Conversos y torquemadas

Conversos y torquemadas

04 de abril 2012 , 08:53 p.m.

El diccionario es muy escueto. Converso es aquella persona "que ha aceptado una doctrina religiosa o una ideología que anteriormente no conocía o no admitía". Sus más cercanos antecedentes vienen de finales del siglo XV, cuando España desató una feroz persecución contra los judíos. Muchos de ellos, por instinto de supervivencia u oportunismo, se vieron obligados a convertirse al catolicismo.

De esa época es la figura de Tomás de Torquemada, sacerdote y erudito nombrado Inquisidor General por Fernando e Isabel. Fue tanto su poder entre los monarcas católicos, que a él se debe la expulsión masiva de judíos en 1492. Se sabe, sin embargo, que el abuelo de Torquemada era judío. De ser cierto, reuniría en su persona al inquisidor y al converso, un modelo ejemplar para la posteridad.

A partir de él, tendríamos el mejor ejemplo de ambas figuras. Nada distingue mejor al converso que el extremismo con que adopta su nueva fe. No descansa un segundo en el empeño de esconder su filiación pasada. La prueba más convincente de su lealtad es su fanatismo. Hace, a su manera, su "limpieza de sangre". Conoce mejor la ferocidad que la piedad, se mueve a sus anchas en los lodazales de la intriga y desprecia la difícil y edificante trama de los diálogos.

El intrigante Torquemada ha pasado a la historia como un símbolo del inquisidor, en todos sus significados. Son las personas encargadas de promover persecución a toda fe, idea, culto o creencia que no sea la "oficialmente" aceptada. Enfermos de bipolaridad, al que no logran convertir lo eliminan.

Los "torquemadas" de hoy ofician como jefes de la seguridad o consiglieri de dictaduras o monarquías republicanas basadas en el autoritarismo. Unos pocos ejemplos: los Saénz de la Barra del "patriarca" de García Márquez, los López Rega de Isabelita Perón, los Montesinos de Fujimori, los Manuel Piñeiro de Fidel Castro. Los colombianos, que nos privamos de pocos vicios, hemos tenido alguno de esos personajillos en la Casa de Nariño.

Los torquemadas fabrican consignas, señalan adversarios, inventan "enemigos" y los avientan a la jauría del fanatismo. Son los jefes de la propaganda, capaces de redactar "doctrinas" donde solo hay maniqueísmo político. Si no son conversos, celebran que los haya. Si no los llaman a su lado, los ensalzan: son la prueba de que "el enemigo" ha estado en el error.

Muy pocos regímenes políticos, inspirados por la buena fe democrática o la perversión totalitaria, se han privado de tener un Torquemada a su servicio. El siglo XX los conoció en sus modelos ideológicos extremos: el comunismo y el fascismo. Y las democracias liberales, en los extramuros de América Latina, no han conseguido extinguirlos.

La figura del converso goza de igual prestigio en la "Historia Universal de la Infamia". No me refiero al pobre mortal que, por instinto de supervivencia, se ve obligado a simular otra fe o credo político. En la Inquisición se dieron decenas de miles de estos casos. A partir de 1492, el converso religioso no fue una figura deleznable sino un ejemplo de supervivencia individual o colectiva.

El converso de nuestros días no rectifica el rumbo de sus ideas después de profundas reflexiones y crisis de conciencia. Sale corriendo hacia la orilla extrema, donde cree que estará más protegido de sus "errores" pasados, y se pasa la vida pidiendo perdón por haber tenido ideas opuestas a las de ahora. Puede llegar a ser útil a la antigua causa "enemiga", pero, por lo general, nadie inspira más desconfianza que él. En muchos conversos de hoy, late el alma de un pusilánime o la vocación de un mercenario.

collazos_oscar@costa.net.co

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