Recuerdos de un combatiente en la guerra de las Malvinas.

Recuerdos de un combatiente en la guerra de las Malvinas.

Un combatiente recuerda cuál fue su experiencia en el otoño de 1982 en la guerra de las Malvinas.

31 de marzo 2012 , 10:49 p.m.

Con Héctor Vega nos conocimos en los bancos del fondo de una de las aulas de la Escuela Número 2 Eduardo Wilde de General San Martín, el primer día de clases de 1979.

Era un pibe de sonrisa fácil y flequillo eternamente en rebelión. Dueño de cierta timidez, afable y ordenado, laborioso y siempre, desde muy chico, poniéndole el pecho a la adversidad.

Aquella no era una escuela cualquiera. Era en horario nocturno para adultos o para aquellos que vienen rezagados en los estudios u obligados a trabajar, como era nuestro caso.

'El flaco' Vega llegaba al colegio directamente desde su empleo en la Avenida Corrientes casi esquina Ayacucho. Allí se dirigía todas las mañanas desde su casa en José C. Paz 43 kilómetros) al oeste de la capital.

Lo sabía, por entonces, hijo de un hogar pobre en el que todos trabajaban. No importaba que se levantase a las cinco de la mañana para iniciar la odisea de llegar a horario al Centro.

A esa edad no se sufrían tanto los madrugones si se trataba de prolongar los recreos después de clase en algún bar, charlando de mujeres, planificando la ida al cine o la expedición dominical para ir hasta allí, donde jugase nuestro querido Racing.

Por eso celebramos en agosto de 1980, cuando tras el sorteo de rigor supimos que ambos haríamos el servicio militar en la Marina. Fuimos juntos a la revisión médica y juntos el mismo día nos incorporaron, con los estudios interrumpidos el 2 de abril de 1981. Sin imaginar siquiera que un año después, nuestra vida cambiaría para siempre.

Aquella mañana éramos más de 1.200 los que por la tarde abordamos un tren especial en una estación cercana del ramal Haedo del Ferrocarril Roca. Recorrimos formados y de a pie, el puñado de cuadras que separaban la sede militar de la Estación. Nadie sospechaba siquiera que muchos de los que estaban en ese pelotón de pibes pelilargos, irían un año después a la guerra.

"Yo ni sabía dónde quedaban las Malvinas, menos idea tenía lo que era una dictadura", rememora Vega, mientras caminamos por la avenida costanera de Mar de Ajó, a 370 kilómetro de Buenos Aires, donde se radicó hace poco más de un año.
 
En cambio yo de Malvinas sabía lo que un vecino abogado y peronista me había sintetizado de la historia de las islas hasta desembocar, indefectiblemente, en la gesta de Dardo Cabo (un dirigente peronista que aterrizó Malvinas) en los años 60.

Con cuidado

También conocía ya la idiosincrasia y la génesis de las dictaduras, pero en el barrio los más grandes me habían persuadido hábilmente de no hablar de ciertas cosas.

Al otro día llegamos a Puerto Belgrano, donde permanecimos dos meses de instrucción. "¿Te acordás? Aquello era un campo de concentración...", lo define con acierto Vega, el veterano, una soleada tarde de marzo ya sentados en un popular café de ese balneario bonaerense, donde decidió vivir de cara al mar.

Ese mar al que le reconoce por haberle arrancado de cuajo los miedos y la timidez con la que había llegado al servicio militar, el que lo devolvió "un poco más irascible y peleador", curtido para enfrentar todo lo que vino después.

Había recalado en la segunda compañía y yo en la tercera. El pelo al ras, la vestimenta y el trajín cotidiano, se asemejaban bastante al de un Campo de detención. Nos veíamos en formación, en el comedor o en los ratos libres para contarnos nuestras cuitas.

Así hasta nuestra primera salida a la calle vestido de marinero. El 2 de junio de ese año, nos llegó la hora del destino dentro de la Armada para completar el servicio militar. Nos despedimos en la tarde cuando se iba al Crucero General Belgrano horas antes de que a me enviasen a Mar del Plata.

