De fusilamientos, bombardeos y hasta rayos se salvaron los liberados

De fusilamientos, bombardeos y hasta rayos se salvaron los liberados

Los seis policías y los cuatro militares entregados por las Farc relataron parte de su odisea.

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04 de abril 2012 , 01:14 a.m.

"Esperé un tiro. Hasta les puse la cabeza para que me mataran." Así reconstruyó el intendente Jorge Trujillo, uno de los diez uniformados que acaban de volver a la libertad, el día en que las Farc volvieron a secuestrarlos a él y al sargento José Libardo Forero, después de un mes de fuga por plena selva. (vea también: se conoce video del momento en que las Farc entregaron a los secuestrados).

(lea también: Santa Fe le dio la bienvenida a la libertad al Sargento Luis Arcia y vea el video en la sede del equipo bogotano)

El martes, en su primera aparición pública tras el regreso, los uniformados confirmaron la historia de la que el país se enteró gracias a un mensaje de los computadores incautados en el campamento donde murió el 'Mono Jojoy' y que fue revelado por EL TIEMPO en octubre del 2010 (lea también: Coordenadas de la libertad llegaron por debajo de la puerta).

Una noche de septiembre del 2009, los dos decidieron aprovechar la oscuridad para huir. Cuando los guerrilleros se percataron de la fuga, tendieron a los demás secuestrados en el piso, con la amenaza de que los iban a fusilar. "Fue un momento crítico porque pensamos que eso iba a suceder, pero afortunadamente no fue así y estamos aquí con nuestras familias y con ustedes. Estamos libres y vivos", dijo el martes el sargento de la Policía Jorge Humberto Romero, uno de los que quedaron en el campamento y quien también regresó este lunes (lea también: Manejo de la liberación de los 10 uniformados divide a analistas).

En medio de la espesa selva, con una cuchara y una aguja como brújula, intentaron llegar hasta el río Guaviare, con la esperanza de encontrar una 'piraña' de la Infantería de Marina. "La noche era desorientadora. No veíamos ni la cuchara ni la aguja. Le pedí al Señor que nos iluminara. Y así fue -relató el sargento Forero-. Apareció una luciérnaga. La metimos en un vaso de agua y nos alumbró el camino." (lea también: Hijo del intendente José Duarte está feliz con el uniforme de su papá).

Salieron del campamento con dos arepas y siete paquetes de galletas. Y más que la persecución de la guerrilla, lo que los perdió fue el hambre. "El día 16 pude coger dos pescaditos y los cocinamos. El día 22 pudimos coger un morroco y lo destapamos, y el día 25 localizamos unas caletas de la guerrilla y prácticamente la asaltamos. Llegamos a una casa civil y nos ofrecieron un almuerzo. Pero cuando nos disponíamos a salir, llegó la guerrilla otra vez. Nos tendieron en el piso, nos quitaron la ropa, dijeron que nos iban a fusilar", agregaron (lea también: El sinsabor de reanudar una vida que jamás será la misma /análisis).

Bombardeos cerca

Los diez policías y soldados estuvieron en el mismo campamento desde el 2004. Sin embargo, hace cerca de un mes, cuando se anunciaron las liberaciones, los separaron en tres grupos. Pero ni siquiera en ese momento se aflojó el régimen de terror que les imponían. "Nos tenían amarrados o encadenados por parejas las 24 horas, y nos advertían que, en caso de rescate, nos mataban", dijo el sargento del Ejército Luis Arturo Arcia (lea también: Análisis de las condiciones de salud en que llegan los secuestrados).

Con ojeras, el rostro oscurecido por el sol y algo cansado, agregó que un día, mientras estaba pendiente de un partido de su equipo del alma, Santa Fe, supo por la radio que esa amenaza no era en vano. "Nos enteramos ese mismo sábado 25 de noviembre de que habían matado a nuestros hermanos", señaló en referencia al asesinato de cuatro de los secuestrados en noviembre: tres policías y un militar (lea también: Hombre secuestrado desde hace 13 años estaría pagando trabajo forzado).

En sus declaraciones a los medios, el sargento aseguró que nunca perdieron la esperanza de que el Ejército los rescatara y añadió que estuvieron en un campamento cercano al escenario de la famosa operación Camaleón, en la que fueron rescatados el general Luis Mendieta, el coronel William Donato, el coronel Enrique Murillo y el sargento Arbey Delgado (lea también: La historia de un hombre que las Farc se llevó por error y no volvió).

"Tres días después de Camaleón, el Ejército llegó al campamento donde estábamos, incluso se escucharon disparos. Pero finalmente (los guerrilleros) lograron sacarnos", dijo. Y agregó que está tomándose el tiempo para decidir si sigue en el Ejército (lea también: Al cabo Héctor Velásquez su familia lo espera desde 1997).

En todo este tiempo, la muerte rondó por su cabezas. En abril del 2008, un bombardeo dio en un blanco apenas a un cuarto de kilómetro de donde estaban. Otra vez, en el 2007, fue el estruendo de un rayo el que anunció la llegada de la muerte. "Estaba lloviendo. Cuatro de nosotros quedamos tendidos sobre el piso, nos fuimos recuperando y alentando con ayuda mutua. La mano de Dios estuvo con nosotros; murió un guerrillero que estaba de guardia y otro quedó muy lesionado", contó el sargento César Augusto Lasso (lea también: 'Las Farc no han dejado de secuestrar', dice directora de País Libre).

Lasso, como todos los demás, trae males de la selva, como leishmaniasis y enfermedades del estómago. Pero, en general, su salud física está bien. Todos coincidieron en que las secuelas emocionales serán más difíciles de superar (lea también: 'El sargento Forero me dejó el saíno en comodato': Alan Jara).

Pálido, con la mirada perdida y sin sonreír, el sargento Luis Alfonso Beltrán parecía muy interesado en empezar a conocer los computadores, celulares y aparatos digitales que lo rodeaban en la rueda de prensa. "Es que no he tenido tiempo de ver cómo ha cambiado el mundo", dijo.

El sargento Luis Alfredo Moreno permaneció con el ceño fruncido gran parte del tiempo. Poco habló, pero fue contundente al señalar que ve posible una negociación. "Los golpes han hecho que cambien su pensamiento y, a raíz de eso, veo que las Farc pueden sentarse a un proceso de paz", dijo.

Y concluyó que la guerrilla intenta "darse moral", pero que son evidentes los efectos de la ofensiva militar sobre el ánimo de sus integrantes.

REDACCIÓN EL TIEMPO

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