzado a pensar que si ese bebé que espera llega a nacer mujer, lo mejor sería irse del país. No se siente segura de verla crecer aquí.

30 años de prisión, en Francia

En marzo pasado, Richard Remes fue condenado a 30 años de prisión por lo que él definió como "una broma que le salió mal" y que, para la justicia, fue un intento de asesinato contra su exnovia belga Patricia Lefranc. En diciembre del 2009, Remes timbró en su casa, hizo que ella bajara hasta la puerta para recibir un supuesto paquete y, cuando la tuvo cerca, le lanzó una lluvia de ácido sulfúrico que le quemó el 30 por ciento del cuerpo. "No quería causarle semejante daño, incluso había rebajado el ácido. Quería marcarla, pero no imaginé que sería tan rápido". El cinismo, al final, no le sirvió.

María Paulina Ortiz
Con el aporte de Sergio Camacho Lannini

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