A la Escuela de Submarinos. Le gustó de entrada la vida abordo. "todo había cambiado. No te bailaban y el trato era excelente. Me tocó un cañón antiaéreo de 40 milímetros. Primero fui proveedor, después cargador y luego el disparador. Le tomé la mano enseguida", relata y reconoce que el servicio militar, antes de la guerra había sido todo lo contrario a un martirio. "Yo venía de vivir en un rancho, en la pobreza, haciendo una vida sin sentido. No tengo vergüenza en decirlo. Yo conocí la ducha de agua caliente y el hacer las cuatro comidas diarias allí".

En mi caso la rutina, podría decirse, que era muy cómoda. En el conmutador de la base primero y como comisionista en la ciudad después transcurría mi horario de soldado. Por las tardes y cuando no tocaba guardia, la playa en verano y el cine en invierno. Aún así, extrañaba todo lo que se suele extrañar de la civilidad.

Y así hasta aquel 2 de abril de 1982, cuando todo se transformó abruptamente.

A la tripulación del Belgrano de inmediato le dijeron: "entramos en guerra y hay que prepararse para salir a navegar en cualquier momento. En Mar del Plata, nos prohibieron alejarnos a más de 60 kilómetros de la Base. "Deben estar listos para cualquier eventualidad", nos alertaron.

El 16 de abril el Belgrano Zarpo desde Puerto Belgrano. En Mar del Plata, tres días después, me llega la orden directa del Capitán Duilio Isola. "Preparate que nos vamos en el (Submarino) Santiago del Estero". Cuando le pregunté a dónde, Isola y con su constante buen humor contuvo la risa y respondió: "¿Cómo a dónde? A la guerra...."

Para la tripulación del Belgrano la vida a bordo había cambiado sustancialmente. Alarmas, zafarrancho de combate y simulacros se repetían a cualquier hora. "Siempre pensamos que si nos atacaban lo harían por aire. Nunca por abajo"; confiesa Vega mientras le aflora el dolor en la mirada.

El Santiago del Estero estaba radiado desde mediados del 81. A Isola, le habían asignado la tarea de comandar la nave para "reinsertarla" en la flota. El Santiago tuvo que ser remolcado para salir de la Base en la noche del miércoles 21 de abril, con 21 tripulantes y un conscripto cuya única experiencia era haber paseado a bordo del Submarino Santa Fe 28 días atrás. Navegamos siempre en superficie hasta que supimos sólo unas horas antes de llegar, que nos dirigíamos a Puerto Belgrano.

El sábado 23 en la tarde ya estábamos emprendiendo el regreso en ómnibus a Mar del Plata, con la tarea cumplida. Una operación de inteligencia para hacerle creer a los británicos que la Armada contaba con otro submarino operable, acababa de concluir y con ella toda mi participación en esa guerra con la que nunca había estado de acuerdo.

El domingo 2 de mayo, "el flaco" Vega se encontraba en Alta Mar y yo de regreso al abrigo de la Escuela de Submarinos. A las 15:45 "el flaco acababa de concluir su guardia de 24 horas en uno de los cañones. Había terminado como de costumbre: empapado por el rocío y la lluvia. Llevaba puestos varios pantalones y se envolvía en toallones para resistir las temperaturas bajo cero. Buscó rápido las escaleras rumbo a la cocina. El mate cocido, podría calentarle un poco el cuerpo. Nunca llegó a destino. Pasarían varios días de odisea para cumplir su objetivo.

El submarino británico Conqueror, acababa de dispar dos torpedos contra el Belgrano. El primero había pegado en la popa a las 15.50 y dejó al buque sin energía eléctrica, sumido en un coro de gritos desgarradores que partían de todos los rincones, al igual que los insultos a los ingleses. "Me sacudí en la escalera y aproximadamente cinco minutos después, otra explosión", esta vez en la proa. "El olor a azufre, el humo y la situación eran insoportables. Me sentí al borde de la muerte pero calmo".

Esa calma y el apego al orden que lo habían acompañado desde la adolescencia terminaron jugando a su favor en los primeros minutos después del ataque. Lo escucho con atención narrar y revolver en el dolor y me digo que no fui yo el que ese día buscaba de prisa recordar cada recomendación en los simulacros, conservando babor, como le habían asignado para llegar a la balsa número 45. Tampoco el que saltó sobre ella cuando todo abordo era un caos.

