Atrapados en el espejo

Atrapados en el espejo

08 de abril 2012 , 07:27 p.m.

Hace algunos años, no muchos, le preguntaron al escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, exiliado en Londres, si usaba computadora, y él respondió que no porque le gustaba mucho el cine y se quedaba ahí lelo, viendo la pantalla, esperando una película.

Cabrera Infante vivió lo suficiente, sin embargo, para ser testigo de los avances de la tecnología multimedia y alcanzó a ver, antes de morir, películas en su computadora.

Dicen que se está acabando el papel y mueren también las generaciones que lo usamos. Lectores de libros hemos pasado, poco a poco, a leer en digital y tendremos pronto al papel como objeto de prehistoria, de nostalgia. Permanecerán, no obstante, ciertos amantes de los libros, sujetos que seguirán sintiéndose cómodos en el papel, coleccionistas de ediciones que visitarán emocionados los museos de libros, exóticas bibliotecas de entonces.

Sin haber adoptado un iPad, reparto cada vez más mi tiempo de ocio entre los libros y las pantallas del computador y del televisor. Lo hago porque puedo moverme de un sitio a otro, leyendo en el sofá o en la mesa del comedor, de una pantalla u otra.

Me divierte tanto eso como me aburre la perspectiva de que, en lugar de teléfonos, televisores, proyectores de cine, radios e impresos, vayamos a tener solo una pantalla grande en casa y otra pequeñita en el brazo, alrededor de la muñeca, para los desplazamientos exteriores, además de los audífonos, que nos alejan de la realidad y nos sumergen en el autismo colectivo de ciudad que hace cola, mira avisos y monta en metro.

Hace rato escogimos, casi sin darnos cuenta, lo virtual por encima de lo real. La copia por el original. En efecto, puedo ver más al Goya de mi computador que al del Museo del Prado.

Lo más seguro es que no tengamos tiempo, aunque parezca que tenemos todo el tiempo del mundo. Nos lo habrán programado todo, en todo caso. Seremos desplazados permanentes, obligados a comunicarnos a toda prisa por el reloj de pulsera o consumidores frente al televisor, que ven una película o conferencia, asisten a un concierto, cierran un negocio o 'zapean' canales de información. Seremos eso que ya empezamos a ser.

Leeremos, sí, pero no será mucho lo que leamos. Apenas copias de lo esencial. Preferiremos las imágenes porque habremos cansado nuestra imaginación, que delegaremos en narradores que contarán la misma crónica una y mil veces, cambiando los nombres y los contextos, replicando una vieja estructura que siempre parecerá nueva porque, sin conciencia de memoria, podremos pasarnos el tiempo de nuestras vidas viendo las historias que leímos o no, redescubriendo lo escrito, sin saberlo, repitiéndonos, atrapados en el espejo.

Y todos los libros estarán dentro del disco duro, como estuvieron antes en la biblioteca del abuelo. Todo el mundo sabrá que están ahí, pero muy pocas veces, como antes, acudirán a ellos.

Lo que impacta por ahora, y no sabemos durante cuánto tiempo, es la tecnología misma, el mecanismo y no los contenidos. Con el kindle, el mundo ha empezado a leer y releer todos los libros que estuvieron antes en las bibliotecas, incluidos aquellos que plagian, refritan y condensan las historias clásicas. Como las orquestas de hoy, que no tocan sino los éxitos del ayer, o los seres desconocidos, que se dan valor imitando al "yo me llamo" correspondiente. La importancia de parecer. Si me parezco a algo valioso, soy. Bienvenidos por placé al infinito mundo de la copia.

Leer a Shakespeare o a Cervantes en pantalla empieza a ser una novedad, todo un acontecimiento. Como lo fue hasta ayer leer en pantalla cualquier cosa. Está de moda y, al parecer, eso es lo que importa.

HERIBERTO FIORILLO

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