Golpe de suerte

Golpe de suerte

Vivimos por arte de magia; la vida, con el pasar de los días, se nos va volviendo un acto de fe.

04 de abril 2012 , 08:53 p.m.

Tengo un amigo que tiene la costumbre de condicionar su futuro a cosas que le ocurren en el presente. Digamos que está ante un dilema cualquiera -salir o no salir, quedarse o irse, viajar o no-, y se lo juega a la suerte con los datos más banales de su vida cotidiana. Dice: "Si suena el teléfono mientras me estoy lavando los dientes, es porque es una señal, y entonces debo ir...".

Se trata de una concesión al azar en la que seguramente incurrimos casi todos. Porque así uno logra que el universo, por lo menos el de cada quien, se vaya llenando de mensajes cifrados y de inapelables decisiones del destino, y entonces la vida termina siendo, siempre, el resultado de lo que dispone una fuerza superior que juega a los dados (a los dardos) y también billar.

Y aunque a primera vista parecería ser un acto de mediocridad y de facilismo para encontrarle culpables a nuestra suerte, por si acaso, es más bien un infierno que luego nos va volviendo esclavos de cada cosa, de cada timbre, de cada rostro. Por lo menos eso dice mi amigo: que los minutos de su vida saltan sin cesar en una ruleta que él mismo hizo, mientras sus decisiones dependen de las más caprichosas profecías.

Es que el ser humano es básicamente una bestia adivinatoria, e incluso a veces le sobra el adjetivo; los dos adjetivos. Todo lo estamos adivinando, el presente y el futuro y el pasado. Vivimos por arte de magia; la vida, con el pasar de los días, se nos va volviendo un acto de fe. Vean, si no, lo próspera que es la industria de la predicción, el negocio de quienes nos revelan lo venido y lo por venir. Con el tabaco o las estrellas, con las cartas, con el péndulo.

Dirán que son supercherías de la plebe, miedos y costumbres de gente ignorante e irracional. Pues no: se trata de una de las más antiguas tradiciones culturales (sólo un par la preceden, el sexo y la envidia) y a ella se dedicaban por igual los griegos y los romanos, los caldeos, los chinos, los mayas. Leonardo da Vinci e Isaac Newton, Napoleón Bonaparte, Carlos Marx. Gente seria, gente loca.

Quienes creen que la Modernidad fue el triunfo de la razón sobre la superstición tienen el pecado original y doble de la Modernidad misma: la ingenuidad y la soberbia. La ortodoxia del descreimiento -severa, obsesiva, inquisitorial-, el dogmatismo contra los dogmas, que suele ser el más rígido de todos. Quitar el pescadito de Jesús que pegan los protestantes en sus carros, y poner allí la manzana de Apple. Adorar a Steve Jobs como a un santón iluminado, hacer romería cada vez que su compañía lanza una reliquia.

Pero en fin: no me voy a poner a pelear hoy que es Jueves Santo, fijado según el viejo canon del Concilio de Nicea: el jueves antes del domingo de Pascua, que es el primero después de la primera luna llena que suceda al equinoccio primaveral en el norte. Ciencia pura.

Solo que leí la entrada de Mary Beard sobre las Sortes Virgilianae en su blog -es el mejor blog del mundo, A Don's life, ella es la erudita más brillante y más sexy- y recordé lo hermoso que era eso, desde la Antigüedad: coger la Eneida, de Virgilio, y leer un verso al azar. Encontrar allí una señal del futuro, una respuesta. Vaticinio es lo que decían los vates, los poetas. También había Suertes Homéricas y Suertes de los Santos: con la Ilíada, con la Biblia. No había mejor oráculo que la literatura.

Así lo hacían los maoístas con el Libro Rojo (hay quien lo hizo con James Joyce): al azar, el ojo cerrado, y una frase cualquiera que era la revelación del día. Como el pobre personaje de Wilde al que un adivino le predijo que iba a matar a alguien, y él, atormentado y responsable, terminó por matar al adivino.

Buena suerte.

catuloelperro@hotmail.com

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