Julieta Solano, la colombiana detrás del primer fallo de la CPI

Julieta Solano, la colombiana detrás del primer fallo de la CPI

La barranquillera acusó al congoleño T. Lubanga, reclutador de menores condenado en La Haya.

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31 de marzo 2012 , 08:04 p.m.

La abogada barranquillera Julieta Solano McCausland hizo parte del primer contingente de funcionarios que desembarcó en la Corte Penal Internacional (CPI) de La Haya (Holanda), a donde arribó como pasante en el 2003, a los 27 años. Recuerda que el incipiente tribunal era una pequeña oficina a la que los recién nombrados jueces y fiscales llegaron, todos, con el reto de construir una nueva institución desde cero.

Nueve años después, ella es la única abogada colombiana en la Fiscalía de la CPI y protagonista de la primera victoria del tribunal: formó parte del equipo de cinco fiscales auxiliares que formuló los cargos que le permitieron a la corte condenar, el pasado 14 de marzo, al exguerrillero congoleño Thomas Lubanga, acusado de reclutamiento de menores.

Con este fallo, el primero en su historia, "la corte ha logrado transformar las ideas y conceptos en un sistema operativo", asegura la jurista.

Egresada de la Universidad de los Andes, Solano cursó una maestría en Leyes en Oxford (Reino Unido), donde se despertó su interés por el derecho internacional. Tras una breve pasantía en el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, con sede también en La Haya, logró engancharse a la CPI.

Meses después, se convirtió en la primera asistente especial del recién nombrado fiscal jefe, el argentino Luis Moreno Ocampo. "Aquel gabinete era como un panóptico que permitía ver en acción a todos los actores que interactúan con la Corte: Estados, ONG, víctimas, etc. Fue un aprendizaje a alta velocidad", dice.

La oportunidad de foguearse le llegó a finales del 2004, cuando Moreno la incluyó en el equipo de abogados encargado de presentar los cargos contra Lubanga, capturado en el 2006. "Fue una labor tras bambalinas. Trabajamos de la mano de los investigadores -muchas veces sobre el terreno, en la República Democrática del Congo- para definir la teoría del caso, recabar pruebas y, posteriormente, formular la orden de arresto y el pliego de cargos", explica.

Cara y cruz del proceso

En este camino, Solano descubrió, por los relatos de las víctimas, el carácter sanguinario del grupo que comandaba Lubanga, fundador de una guerrilla que a principios de la década pasada reclutó a niños tan pequeños que apenas podían sostener su fusil Kalashnikov. "Eran los guardaespaldas predilectos, por su obediencia, y se les castigaba con mucha severidad -cuenta ella-. Las niñas fueron víctimas de un contexto de violencia sexual que incluyó violaciones, embarazos y abortos, y que llevó a muchas a un estado físico y psicológico catastrófico".

Pero ganar no fue fácil. Los jueces criticaron varias veces durante el proceso a la fiscalía por procedimientos como el uso de intermediarios para acceder a los testigos, al considerar que podrían influir en sus declaraciones. En el 2010, incluso llegaron a plantearse liberar a Lubanga. Sin embargo, asegura Solano, "las pruebas eran tan sólidas que el proceso siguió adelante y el acusado fue condenado".

"Fue el primer juicio de la CPI y, como tal, supuso numerosas y complejas situaciones legales y prácticas -agrega-. Aprendimos lecciones que nos permitirán acelerar los casos pendientes. Esperamos otras dos sentencias para este año y entrar en la etapa de juicio de tres procesos".

Pero lo más importante, según la barranquillera, es que la condena estimula el debate sobre el reclutamiento de menores en países como Colombia y Sri Lanka y "envía la señal a los victimarios de que deben esperar justicia".

Tras otro señor de la guerra

Cerrado el caso Lubanga, el nuevo objetivo del equipo de Solano se llama Callixte Mbarushimana, uno de los líderes del FDLR, un grupo armado ruandés que opera en las selvas del este del Congo desde que sus fundadores - señalados por su supuesta participación en el genocidio ruandés de 1994-, huyeron allí y crearon una milicia.

ALEJANDRO BAENA
Redacción Domingo

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