La nostalgia anda en tranvía

La nostalgia anda en tranvía

En tiempos del nostálgico tranvía se aprovechaban las patas de la gallina.

15 de marzo 2012 , 09:12 p.m.
En el Medellín de los años sin-cuenta fui gamín de tranvía. Nunca estuve más cerca de la felicidad que cuando me colinchaba de ellos. Reservaré pasajes para cuando se cumpla la parábola del retorno del arcaico cachivache.

El tranvía de mi infancia tiene la edad de la entonces sofisticada escalera eléctrica de almacenes Caravana de escasos 20 escalones. Hoy hay festival de escaleras eléctricas que llegan hasta el cielo de las comunas.

Cuando íbamos al Caravana, cambiábamos de acera para evitar que nos cayeran encima los suicidas que se arrojaban del Palacio Nacional. El mundo era blanco y negro, del color del cine. Jane, la esposa de Tarzán, nos alborotaba la bilirrubina sexual. Fue la primera mujer que vi ligera de equipaje. El paseo estrella era ver aterrizar Superconstellation de Avianca en el aeropuerto Olaya Herrera.

En tiempos del nostálgico tranvía se aprovechaban las patas de la gallina. ¿A quién le irán a tocar?, pensábamos los seis hermanos, aterrados de que en esa ruleta rusa gastronómica el azar nos escogiera.

Nos recogíamos temprano para despachar monótonos frisoles diarios, rezar rosarios eternos seguidos de alguna radionovela, o una lectura en familia. Había televisión los sábados en casa del potentado de la cuadra. De pronto nos mandaban para donde la abuela, "porque mamá se va a enfermar". Se aliviaba con la llegada del nuevo bebé.

Las mamás nos prohibían juntarnos con malas compañías, que eran la verdadera universidad. Se aprendía en la calle lo que en casa se ocultaba. O se ignoraba. En asuntos sexuales, las mamás salían despavoridas cuando les preguntábamos por qué el pipí se nos ponía durito.

En la Iglesia nos vendían a un Dios con cara de jefe de finanzas de las Farc. Dios era un señor bravo que no tenía tiempo para la ternura. Por aquello de la culpa, nacíamos y ya estábamos sobregirados en pecados nada originales como comer manzanas.

Estaban agobiadoramente prohibidos los pecados capitales y los no capitales. Lo prohibido lo encontrábamos reseñado en el catecismo de Astete.

Si una vecina perturbadora nos ignoraba, dejábamos de comer. Recuperábamos el apetito y el asombro cuando nos pasábamos a vivir a años luz de su desdén. La esquina de la cuadra era "ágora y garito", el centro de la aldea global. Por todo lo anterior, bienvenido tranvía, pariente pobre del arrogante metro.

oscardominguezg@etb.net.co

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