"Quedé ubicado justo al lado del cierre. Alejarse del buque que se hundía fue muy duro, pero fue impresionante se portó bien hasta el final, se hundió sin hacer el efecto succión. Nos perdonó la vida", recuerda agradecido la última imagen del barco y las primeras suyas como náufrago, a bordo de esa balsa felizmente sobrecargada.

"Tenía capacidad para 20 pero íbamos 25. Eso era hasta mejor porque nos dábamos más calor. Había otras que iban con cuatro o cinco. En esas no sobrevivió nadie. Murieron todos congelados", afirma mientras apura las palabras, para acotar que fue la última en la que se encontraron náufragos con vida, 47 horas después.
A las seis de la mañana, escucho un avión, abro el cierre y era un Super Etendard. Ya habíamos agotado las bengalas. La mayoría no sirvieron porque se habían mojado. Hago señas con el brazo y veo que se prende y apagan dos luces. "Nos vió", grité. Pero no volvió más. Recién al mediodía me pareció escuchar una sirena, cuando abro, veo enfrente al buque. El Bahía Paraíso. No te puedo describir lo que sentí en ese momento".

La noticia

En Mar del Plata, la noticia del hundimiento del Belgrano había llegado primero en el formato de las versiones que comentaban los oficiales.  La angustia pasaba por saber si Vega y otros compañeros con los que había compartido la instrucción estaban a salvo. Me las ingenié para regresar al conmutador de la Base que había operado hasta hacía unos meses y comunicarme con el telefonista de Usuhaía. Me leyó la lista de sobrevivientes y grité de alegría cuando escuché "Vega, Héctor Ernesto". Estaba a salvo. Acaba de convertirse en un veterano de guerra.

Cuando lo licenciaron definitivamente en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) a donde lo habían trasladado volvió a sentirse en una nueva adversidad.  "Me encontré en la más absoluta soledad. ¿Y ahora qué? Me pregunté. Tenía que volver a la pobreza, a empezar de nuevo, golpeado por lo que me había tocado vivir, sin contención alguna, no sabía que hacer..." rememora.

Mi después fue tan doloroso pero menos traumático. Me costaba entender cómo un grupúsculo de dictadores puede jugar a la guerra con soldaditos de carne y hueso apoyados por una sociedad que vive emborrachada de triunfalismo. Tuve todos estos años y una profesión acorde para averiguarlo.

Ya estudiaba periodismo en la Universidad, cuando una tarde de domingo en la primavera de 1986, me encontré a Héctor en la Estación Retiro. Jugaba con un yo-yo que proyectaba luces de colores, mientras recitaba un texto para la ocasión. Nos estrechamos en un abrazo, pero debíamos dejar la charla para otra oportunidad, porque allí él estaba en horario de trabajo y el trabajar en la calle requiere conducta y dedicación.
La vida nos fue empujando por distintos caminos y latitudes e hizo que recién volviéramos a vernos ahora en Mar de Ajó, un día de marzo de 2012.

Recuerda todo estos años como duros. Muy duros. "Al volver estuve meses encerrado. Me peleaba con cualquiera ante la menor crítica a los combatientes. Había conseguido trabajo en una financiera que después quebró y no me quedó otra que la venta ambulante", recuerda. De los yo-yos a la garrapiñada (maní con azúcar) y de la garrapiñada a las golosinas. Siempre en la calle, mientras muchos lo veían como al resto de los ex combatientes:  "los loquitos de Malvinas".

El reconocimiento del Estado tardaba en llegar. Y el de la sociedad "creo que todavía no llegó. Para muchos la guerra fue una suerte de mundial de futbol", exclama aún con resquemor.

Varias horas después emprendí el regreso hacia Buenos Aires. Regrese contento. Del "flaco" que conocí en la escuela nocturna hace más de tres décadas queda la hombría de bien, la sonrisa y esa fuerza para sobreponerse a todo que ya mostraba entonces.  Contra eso si que no pudieron los torpedos del "Conqueror". No se si alguna vez podré encontrar respuestas a ese por qué él y no yo, que me asalta de vez en vez.  No supe como darle las gracias. Fue el y tantos como él que estuvieron allí en mi lugar, los que me permitieron salvar todo aquello que no se me murió en aquel otoño del 82 y con lo que pude gestar, esos que todavía sigo siendo.

Corresponsal de EL TIEMPO
Buenos Aires

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